LA DIFAMACIÓN DEL SOCIALISMO NO SERÁ
TOLERADA
Kim Jong Il
Con el
recrudecimiento sin precedentes de las aviesas intrigas de los imperialistas y
otros reaccionarios contra el socialismo, se están difundiendo los más
disímiles sofismas para difamarlo. Los enemigos lo tachan de “totalitarismo”,
“campamento militar” y “sistema de administración de ucase”, tergiversando la
realidad como si por ello precisamente hubiera fracasado.
Esos
términos calumniosos no difieren en nada, en esencia, de la propaganda que los
imperialistas han venido orquestando con perfidia contra él desde los primeros
días de su aparición en el globo terráqueo. Argüían que era un sistema
inhumano, carente de libertad y democracia. “Totalitarismo”, “campamento militar”
y “sistema de administración de ucase” son precisamente otras expresiones
falaces de esa vil campaña.
El
ideal de la democracia que, oponiéndose al despotismo feudal, tempranamente
abogó por la libertad, la igualdad y los derechos humanos fue trocado por la
clase capitalista en una democracia burguesa que impone y esgrime la
explotación y la subyugación del capital. Los imperialistas recurrieron a todo
tipo de artificios para embellecer esa democracia, adjetivándola de “liberal”,
pero no pudieron ocultar su falsedad y su carácter reaccionario ni impedir la
aspiración y simpatía de las masas populares por el socialismo que les asegura
genuina libertad y democracia. No obstante, en los últimos años las argucias
como “totalitarismo”, “campamento militar” y “sistema de administración de
ucase”, una repetición de esta propaganda imperialista, provocaron una
confusión ideológica entre la población de varios países socialistas. Los
enemigos clasistas inflaron tal confusión ideológica y desorientaron la opinión
pública, llevando al socialismo al desmoronamiento. Su frustración en varios países se debe a la confabulación de
los imperialistas con las fuerzas contrarrevolucionarias y a la penetración
ideológico-cultural imperialista y la acción corrosiva de la mentalidad del
oportunismo de derecha. El rol decisivo lo desempeñaron las conjuras
contrarrevolucionarias de los traidores agazapados en sus filas. Para sofocar
el socialismo, desde temprano los imperialistas perpetraron directamente, por
una parte, agresiones y presiones, bloqueos y marrullerías y otros múltiples
actos subversivos, y, por la otra, utilizaron como sus marionetas a disidentes
y renegados de la revolución que surgieron en la capa superior del movimiento
comunista y obrero. Como muestra la historia del movimiento comunista
internacional, la confusión ideológica y los reveses están íntimamente ligados
a la aparición de traidores a la revolución entre la dirigencia. En vista de la
conversión histórica del socialismo en una poderosa fuerza material, los
imperialistas concedieron mayor importancia a la estrategia de desintegrarlo
desde adentro y actuaron con virulencia para conseguirlo. Con esta estrategia
recrudeció como nunca la difamación contra el socialismo y surgieron los
aviesos términos de “totalitarismo”, “campamento militar” y “sistema de
administración de ucase”. Ha quedado demostrado que tales sofismas son
resultado de la estrategia antisocialista de los imperialistas puesto que los
criminales actos para destruir el socialismo bajo esos pretextos se cometieron
sin excepción con el apoyo y manipulación de ellos. Actualmente se tornan más
inmorales las intrigas de los renegados para difamar el sistema.
Se
trata de una desesperada tentativa encaminada a justificar su traición e impedir
el renacimiento del socialismo. El hecho de que ahora, cuando en varios países
se desmoronó el socialismo y se restauró el capitalismo, los traidores lo
difaman tildándolo de “totalitarismo”, “campamento militar” y “sistema de administración de ucase”, pone al descubierto su
repugnante rostro de lacayo del imperialismo.
