sábado, 1 de diciembre de 2012


SOBRE EL ESTADO

Vladimir Ilich  Uliánov

Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podamos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero también, que además de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios ángulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.

    Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.
    Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconscientemente, hayan sembrado tanta confusión los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economía política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina -- con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos -- que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras -- de los terratenientes y los capitalistas --, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser científicos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente científica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.

    Para abordar este problema del modo más científico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema científicamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.

    Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.

    Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro -- por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron --, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.

    Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases -- propietarios de esclavos y esclavos --, existía la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existía la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existía el Estado, no había ningún aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.

    En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo -- época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada --, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de derechos de las mujeres de hoy --, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.

    Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza -- cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. --, es cuando aparece el Estado.

    Pero hubo un tiempo en que no existía el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenían por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres -- quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior --, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.

    Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en África, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institución de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción -- la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos --, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.

    Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos consideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo tenía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la práctica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistió durante más tiempo y revistió las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.

    Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de servidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.

    Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoría de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesía rural.

    Este hecho fundamental -- el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo -- es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad -- el esclavista, el feudal y el capitalista -- abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad -- especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses --, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales -- económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.

    Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de países que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.

    El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.

    Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban íntegramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias surgieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la época esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.

    En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendía sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquía de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la república democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.

    El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguían siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.

    El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo -- la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para sí mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos carecían totalmente de derechos políticos.

    Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de "espartaquistas", entre paréntesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes -- el único partido alemán que realmente lucha contra el yugo del capitalismo --, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases -- terratenientes y siervos -- asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.

    Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría -- los campesinos siervos -- estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.

    El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirió un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran -- propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.

    No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrió a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX -- en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 --, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.

    Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Estado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeídos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.

    Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filósofos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.

    Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepción del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática -- especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica --, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espíritu (y quizá no sea simpleza, o quizá sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridícula. Hoy, todos los periódicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente consciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.

    Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.

    Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cínica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.

    La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podían llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen conscientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan difícil un cambio radical. No son sólo los hipócritas conscientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchísimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesía, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de científicos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño -- Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular --, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesía se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parlamento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.

    Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creían en el viejo cuento de qué significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos están saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existirá Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volvamos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.


sábado, 17 de noviembre de 2012


El «Pensamiento Filosófico de Mao Tse Tung»
(Un Análisis Marxista Leninista)

José Sotomayor Pérez


ÍNDICE

El Idealismo Filosófico de Mao Tse Tung               
La Dialéctica Maoísta                                              
La Concepción Maoísta de Desarrollo                    
Que Entiende por Práctica el Maoísmo                  
Notas
Con el nombre de «Pensamiento Filosófico de Mao Tze Dong», Pekín divulga cuestiones elementales de filosofía marxista «chinizada», utilizando como textos de estudio y consulta las «4 tesis filosóficas de Mao»: «Sobre la Práctica », «En torno a la contradicción», «Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo» y «De donde provienen las ideas correctas». Las obras de Marx, Engels, Lenin y Stalin no son mencionadas de hecho están proscritas.
Los expositores del pensamiento filosófico de Mao, afirman que el marxismo entró en su tercera etapa de desarrollo a partir de 1935, año en que «el Presidente Mao asume la gran tarea histórica de impulsar el desarrollo de la teoría de Marx y Lenin hasta elevarla a su cúspide: el Pensamiento Mao Tze Dong». El finado y otrora «íntimo camarada de armas del Presidente Mao», Lin Piao, se encargó de definir este Pensamiento en la forma siguiente: «El Pensamiento de Mao Tze Dong es el marxismo leninismo de la época del hundimiento general del imperialismo y el triunfo del socialismo en todo el mundo». Dijo también, en su Informe al IX Congreso del PCCh: «... el Presidente Mao ha elaborado de manera completa la doctrina sobre las contradicciones, las clases y la lucha de clases en las condiciones de la dictadura del proletariado, la doctrina sobre los dos tipos de contradicciones, desiguales por su carácter, en la sociedad socialista: las contradicciones entre nosotros y nuestros enemigos y las contradicciones en el seno del pueblo. . .» (104). No todos los dirigentes del PCCh estuvieron de acuerdo con esta forma de valorar la obra teórica de Mao. Las publicaciones hechas por los «guardias rojos» en 1967 con el título de «Cien manifestaciones de Liu Shao-chi contra el pensamiento de Mao Tze Dong», son una prueba de que hubo quienes se opusieron a que se suplantara el marxismo leninismo con las «ideas de Mao Tze Dong». Liu Shao-chi se atrevió a escribir lo siguiente: «El marxismo es por su esencia la doctrina más rica de la historia mundial, con cuya ayuda se pueden resolver cualesquiera grandes problemas de principio». Escribió también: “Muchos problemas ya habían sido resueltos hacía tiempo por Lenin, pero como no habíamos leído «Dos Tácticas»... la victoria de la revolución china se retrasó en veinte años. Si en los años 20 todo el Partido hubiera estudiado «Dos Tácticas»…, hubiese sido posible evitar la derrota de la revolución en 1927" (105).
El de Liu Shao chi no es un caso aislado. En realidad todos los cuadros con formación marxista-leninista e internacionalista se opusieron a la maoización del PCCh; pero esta actitud les costó su depuración y eliminación. Pen Te juai, por ejemplo, calificó el «Pensamiento de Mao Tze Dong» de «primitivo y metafísico». En las décadas del 20 y 30, Tu Chiu po, Wang Ming, Bo Gu y otros advirtieron que Mao Tze Dong «no comprendía el marxismo leninismo» y que sus «ideas» pecaban de «estrecho empirismo».
En plena campaña de maoización, Yang Shang Kun, miembro suplente del Secretariado del C.C. del PCCh, se atrevió a decir lo siguiente: «Tal cosa es una victoria del Pensamiento de Mao Tze Dong y cual cosa es un triunfo del Pensamiento de Mao Tze Dong. Si se gana el tenis de mesa también es una victoria de su pensamiento.
¿Y qué haremos si se pierde?».
La «revolución cultural» se encargó de eliminar a todos los que no estaban de acuerdo con que el «Pensamiento de Mao Tze Dong» es la cúspide del marxismo leninismo. El PCCh fue reconstruido sólo con los que hicieron suya la promesa de los «guardias rojos»: «Nosotros jóvenes soldados rojos del presidente Mao... lograremos que el cielo sea el cielo de Mao Tze Dong, que la tierra sea la tierra de Mao Tze Dong, que el hombre sea el hombre pertrechado con el pensamiento de Mao Tze Dong. Nosotros izaremos sobre todo el orbe la gran bandera roja del pensamiento de Mao Tze Dong». En el país, los grupos maoístas han hecho declaraciones parecidas: «Si estamos pertrechados y hemos asimilado el marxismo leninismo, el PENSAMÍENTO de MAO TSE TUNG, indudablemente nos sacrificaremos en aras de la revolución, y echaremos por la borda la filosofía de la supervivencia».
Examinemos, pues, brevemente los aspectos fundamentales del «Pensamiento Mao Tze Dong» a la luz del marxismo leninismo.