Es
absurdo emplear esos términos para difamarlo. El totalitarismo ha servido
siempre de ideal político a los dictadores fascistas. Los tristemente célebres
Hitler, de Alemania, y Mussolini, de Italia, lo utilizaron como recurso
ideológico para justificar su dictadura fascista. Bajo el engañoso lema
“socialismo estatal” esos tiranos argumentaban que en aras de toda la nación o
de todo el Estado no se debía permitir ningún tipo de movimiento obrero ni de
lucha de clases y se entregaron a pisotear hasta la más elemental libertad y
derechos democráticos de las masas trabajadoras y a imponer una política
represiva de un salvajismo sin precedentes. La esencia del totalitarismo consiste
en sacrificar los intereses del pueblo trabajador a favor de los de las
codiciosas clases dominantes reaccionarias con el argumento de que el individuo
debe someterse a la totalidad. El término totalidad al que se refiere en el
totalitarismo no significa todas las masas populares, sino la escasa minoría de
capitalistas monopolistas, latifundistas, burócratas reaccionarios, cabecillas
militares y demás sectores privilegiados. Tachar de “totalitarismo” al
socialismo donde las masas populares son dueñas de todo, implica, a fin de
cuentas, un argumento sin fundamento alguno que trata de igualar el más
avanzado ideal que refleja las exigencias de las masas populares con el
reaccionario de los gobernantes fascistas.
Acusar
al socialismo de “campamento militar” es también una argucia harto absurda. El
modo de vida social se determina por la ideología y cambia según el régimen de
la sociedad. El socialismo es la ideología más progresista, la que refleja la
exigencia esencial del hombre, y su régimen, el más avanzado, ya que permite a
las masas populares disfrutar a plenitud de su existencia
independiente y creadora. El régimen que reprime su espíritu independiente y
creador, no es el socialista sino el capitalista. En la sociedad capitalista,
donde el pueblo trabajador es esclavo del capital, es imposible asegurarle una
digna vida independiente y creadora. Desacreditar al socialismo tildándolo de
“campamento militar” es una propaganda perversa que presenta lo blanco como
negro.
También
es una patraña sin fundamento tachar el socialismo de “sistema de
administración de ucase”. En general, la administración por ucases es un caduco
método de gobernar en la sociedad explotadora con el que las clases
privilegiadas imponen por coerción sus exigencias. En la sociedad capitalista,
donde la vida económica se realiza de modo espontáneo en virtud de la ley de la
oferta y la demanda, la administración del Estado y la sociedad se desenvuelve
por órdenes en todos los casos y las masas populares, simple objeto de ese
sistema, tienen sólo la obligación de obedecerlas. En contraste, en la sociedad
socialista ellas, convertidas en protagonistas del Estado y la sociedad,
disfrutan de esta posición también en la administración y desempeñan el papel
correspondiente. El rasgo característico de la administración del Estado y la
sociedad por las masas radica en la prioridad que se le concede a la labor
política, en la ayuda que brindan las instancias superiores a las inferiores y
en la colaboración camaraderil. Esto es radicalmente diferente del método de
administración burocrática de la vieja sociedad, en la que todo se impone por
mandato. Ese método que se hizo sentir anteriormente en la práctica del
socialismo no emanó de la naturaleza de este régimen, sino que fue heredado de
la vieja sociedad explotadora. Con el pretexto de oponerse al “sistema de
administración de ucase” los traidores al socialismo dirigieron su punta de
lanza contra el centralismo democrático. Este constituye
el principio básico que rige las actividades del Estado socialista, y el
centralismo está orgánicamente relacionado con la democracia, lo cual deviene
característica particular de estas actividades. Los que bajo la consigna de
“democracia” eliminaron el centralismo e implantaron un estado de caos, van
abiertamente por el camino de la dictadura burguesa después de haber destruido
el socialismo.
La
principal causa de que la componenda contra el socialismo, pese a ser una
campaña en extremo absurda, haya provocado confusión ideológica, se localiza en
el hecho de que las masas populares no poseían un firme criterio del
socialismo. Por supuesto, no fue fácil percatarse desde el comienzo de la
esencia reaccionaria que escondía esa campaña, porque se perpetró con astucia,
desde supuestas posiciones socialistas. Pero, si se hubiera empleado un
correcto cartabón al desarrollar y perfeccionar la teoría del socialismo y
pertrechado a las masas populares con esa doctrina, ellas no se habrían dejado
arrastrar fácilmente por tales embustes.
Para
defender la causa socialista y conducirla al triunfo, es indispensable
desarrollar y perfeccionar sin interrupción su ideología y armar firmemente con
ella a las masas populares, de manera que la asimilen como inconmovible fe.
Cuando la confianza en la justeza de la causa socialista es sólida, se llega a
tener esa fe.