EL IDEALISMO FILOSÓFICO DE MAO TSE TUNG
No se puede negar que en sus escritos de carácter filosófico, Mao, acepta formalmente que el mundo objetivo, el ser, precede a la conciencia, al pensamiento. Dice por ejemplo: «Innumerables fenómenos de la realidad objetiva se reflejan en los cerebros de los hombres por medio de los órganos de sus cinco sentidos...» (106). Sin embargo, esto no es lo fundamental. Se puede aceptar de palabra muchas tesis del marxismo leninismo y en la práctica actuar en forma opuesta, enfocar los problemas desde posiciones ajenas al materialismo filosófico marxista. Lo que interesa, entonces, es examinar los planteamientos políticos, las directivas elaboradas por la dirigencia china de acuerdo al «pensamiento de Mao Tze Dong».
En todas sus campañas, pero en forma más patética en la «revolución cultural», los maoístas chinos han tratado de modificar la realidad objetiva maoizando al pueblo, inculcando en las cabezas de las gentes las «ideas de Mao Tze Dong», resumidas en el «libro rojo» preparado por Lin Piao, quien llegó a afirmar que el indicado «breviario» había pertrechado a obreros, campesinos y soldados con una «bomba atómica espiritual».
Todos los males existentes en la RPCh son atribuidos a que el «pensamiento de Mao Tze Dong» no ha sido suficientemente estudiado y divulgado. No hay necesidad, por tanto, de estudiar y conocer los problemas reales y concretos de la edificación del socialismo, las relaciones de producción y el estado de desarrollo de las fuerzas productivas en China. Todo, absolutamente todo, depende de si se tiene o no en la conciencia, la «bomba atómica espiritual»: el «pensamiento de Mao Tze Dong».
Los doctrinarios maoístas han «descubierto» que la sociedad china no puede avanzar en su desarrollo si subsisten los 4 viejos: viejas ideas, viejas tradiciones, vieja cultura, viejas costumbres, Hay que eliminar, según ellos, estos 4 viejos para cambiar la sociedad china, hacerla socialista. En otras palabras, primero hay que cambiar la conciencia de las gentes para que pueda cambiar la sociedad. Nadie que conozca el a be ce del materialismo dialéctico y el materialismo histórico podrá negar que esta forma de plantear las cosas es propia del idealismo filosófico.
En los escritos de Mao Tze Dong se encuentran con frecuencia postulados que corresponden al modo de pensar del idealismo. Sus comentarios y anotaciones a los «Problemas económicos del socialismo en la URSS» de Stalin, y al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, son claros al respecto. Considera unilateral y erróneo admitir la existencia de leyes económicas objetivas, independientes de la voluntad de los hombres. Cuando Stalin escribe: «algunos camaradas niegan el carácter objetivo de las leyes de la ciencia, principalmente de las leyes de la Economía Política en el socialismo. Niegan que las leyes de la
Economía Política reflejan el carácter regular de procesos que se operan independientemente de la voluntad de los hombres» (107), Mao exclama: «Stalin habla únicamente de economía, no aborda la política... No habla del papel del hombre ni de los trabajadores…» (108).
Es imposible que Mao no haya leído, en la citada obra de Stalin, un párrafo claro y contundente sobre el rol del hombre frente a las leyes económicas: «Los hombres pueden descubrir estas leyes, llegar a conocerlas, estudiarlas, tomarlas en consideración al actuar y aprovecharlas en interés de la sociedad; pero no pueden modificarlas ni abolirlas. Y aún menos pueden formar o crear nuevas leyes de la ciencia» (109).
Para Mao lo fundamental es la «política», «el movimiento comunista», pero a espaldas de las leyes económicas, sin partir de la economía. Por eso, gira en torno al rol del pueblo sin tener en cuenta la existencia objetiva de las leyes económicas y la necesidad de conocerlas y aprovecharlas. «Los soviéticos —dice Mao— no se interesan más que en las relaciones de producción. Ignoran la superestructura, la política y el papel del pueblo. ES IMPOSIBLE PASAR AL COMUNISMO SI NO HAY MOVIMIENTO COMUNISTA» (110).
En el fondo, Mao cree en la misteriosa «voluntad del pueblo», sostenida y defendida por todos los ideólogos del radicalismo pequeño burgués, que tratan lo posible como real y creen en la existencia de lo que desean. De acuerdo a la tesis de Mao de que lo principal es la política y el «movimiento comunista», Pekín impulsó — como se ha visto— una serie de campañas para llegar rápidamente a la sociedad sin clases, con la seguridad de que el comunismo se encontraba a la vuelta de la esquina. Todo dependía de organizar y educar a los hombres poniendo «al mando la política». Las leyes económicas había que dejarlas para el «metafísico Stalin» y los «revisionistas soviéticos». Ya nos hemos ocupado de las consecuencias desastrosas de todas estas campañas en la edificación del socialismo en China.
Hace mucho tiempo que el marxismo ha demostrado que no existe contradicción alguna entre el reconocimiento de la existencia de leyes objetivas en la sociedad, y la aceptación de la importancia de la acción del hombre en el proceso histórico. Los movimientos políticos sólo pueden ser fructíferos y fecundos a condición de que no contradigan las leyes histórico sociales. En otras palabras, a condición de que no se opongan al sentido en que marcha el desarrollo social.
Las críticas de Mao Tze Dong a Stalin, nos hacen recordar las conocidas críticas de los sociólogos burgueses al marxismo leninismo. Con aires de profunda sabiduría, afirman que existe una «insalvable contradicción» cuando se admite que el socialismo surge por la acción de leyes objetivas, y al mismo tiempo se organiza el Partido que debe hacer la revolución socialista. En realidad esta contradicción «insalvable» sólo existe en la cabeza de los críticos del marxismo-leninismo. No es difícil admitir que cuanto más comprenden las masas populares el carácter inevitable de la revolución, tanto más organizada y enérgicamente luchan por su triunfo. La historia la hacen los hombres, y cuando actúan con conocimiento de las leyes sociales, el transcurrir espontaneo de los acontecimientos o la «necesidad ciega» se convierte en «necesidad conocida», en libertad. «La libertad no, pues, en una soñada independencia de las leyes naturales, sino en la conciencia de estas leyes y en la posibilidad que lleva aparejada de proyectarlas racionalmente sobre determinados fines. Y esto rige no sólo con las leyes de la naturaleza exterior, sino también con las que presiden la existencia corporal y espiritual del hombre; dos clases de leyes que podremos separar a lo sumo en la idea, pero que son totalmente inseparables en la realidad» (111).
El maoísmo, en sus campañas sueña precisamente con una «independencia» de las leyes económicas, ubicándose de este modo en una posición filosófica idealista. Es posible que algunos pretendan que tergiversamos e interpretamos mal a Mao Tze Dong; pero esto no es cierto. El idealismo de Mao se presenta igualmente definido en otros importantes problemas. Según él, en el modo de producción socialista son las relaciones de producción y no las fuerzas productivas las que desempeñan el papel principal y determinante. Es bien conocida la condena frenética de la dirigencia china a la creación de la base material y técnica del comunismo en la
URSS. Según dicen, esto no es otra cosa que la aplicación de la teoría «revisionista del desarrollo de las fuerzas productivas».
El materialismo histórico, enseña que el estado de las fuerzas productivas pone de manifiesto el grado de dominio a que ha llegado el hombre sobre la naturaleza. Los cambios que se operan en la economía y en la sociedad, en última instancia tienen origen en los cambios y desarrollo de las fuerzas productivas, principalmente los que se refieren a los instrumentos de producción. Las relaciones de producción, las relaciones económicas entre los hombres dependen, pues, de los cambios y desarrollo que se producen en las fuerzas productivas. Esto no significa que las relaciones de producción no actúen a su vez, estimulando o deteniendo el desarrollo de las fuerzas productivas.
Para defender su errónea tesis que prioriza las relaciones de producción frente a las fuerzas productivas, el maoísmo falsifica a Stalin, atribuyéndole una supuesta oposición contra quienes propugnaban el desarrollo preferente de las fuerzas productivas en la sociedad soviética. Según dicen, «Stalin no polemizó al azar contra esa tesis» (112). La verdad, sin embargo, es otra. «Para preparar el paso real y no declarativo —dice Stalin— al comunismo, es necesario cumplir, por lo menos, tres condiciones fundamentales: 1) Es indispensable en primer término asegurar de verdad, no una mítica «organización racional» de las fuerzas productivas, sino el incremento constante de toda la producción social y preferentemente el de la producción de los medios de producción. El que se dé preferencia al incremento de la producción de medios de producción, no sólo es necesario porque esta producción debe asegurar las máquinas necesarias, tanto a sus propias empresas como a las empresas de todas las demás ramas de la economía nacional, sino porque sin ella no es posible, en absoluto, llevar a cabo la reproducción ampliada» (113). Lenin ya señaló que sin sobrepasar el nivel de producción alcanzado por el capitalismo no es posible llegar al comunismo. «De aquí se deriva lo demás, incluidos los reajustes en las relaciones de producción».