El gran
Líder, camarada Kim
Il Sung concibió la idea Juche y, sobre su
base, desarrolló y perfeccionó en un nuevo plano la ideología socialista. Ella
manifiesta que el socialismo es la sociedad más avanzada, en la cual todas las
cosas pertenecen y sirven a las masas populares, y que se desarrolla sin cesar
por la fuerza mancomunada de éstas. La justeza de la causa socialista consiste
en hacer que las masas populares disfruten plenamente de una vida independiente
y creadora como dueñas del Estado y la sociedad. Si nuestro pueblo avanza con
pasos enérgicos, sin vacilar ante ningún vendaval antisocialista, es porque está
firmemente convencido de la justeza de la causa socialista del Juche.
Sea
cual fuere el país, si hubiera desarrollado y perfeccionado la ideología
socialista conforme a la exigencia de la época y la revolución y pertrechado
sólidamente con ella a las masas populares para que la aceptaran como su firme
credo, no habría llegado al trágico derrumbe socialista, al vacilar
ideológicamente e ilusionarse con la sociedad capitalista, sin poder valorar su
naturaleza reaccionaria y carácter corrupto. La experiencia demuestra que para
defender la causa socialista y hacerla brillar, es necesario perfeccionar su
ideología y dotar sólidamente con ella a las masas populares, de modo que la
conviertan en credo.
Con
miras a alcanzar este objetivo, es preciso, además, persuadir a las personas de
que su obligación moral es salvaguardar el socialismo. En la sociedad
explotadora la política de la clase gobernante y la moral del pueblo trabajador
se contraponen, pero en el socialismo donde éste es dueño de la sociedad y del
Estado, política y moral se identifican. Implantar a plenitud la moral
socialista es lo único que asegura una firme unidad político-moral entre las
masas populares. Cuando los principios morales se asientan sobre la base de la
camaradería y la obligación moral revolucionarias y cristalizan como hábitos de
vida, el socialismo llega a enraizar profundamente en la realidad. Sólo
entonces las masas populares pueden construirlo de modo irreprochable
cumpliendo con su responsabilidad y papel como dueñas de la sociedad, defender
decididamente la causa socialista y llevarla a buen término venciendo cualquier
prueba. Si en el proceso de la construcción del socialismo aparecen traidores a
la revolución, es porque no hicieron de él su convicción
y moral. La causa socialista es del pueblo, y traicionarla es traicionarlo a
él, lo cual es el summum de la expresión de bajeza moral. Defraudar la
confianza de los militantes y del resto del pueblo, a pesar de ser promovido
por éstos a un puesto directivo en el partido o el Estado, es la más inmoral de
las conductas. Quien renuncia al cargo por falta de capacidad, o se retira del
partido por alguna razón, se podría decir que posee algo de conciencia.
El
hecho de que los que hablaban ruidosamente de su fidelidad a la causa
socialista, se convirtieron de la noche a la mañana en traidores, se debe, a
fin de cuentas, a que no estaban moralmente convencidos de ella. Esto quiere
decir que la transformación ideológica encaminada a hacer de ella el credo y la
moral de todos los miembros de la sociedad es la tarea de mayor importancia y
de preferencia para defenderla y llevarla a cabo.
Esa
tarea debe marchar en estrecha ligazón con la lucha práctica por la
construcción del socialismo. El objetivo principal que se persigue al armar a
las masas populares con la ideología socialista, consiste en edificar con éxito
la sociedad que les ofrezca una vida aún más independiente y creadora,
apoyándose en la fuerza que brota de su concientización revolucionaria. Al
margen de la práctica de la construcción del socialismo, es imposible dotar con
satisfacción a las masas populares con su ideología. Las personas llegan a
aceptarla como una exigencia vital, cuando con una eficiente construcción del
socialismo experimentan sus ventajas en la vida real.
El
partido y el Estado de la clase obrera deben concentrar sus esfuerzos en
manifestar en alto grado la superioridad del socialismo mediante su exitosa
edificación.
La
superioridad esencial del socialismo radica en que las masas populares son las
dueñas de todo.
Para
ocupar esta posición ellas deben ser primero dueñas de la política. Sólo
entonces, pueden ser protagonistas en todas las actividades sociales. La
política socialista es popular, pues la protagoniza el pueblo. En la sociedad
explotadora la política es, en esencia, para asegurar el poder de la clase
dominante, y el pueblo trabajador es simplemente su objeto. Allí, la vida de
cada persona transcurre vegetando para mantener su existencia. En contraste, en
el socialismo las mismas masas populares, en calidad de dueñas de la política,
organizan y efectúan de manera unificada todas las actividades sociales.
La
política se ejerce a través de determinadas organizaciones. Si en la sociedad
socialista las masas populares quieren ejercer sus derechos y cumplir con su
responsabilidad como dueñas del Estado y la sociedad, deben contar con
organizaciones políticas que representen su voluntad e intereses, como el
partido y el poder de la clase obrera. El primero es la máxima organización
política y el segundo, el organismo más abarcador. Ambos aseguran la posición y
el papel de las masas populares como protagonistas del Estado y la sociedad.
Las
organizaciones políticas de la sociedad socialista deben actuar conforme a
fórmulas idóneas a sus atributos como representantes de la voluntad e intereses
de las masas populares. Crear estas fórmulas constituye la condición principal
para ejercer la política popular. Aunque existan el partido de la clase obrera
y el poder socialista, si no se establecen fórmulas políticas correspondientes,
es imposible que las masas populares ejerzan sus derechos y cumplan con su
responsabilidad como auténticas protagonistas de la política.
Nadie
ha recorrido el camino del socialismo, por lo que formular políticas acordes
constituye una tarea muy difícil y complicada. Sin embargo, en otros tiempos,
muchos, recurriendo a la consabida teoría de que el sistema económico define la
política, pensaban que el establecimiento del régimen socialista solucionaría
con facilidad el problema de administrar el Estado y la sociedad. Por lo tanto,
no se resolvió debidamente el problema de crear nuevas formas políticas
conforme al carácter de esta sociedad y se revalidaron no pocas prácticas del
viejo sistema. El que en la sociedad socialista no se pudieran liquidar esos
vestigios está relacionado también con que no se comprendía de manera correcta
la naturaleza de sus organismos políticos que difieren de los del régimen
anterior. En el pasado, el partido era considerado fundamentalmente como unidad
organizada de determinada clase para defender sus intereses y arma de la lucha
de clases; y el régimen como un órgano de poder de la clase dominante para
ejercer su potestad política sobre la sociedad. A partir de ahí, en su
estructuración y actividad dirigían la atención principal a fortalecer sus
funciones y papeles como arma de la lucha de clases y ejecutor del poder. La
naturaleza del partido de la clase obrera y del poder socialista consiste, ante
todo, en que son servidores del pueblo. Sólo manteniéndose con firmeza en esta
posición, pueden conducir acertadamente, tanto la lucha de clases como el
ejercicio del poder político de acuerdo con las exigencias de las masas
populares por la independencia. La esencia y superioridad del partido y el
régimen de la clase obrera, que los diferencian totalmente de los de la clase
explotadora, radican en que son servidores del pueblo. En las actividades del
partido de la clase obrera y del órgano de poder socialista como servidores del
pueblo no se puede permitir ningún ápice de privilegio, por más insignificante
que sea. El socialismo, por su esencia, rechaza toda clase de prerrogativas. La
aparición del abuso de autoridad y el burocratismo en la práctica socialista
del pasado fue porque no se logró estructura con
acierto el partido y el poder en conformidad con su misión como servidores del
pueblo.
El
abuso de autoridad y el burocratismo son engendros de ideas antisocialistas y
expresiones de métodos de índole semejante. En la sociedad socialista es
posible eliminarlos, si bajo la correcta guía del partido de la clase obrera se
materializa de modo consecuente la línea de masas, de suerte que éstas ocupen
la posición de dueñas del Estado y de la sociedad y cumplan con su papel como
tales. Para alcanzarlo es necesario que todos los funcionarios tengan el
espíritu de servirle fielmente al pueblo. En la consigna lanzada por nuestro
Partido: “¡Servimos al pueblo!” están reflejadas nítidamente la posición y
actitud que deben asumir los funcionarios al tratar y trabajar con y para el
pueblo. Nuestra experiencia muestra que si se desarrollan enérgicamente entre
ellos la educación y lucha ideológicas para mejorar sus métodos y estilos de
trabajo, es del todo posible eliminar el abuso de autoridad y el burocratismo,
lacras de la vieja sociedad.