Siempre en posición filosófica idealista, Mao, refiriéndose al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, anota lo siguiente: «Repetidas veces el Manual destaca el papel desempeñado por las máquinas en la transformación socialista. ¿Pero cómo pueden marchar bien las cosas si no se educa la conciencia política de los campesinos, si no se transforma la ideología de los hombres y si no se tienen otro apoyo que no sean las máquinas?» (114).
En primer lugar, separar al hombre de la máquina, enfrentarlo a ella como cosa ajena y opuesta a él, es un absurdo. Las máquinas son creación del hombre, y en la medida que ellas cambian y se perfeccionan, los conocimientos del hombre, su técnica, su práctica son más completos, más elevados; aumenta la experiencia del hombre y se incrementa su productividad. Pero además, y esto es lo fundamental, las máquinas, es decir los instrumentos de producción, que constituyen la parte más dinámica de las fuerzas productivas, forman junto con las relaciones de producción el modo de producción, el ser social. Entre ser social y conciencia social lo primero es el ser social, por ser la fuente de la que emanan las ideas sociales y las concepciones políticas. Esta cuestión que es esencial para distinguir a un materialista de un idealista en el campo de la filosofía, Mao la plantea como un idealista: primero es la educación, la conciencia política, la ideología, después está la economía, el ser social en general.
Si se tiene en cuenta los objetivos que han perseguido todos los «movimientos» maoístas, pero en forma especial la «revolución cultural», se descubre una posición idealista de Mao Tze Dong en todas sus concepciones sobre la edificación del socialismo. En este sentido podemos afirmar que es un idealista consecuente.
Los constantes fracasos del maoísmo en la edificación del socialismo, se explican porque niega la prioridad del ser social, de las condiciones materiales de existencia, y el carácter derivado de las concepciones sociales, de la política. En postura típicamente idealista, el maoísmo lleva adelante sus objetivos sobre la base de planes y proyectos desligados de la vida material de la sociedad. De aquí provienen sus fiascos, sus bandazos y su frustración permanente, causas de una interminable lucha interna en el PCCh.
Las teorías de Mao sobre la «política al mando»; las relaciones de producción antes que las fuerzas productivas ; el hombre antes que las cosas; los movimientos políticos antes que las leyes económicas, y otras, examinadas a la luz del marxismo leninismo son extrañas al materialismo filosófico. No en vano han dicho los glosadores de los escritos de Mao que éste ha hecho «una gran aportación a la teoría de la actividad subjetiva».
El año de 1965, el órgano de la Sección de Ciencias Filosóficas y Sociales de la Academia de Ciencias de la RPCh, publicó un artículo en el que decía lo siguiente: «Los instrumentos de trabajo en la producción, los objetos de trabajo, las armas en la guerra, etc., aunque tienen importancia, aunque son sin duda factores bastante importantes en la producción y en la guerra, en comparación con el hombre, sin embargo, ocupan un lugar secundario. No importa donde —en la lucha de producción o en la lucha de clases— el factor que juega el papel determinante es el hombre y no el objeto» (115). La causa está, según los autores, en que el hombre domina la actividad subjetiva, mientras que las cosas y los objetos son pasivos.
El maoísmo falsea la relación sujeto-objeto, y resucita las formas más burdas del idealismo. Nadie ignora que, siendo una fuerza activa en la relación sujeto-objeto, las facultades del hombre no pueden dejar de depender, en los hechos, del objeto, del mundo material, puesto que es de éste que parten los límites y las causas o motivos de su actividad. La acción del hombre está condicionada al conocimiento que tenga de las leyes que rigen el mundo de los objetos. Pensar que por haberse llegado al socialismo la relación sujeto-objeto cambia, es un craso error. Lo único que puede admitirse es que el rol activo del sujeto aumenta por su conocimiento y dominio de las leyes que rigen el desarrollo social.
Sobran razones para afirmar que Mao y los maoístas, de palabra reconocen la prioridad de la materia y el carácter derivado del espíritu. Toda su actividad práctica demuestra que ellos parten de las ideas, del espíritu, otorgándoles prioridad en la relación pensamiento-materia. Son, pues idealistas, y nada tienen que hacer con el materialismo dialéctico y el materialismo histórico.
El planteamiento maoísta de la relación entre el hombre y las cosas, no tiene en cuenta la práctica social, siendo imposible por tanto que pueda admitir la unidad de sujeto y objeto. Pero en la vida real esa unidad se produce a través de la producción material. Las máquinas, las herramientas, etc., son en buena cuenta acción subjetiva del hombre cristalizada; concentran la práctica social de muchas generaciones. Los teóricos maoístas las presentan en su realidad objetiva externa, sin vinculación con el hombre, extrañas a su conocimiento.
En cualquier objeto producido por el hombre se encarnan siglos de práctica y de conocimientos sociales. Las máquinas que los doctrinarios maoístas oponen al hombre, son expresión de un nivel elevado de la actividad productiva de éste. En el proceso de producción, la acción humana se transforma en objeto. Marx ha demostrado que el trabajo está cambiando constantemente, de forma de acción a forma de ser. Y esto significa que en el proceso productivo la acción subjetiva penetra en el objeto, entra en unidad con él en virtud del trabajo.
Los objetos materiales cambian de forma en la práctica social. Dejan de ser objetos externos de la naturaleza, independientes del quehacer humano; se convierten en objetos cosas, artículos sociales ligados íntimamente a todo el conjunto de la práctica social. El trabajo, la producción, hacen de un objeto material un objeto social, y la acción subjetiva de los hombres se torna objetiva. La unidad de sujeto y objeto queda realizada en la práctica social.
Es así como resuelve el materialismo dialéctico el problema de la relación sujeto objeto, pensamiento materia. El maoísmo diverge de esta solución; es incompatible con ella.
LA DIALÉCTICA MAOÍSTA
Según los propagandistas del maoísmo, el «magno aporte de Mao Tze Dong a la filosofía del marxismo leninismo es haber desarrollado la ley de la unidad y la lucha de los contrarios, haber demostrado que es la ley fundamental del universo». A Mao le atribuyen el gran mérito de haber revelado que la ley de la unidad y lucha de contrarios «es la ley esencial de la dialéctica».
Fue Lenin quien definió a la ley de la contradicción como el meollo, la esencia de la dialéctica: «El desdoblamiento de la unidad y el conocimiento de sus partes contradictorias... es la esencia (uno de los aspectos esenciales del ser, su fundamental, sino la característica fundamental) de la dialéctica» (116). Pero el reconocimiento de que la contradicción constituye la fuerza motriz del desarrollo, es un principio de la filosofía marxista desde los tiempos de sus fundadores, Marx y Engels.
En los trabajos filosóficos de Mao Tze Dong se encuentran planteamientos correctos y también tergiversaciones y deformaciones de la dialéctica materialista. Lo correcto está constituido por la repetición de tesis archiconocidas de la filosofía marxista que, por lo mismo, no pueden considerarse aportes de Mao. Es cierto que propone algunas cosas nuevas, pero son tergiversaciones, falsificaciones de la dialéctica materialista. Esto puede comprobarse examinando algunos pasajes de sus trabajos de carácter filosófico. Considerada en forma global, la dialéctica de Mao Tze Dong es una continuación de la dialéctica primitiva, ingenua, de los filósofos chinos de la Antigüedad, con algunos ingredientes, sobre todo en el aspecto de la terminología que ha tomado de la dialéctica materialista.
La simple comprensión de los fenómenos contradictorios en la naturaleza y en la sociedad, ya era cosa corriente y bien entendida por los pensadores de la Antigüedad. Más tarde, la concepción de la lucha de los principios contradictorios, se extendió a la esfera de las relaciones sociales, habiéndose llegado a la conclusión de que la lucha de clases es fuente y motor del desarrollo social. Con Hegel se da un enorme paso en la creación de una representación íntegra de las leyes del movimiento en el mundo. Pero es la dialéctica materialista la que constituye una doctrina fundamentalmente nueva, un sistema global de todas las leyes que rigen el mundo, la sociedad y el pensamiento.