De lo
contrario, el abuso y el burocratismo no desaparecen, sino se fomentan. En la
sociedad socialista esto llega a separar a las masas del partido y el Estado, y
de eso se aprovechan los enemigos. Lo demuestra precisamente la situación de
los países en que se desmoronó el socialismo. En cualquiera de esos países lo
que deseaba el pueblo era un socialismo sin abuso ni burocratismo, y nunca el
capitalismo. Sin embargo, en algunas naciones, con motivo del debilitamiento de
la confianza en el partido y el gobierno a causa del abuso y el burocratismo,
se azuzó con perfidia al pueblo para que se opusiera al partido gobernante y
poder socialistas, engañando a la opinión pública con la calumnia del
“totalitarismo”, y con la melosa promesa de que le ofrecerían un “socialismo
humanitario y democrático”. Con la destrucción del sistema, lo que se implantó
no fue tal “socialismo”, sino el capitalismo donde predominan la explotación,
opresión y desigualdad y campan por sus respetos toda clase de delitos y males
sociales. En esos países donde fue destruido el socialismo y restaurado el
capitalismo, el abuso de autoridad y el burocratismo no desaparecieron, sino se
han institucionalizado o legalizado, convirtiéndose en fenómenos que rigen la
sociedad.
La
superioridad esencial del socialismo consiste en que en él todo está al
servicio de las masas populares.
Que
todo está al servicio de las masas populares significa que las actividades del
partido y el Estado se subordinan a la tarea de asegurarles la verdadera
libertad y derecho, una vida abundante y culta. Los enemigos vituperan con
mordacidad el hecho de que el partido y el Estado se responsabilizan de la vida
independiente y creadora de las masas populares, calificándolo de “método
cuartelario”.
El
socialismo les garantiza a éstas una vida plena y culta. Sólo en esta sociedad,
donde el partido y el Estado se la aseguran bajo su responsabilidad, se puede
hacer realidad su deseo secular de verse libres de preocupaciones. En el
capitalismo no pueden imaginarlo siquiera. Allí hasta personas de posición
económica más o menos acomodada no se sienten tranquilas ni un momento porque
no saben cuándo van a caer en el abismo de la ruina, desempleo y pobreza. Vivir
solo en opulencia sin trabajar, pase lo que pase, no puede considerarse como
una verdadera razón para existir. Una vida digna y feliz que concuerde con la
exigencia esencial del hombre ha de ser aquella en que se goce desarrollando
actividades transformadoras del mundo, una vida sana y rica, igual y equitativa
para todos. Sólo así las gentes pueden sentir el orgullo de ser dueñas del
mundo y la dignidad como miembros iguales de la sociedad. Una vida creadora,
sana y equitativa a tenor de las exigencias
primordiales del hombre puede asegurarse perfectamente en la sociedad
socialista, en la que el partido y el Estado se responsabilizan por la
existencia del pueblo.
Lo más
importante del hombre como ente es cumplir con lo que le exige su vida
política: unirse y colaborar con los demás, bajo el amor y confianza del
colectivo social. En la sociedad capitalista, donde la dignidad e
individualidad del pueblo trabajador son pisoteadas brutalmente por la
prepotencia y arbitrariedad del capital, está descartado poder llevar una vida
política digna del hombre. De ésta puede gozar sólo en la sociedad socialista
en la que, bajo la dirección y atención del partido y el Estado, se elimina
todo privilegio y se aseguran verdadera libertad y derecho.
El
socialismo proporciona todas las condiciones para una vida estable en virtud de
un perfecto orden social. Este orden, como sistema revolucionario, permite a
las masas vivir libres y tranquilas, bajo la protección del partido y el
Estado, liberadas de toda clase de agresiones y perjudicaciones, y es una
normativa colectivista observada conscientemente. Destruirlo es un acto
criminal que convierte a las masas en víctimas de los males sociales. En los
países que lo abandonaron, surgió un estado anárquico, señorean estos fenómenos
y obran a su antojo los estafadores y delincuentes como en su propio ambiente.
El que
los traidores al socialismo repitieran su gastada música de “campamento
militar”, cuya desentonación fue revelada ya totalmente, parte del necio
artificio de encubrir la perfidia con que hicieron de los pueblos trabajadores
víctimas del desempleo, pobreza, delincuencia y otros males sociales.
La
superioridad esencial del socialismo reside en que la sociedad avanza
ininterrumpidamente gracias a las fuerzas unidas de las masas populares.