Mao Tze Dong confunde la ley de la unidad y lucha de contrarios, con la simple comprensión de los fenómenos contradictorios en la naturaleza y en la sociedad; comprensión que era característica en los antiguos pensadores. Pero atenerse a los contrarios, sin hacer un análisis del desarrollo, ni tener en cuenta la ley de la negación de la negación, es vulgarizar la ley de la contradicción.
Mao ha heredado íntegramente la dialéctica esquemática de los filósofos chinos del pasado. Estos no reconocen la interconexión de los aspectos contradictorios existentes en el mundo; los contrarios se presentan incomunicados, aislados, actuando separadamente. El paso de un contrario al otro, no es algo vivo, expresión de un proceso dialéctico interno, sino un intercambio mecánico de lugar. En esta dialéctica no cabe el reconocimiento de que la lucha de contrarios lleva, en fin de cuentas, al surgimiento de una nueva contradicción; que la unidad de contrarios es sustituida por una nueva unidad de contrarios. No hay, pues, un simple cambio de lugar de los contrarios sino la aparición de algo nuevo, un cambio cualitativo. Según Mao Tze Dong «Lo vivo siempre aparece de lo muerto. El hijo se convierte en padre, y éste en hijo: la mujer se transforma en hombre y éste en mujer... Las transformaciones recíprocas de opresores y oprimidos componen las relaciones entre la burguesía y los terratenientes, de un lado, y los obreros y campesinos, de otro». Y agrega: «Esto significa que cada uno de los aspectos opuestos dentro de  una cosa tiende, de acuerdo a condiciones determinadas, a transformarse en el otro, a tornar la posición que ocupa el aspecto opuesto». Dice también: «Obsérvese cómo a través de la revolución, el proletariado de clase dominada se transforma en clase dominadora, en tanto que la burguesía, hasta entonces dominadora se transforma en dominada. OCUPANDO EL LUGAR DE SU OPUESTO» (117).
Esta concepción mecanicista sobre la conversión de un contrario en su opuesto, lleva a Mao a presentarnos un proletariado convertido en burguesía y ésta convertida en proletariado, como consecuencia de la revolución. De este modo queda descartado el desarrollo, el movimiento en espiral, la progresión. En la sociedad no se produce un cambio cualitativo, la muerte de un sistema y la aparición de uno nuevo.
No es verdad que el proletariado se convierta en burguesía y ésta en proletariado. La lucha de clases, expresión de la contradicción entre las dos clases, conduce a la sustitución del capitalismo por el socialismo. Y esto significa una ruptura de la relación de contrarios proletariado burguesía, y la aparición de un sistema social nuevo, con nuevos contrarios. No estamos por tanto frente a un simple cambio de lugar de contrarios, sino ante un auténtico cambio cualitativo que lleva a la desaparición de estas clases.
En la dialéctica de Mao, no hay lugar para la comprensión de que las contradicciones interiores de cada proceso son cualitativamente distintas a las que se dan en otros procesos. La contradicción básica del capitalismo, por ejemplo, no cambia con el triunfo de la revolución; sólo se invierten los papeles, los dominantes se convierten en dominados y viceversa. El propio Partido de la clase obrera se convierte en nido de «seguidores del camino capitalista»; la lucha de clases sigue desarrollándose igual en el socialismo que el capitalismo. El socialismo no es un nuevo proceso, cualitativamente distinto, con contradicciones básicas distintas, de las que se desprenden métodos distintos para resolverlas. Quien quiera resolver esas contradicciones mediante la industrialización, la colectivización de la agricultura y otras medidas semejantes, es sencillamente un «revisionista», renegado de la lucha de clases.
No tiene nada de casual la situación reinante en China. Su inestabilidad, la agudización de sus conflictos, son en gran medida producto de la aplicación, por la dirigencia pekinesa, de la dialéctica maoísta.
Pese a que Mao habla de la interpenetración de los contrarios, en realidad presenta la contradicción como una contraposición de opuestos, exteriores el uno al otro, en tal forma que es imposible explicar el automovimiento. «Sin arriba no habría abajo, sin abajo tampoco habría arriba. Sin desgracia no habría felicidad, sin felicidad tampoco habría desgracia. Sin facilidad no habría dificultad, sin dificultad tampoco habría facilidad. Sin terratenientes no habría campesinos arrendatarios, sin campesinos arrendatarios tampoco habría terratenientes». (118).