Desarrollar la sociedad significa elevar la posición y papel del hombre en el
mundo, y esto, a su vez, aumentar sus atributos vitales que son el espíritu de
independencia y creación y la conciencia. Es decir que en correspondencia con
el crecimiento de su conciencia de independencia y facultad creadora, se eleva
su papel y en la misma medida crecen los bienes sociales y van mejorando las
relaciones sociales. Por eso, definir qué sociedad tiene más capacidad de
desarrollo se reduce, en fin de cuentas, a qué sociedad es más capaz de
resaltar el espíritu de independencia y creación y la conciencia del hombre. El
espíritu de independencia y creación es garantizado por la conciencia, de
manera que puede decirse que en sus actividades la conciencia desempeña el
papel decisivo. Decir esto significa hablar de la conciencia ideológica, que,
reflejando la exigencia y los intereses del hombre, determina el objetivo y
dirección de sus actividades, su voluntad y capacidad combativa. Por lo tanto,
el principal factor impulsor del desarrollo social, se debe buscar, en todo
caso, en la conciencia ideológica. La que impulsa con energía el progreso de la
sociedad es la de independencia de las masas populares y la que representa la
más alta etapa de su desarrollo es la conciencia socialista. No cabe discusión
que el socialismo, que progresa por la elevada conciencia revolucionaria y la actividad
creadora de las masas populares, dotadas con la idea socialista, es la sociedad
con más alta capacidad de desarrollo.
Si bien
con el establecimiento del sistema socialista se preparan las condiciones
socio-económicas para que todos los miembros de la sociedad se unan y cooperen
sobre la base de una misma ideología, esto no se logra de modo espontáneo. Para
hacer compactas su unidad y cohesión, es preciso intensificar la educación en
la ideología socialista. Pero en el pasado, por no comprender correctamente que
la principal fuerza impulsora de esta sociedad radica en la unidad y
colaboración de las masas populares basadas en su elevada conciencia
ideológica, en la práctica socialista se descuidaba la transformación en este
campo ideológico. En especial, surgieron tendencias a incrementar el celo de la
gente por la producción sólo empleando palancas económicas como incentivo
material, buscando esa fuerza en el factor económico como la adaptación de las
relaciones de producción al carácter de las fuerzas productivas. Huelga decir
que la sociedad socialista, al ser transitoria, puede aprovecharse de la
palanca del estímulo material. Pero debe hacerse sólo sobre la base de dar
prioridad a la educación en la ideología socialista. En otras palabras,
mantener el principio de combinarlo adecuadamente con el incentivo
político-moral que ha de tomarse como lo principal. Si, de lo contrario, se
promueve sólo el interés material, las personas acabarán por convertirse en
egoístas que persiguen sólo beneficios personales, y como consecuencia se
estanca la sociedad y destruyen los fundamentos del socialismo. En los países
en que se abandonó la educación en la ideología socialista y fomentó el
egoísmo, aparecieron fenómenos de estancamiento en la construcción económica
socialista, lo cual dio pie para preconizar la oposición al sistema de
administración de ucase, negar la dirección del partido y el Estado de la clase
obrera sobre ella, e introducir la economía de mercado.
En el
socialismo la dirección política y la orientación planificada y centralizada
sobre la economía constituyen uno de los deberes fundamentales del partido y el
Estado de la clase obrera porque ellos asumen la responsabilidad de atender la
vida de las masas populares. Renunciar a su función de dirigir la economía
significa eludir esa responsabilidad. Según las condiciones concretas y el
requisito de la revolución, de cada país puede diferir las formas de dirigir la
economía, pero en ningún caso deben abstenerse de ello. Una economía
desvinculada de esa dirección no es socialista y tampoco lo es una sociedad que
no se base en una economía correspondiente. Las ventajas de la economía
socialista dependen de cómo el partido y el Estado la dirigen. Nuestras
experiencias demuestran que es posible administrar y manejar magníficamente la
economía de conformidad con la naturaleza de la sociedad socialista si se
asegura la orientación colectiva del comité partidista, se materializa la línea
de masas, se prioriza la labor política y se establecen entre los funcionarios
métodos revolucionarios y estilos populares de trabajo.
Los
renegados del socialismo, alegando que el “sistema de administración de ucase”
se apoya en el dominio absoluto de la propiedad estatal, convierten la
socialista en particular. La propiedad socialista, formada por la estatal, la
de todo el pueblo, y la cooperativa, constituye la base socio-económica que le
permite a las masas ocupar su posición de dueñas del Estado y la sociedad y
cumplir su papel como tales. Si se desmiembra, convirtiéndose en privada, está
claro que, tarde o temprano, los medios de producción, independientemente de
los métodos de su privatización, se concentrarán en manos de un puñado de
privilegiados, especuladores y otros explotadores. Aunque no hace mucho se
pusieron en práctica tales tentativas en los países donde se frustró el
socialismo, han surgido ya millonarios en tanto que la mayoría absoluta de los
trabajadores padecen el desempleo y la miseria. Como evidencian los hechos
históricos, la oposición a la dirección del partido y el Estado de la clase
obrera sobre la economía y la eliminación de la propiedad socialista dan paso
al resurgimiento del sistema explotador capitalista, no importa bajo qué rótulo
se efectúen.
Todo
tipo de propaganda falaz que tacha al socialismo de “totalitarismo”,
“campamento militar” y “sistema de administración de ucase” es, a fin de
cuentas, la denigración al colectivismo socialista y. el elogio al
individualismo burgués. Esto muestra que la lucha entre los socialistas y los
renegados implica la opción por el socialismo sustentado en el colectivismo, o
por el capitalismo apoyado en el individualismo.
Con
miras a hacer añicos todo tipo de difamación de los renegados y defender la
causa socialista, hay que cumplir estrictamente el principio colectivista en
todas las esferas de la vida social.
La
esencia del socialismo está en el colectivismo, y en éste radica también la
fuente de su ventaja y vitalidad. Colectivismo es, en una palabra, un concepto
que valora más los intereses del colectivo que los individuales. La sociedad
socialista, donde todos los que trabajan se han transformado por vía
socialista, es una gran familia unida sobre la base de intereses comunes. En
ella el colectivismo es la suma de los intereses del Estado y la sociedad. El
colectivismo socialista no contrapone esos intereses a los del individuo, sino
los adecua. Bajo el socialismo servir al Estado y la sociedad significa, en fin
de cuentas, hacerlo en bien de las masas populares que son sus dueñas. Estas
son un colectivo social compuesto por los trabajadores, y defender sus
intereses significa proteger los de cada uno de éstos. El requisito fundamental
del colectivismo socialista es poner los intereses del Estado y la sociedad por
encima de los personales y realizar éstos dentro de aquéllos. El colectivismo
socialista no censura los intereses mismos de los individuos, sino la práctica
de su consecución en detrimento del Estado y la sociedad. El que viola los
intereses personales no es el colectivismo socialista, sino el individualismo
burgués. La esencia reaccionaria de este individualismo está en el hecho de que
perjudica los intereses de todos los que trabajan para favorecer los de una
minoría explotadora. Es, precisamente, el factor que engendra todas las
contradicciones y los males sociales en el capitalismo.
El
colectivismo, como concepto socialista, ha venido desarrollándose sin
interrupción. En este proceso tuvo una importancia trascendental el nacimiento
del marxismo. Esta doctrina definió que el hombre como individuo no puede
lograr su emancipación y que sólo la fuerza de la clase obrera unida puede
liquidar la explotación y opresión del hombre por el hombre y alcanzar su
auténtica libertad e igualdad.
El
colectivismo alcanzó una fase nueva, superior, al crear el gran Líder, camarada
Kim Il Sung la idea Juche y, basándose en ella,
desarrollar y perfeccionar en un nuevo plano la ideología socialista. La
doctrina Juche define en forma original que el sujeto de la historia, quien
fragua el destino del hombre, no es el individuo, sino las masas populares, y
que éstas, para forjar su destino de manera independiente y creadora, deben
unirse en un solo ente socio-político.
Un
individuo aislado no puede constituir el sujeto del movimiento socio-histórico,
ni llevar la vida socio-política como ser social provista de atributos
independiente, creativo y de conciencia. La génesis de la vida socio-política
del hombre es la colectividad social. Un individuo puede tener vida
sociopolítica, aparte de la física, y vivir y progresar de modo independiente y
creador como dueño de su propio destino, sólo cuando lo comparte con el
colectivo social en calidad de integrante.
En el
colectivo social donde las masas populares, sujeto de la historia, están
aglutinadas en un ente socio-político, lo que rige las relaciones entre él y
sus integrantes y las interpersonales, es el principio del amor camaraderil y
la obligación moral revolucionaria, por los que comparten un mismo destino, la
vida o la muerte, y se ayudan y se entregan unos a otros. Una expresión de esas
relaciones es, precisamente, el colectivismo socialista que encarna el
principio de “Uno para todos y todos para uno”. El socialismo de nuestro país,
fundamentado en la idea Juche materializa del modo más cabal tal colectivismo.
La idea
de nuestro Partido sobre el colectivismo tiene sus raíces en la Lucha
Revolucionaria Antijaponesa, organizada y dirigida por el gran Líder,
camarada Kim Il Sung. En aquellas circunstancias inenarrablemente difíciles los
combatientes comunistas coreanos estaban unidos firmemente como un ente
socio-político en torno al Líder de la revolución y dieron ejemplo de estrecha
vinculación, basada en el colectivismo, entre las filas revolucionarias y las
masas populares. A través de dos etapas de la revolución social, en nuestro
país se eliminó el origen social que impedía la unidad y cohesión de las masas
populares, y a medida que avanzaron y se profundizaron la construcción
socialista y la' educación en el colectivismo, el pueblo se convirtió en un
ente socio-político, un sujeto soberano de la revolución, sólidamente unido
alrededor del Partido y el Líder, y en todas las esferas de la existencia
social se implantó un elevado ambiente de vida colectivista basada en el amor
camaraderil y la moral revolucionaria.
Hoy
nuestro pueblo ocupa la posición de dueño del Estado y la sociedad y cumple tal
responsabilidad y papel en la política, economía, cultura y otras esferas
sociales y, aunado con una sola alma en torno al Partido y el Líder, avanza con
brío para dar cima a la causa revolucionaria del Juche, compartiendo las penas
y las alegrías, la vida y la muerte. La vida de una persona no ha de ser
valorada teniendo en cuenta simplemente las condiciones materiales, sino
considerando principalmente las actividades socio-políticas que realiza como
verdadera dueña del Estado y la sociedad. Nuestro pueblo disfruta de una
genuina vida independiente y creadora, la cual es prueba fehaciente de la
superioridad esencial del socialismo a nuestro estilo, centrado en las masas
populares, y que encarna el colectivismo socialista.
Como en
la sociedad socialista las masas populares son dueñas del poder estatal y las
riquezas materiales y culturales, todos tienen el derecho a llevar una vida
independiente y creadora, y asumen la responsabilidad de consolidarla y
desarrollarla sin cesar con esfuerzos conjuntos. Aquí no existe ningún
desempleado ni nadie que no pueda estudiar o recibir tratamiento médico, ni
tampoco mendigos. Todos ponen en pleno juego su talento creador en su puesto de
trabajo apropiado a su vocación y capacidad, y sin preocupaciones por la
existencia, viven felices por igual. Asimismo, incorporados a una determinada
organización social o política, realizan actividades independientes como dueños
del Estado y la sociedad.
Nuestro
Partido, organización revolucionaria de tipo jucheano y orientador político de
la sociedad, asume la responsabilidad del destino de las masas populares y lo
guía, atiende minuciosamente su vida en todos los aspectos, mientras sus
comités, supremos órganos directivos en sus respectivos niveles, aseguran con
firmeza, mediante la dirección colectiva, el derecho del pueblo trabajador a la
independencia y organiza con acierto sus actividades creadoras. Unirse los
superiores y los subordinados y ayudarse todos de manera camaraderil es un
rasgo social, una costumbre en nuestro país. La fuente del ilimitado orgullo y
la invencible fuerza de nuestro pueblo radican en el hecho de que el Partido le
sirve y él sigue su dirección, compartiendo todas las penas y las alegrías.
Nuestro socialismo se mantiene imperturbable ante toda tempestad, porque el
Líder, el Partido y las masas están unidos con firmeza con una sola voluntad, y
éstas crean una nueva vida según su propia exigencia independiente bajo la
dirección de aquéllos.
Es más
que absurdo difamar a la nueva vida socialista, valiéndose de viejas nociones a
las que la historia había echado tierra ya hace mucho. El valor de lo nuevo
sólo es posible medirlo con un nuevo cartabón. La realidad proporciona otra
prueba patente de que el modo de pensar de los que predican el retorno a lo
viejo, no es nuevo de modo alguno. Parlotear acerca de un nuevo modo de pensar,
sin siquiera saber distinguir el colectivismo del totalitarismo, es ridículo, y
tergiversar la realidad socialista con la mentalidad y las reglas anacrónicas y
resucitar el capitalismo, no pasa de ser una bufonada.
Debemos sacar las debidas lecciones del derrumbe del socialismo en algunos países, y rechazando tajantemente todo tipo de difamaciones de tales o más cuales gentuzas contra el socialismo, hacer gala de nuestro talento y osadía para sacar beneficio de la adversidad, y avanzar con más energía hacia el luminoso futuro de la humanidad.

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