La dialéctica materialista descubre las contradicciones internas de las cosas y los fenómenos; muestra el proceso real de desarrollo y analiza el automovimiento. Pero contrarios exteriores el uno al otro, como arriba y abajo, felicidad y desgracia, etc., es imposible que nos puedan ilustrar sobre los complejos procesos de transformación en la naturaleza y la sociedad. De lo que se trata es de descubrir los contrarios concretos dentro de un mismo fenómeno o proceso.
A propósito de los ejemplos de contrarios anotados por Mao, cabe recordar que Engels advirtió que podemos encontrarnos con propiedades diferentes de las cosas y hasta contradictorias, pero que no albergan una verdadera contradicción, si es que vemos y enfocamos «las cosas dinámicamente, viéndolas moverse, transformarse, vivir, influirse mutuamente».
Contrarios que no se interpenetran vivamente y que en determinado momento solo cambian de lugar; no automovimiento y desarrollo en espiral sino desplazamiento en círculo cerrado: esto es lo que se desprende la dialéctica de Mao.
Según los propagandistas de las «ideas de Mao Tze Dong», el líder chino ha planteado por primera vez el problema de «la contradicción principal» y el «aspecto principal de la contradicción» en las cosas y los fenómenos. La verdad es otra, sin embargo. Desde los fundadores del marxismo leninismo se ha destacado que en cada fenómeno y cosa hay un conjunto de contradicciones y que una de ellas es la principal y las otras subalternas. Para comprender un proceso, para conocer la causa de su automovimiento es necesario descubrir, en el conjunto de esas contradicciones, la contradicción básica que determina el desarrollo del fenómeno.
Es la contradicción básica la que determina las demás contradicciones y el mismo desarrollo de un proceso. Los clásicos del marxismo leninismo consideraron siempre la suma de contradicciones contenidas en el desarrollo social, señalando la contradicción básica, fundamental: la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que, según Engels «es también aquella contradicción básica que incluye todas aquellas contradicciones que rodean a la sociedad moderna y que son especialmente evidentes en la industria pesada».
En lo que se refiere a la distinción que debe establecerse entre los dos aspectos de la contradicción, es decir, entre los contrarios, es también necesario poner al desnudo las jactancias de los maoístas.
«Proletariado y riqueza —ha dicho Marx— son términos antagónicos. Forman en cuanto tales un todo. Ambos son modalidades del mundo de la propiedad privada. De lo que se trata es de la posición determinada que uno y otra ocupan en la antitesis. No BASTA CON DECIR QUE SE TRATA DE LOS DOS LADOS DE UN TODO... «DENTRO DE ESTA ANTITESIS EL PROPIETARIO PRIVADO ES, POR TANTO, LA PARTE CONSERVADORA Y EL PROLETARIADO LA PARTE DESTRUCTIVA. DE AQUEL PARTE LA ACCIÓN DEL MANTENIMIENTO DE LA ANTÍTESIS, DE ESTE LA ACCIÓN DE SU DESTRUCCIÓN» (119).
Como se ve, Marx, distingue los aspectos de la contradicción por el rol que juegan: el aspecto conservador se opone al cambio, defiende la antítesis; el aspecto revolucionario pugna por la transformación, el surgimiento de una nueva cualidad, la destrucción de la antítesis. Lo único que ha hecho Mao es meter confusión en este claro planteamiento marxista al denominar «principal» al lado conservador de la antítesis. Y así en la contradicción entre burguesía y proletariado, el aspecto principal lo constituye la burguesía por ser la «dominante».
LA CONCEPCIÓN MAOÍSTA DE DESARROLLO
En la concepción mecanicista del maoísmo sobre la contradicción está implícita su particular modo de concebir el movimiento y el desarrollo.
Para la dialéctica materialista cualquier fenómeno constituye siempre una unidad de contrarios la atracción en unión de la repulsión, el equilibrio en unión del desequilibrio,
etc. Mao Tze Dong, en cambio, concibe que el movimiento de todas las cosas pasa necesariamente por dos etapas distintas: «reposo relativo y mutación absoluta». En otras palabras, estos estados no se dan al mismo tiempo sino uno después del otro. Pero objetivamente los fenómenos y las cosas se encuentran al mismo tiempo en estado de equilibrio y desequilibrio. No hay un solo día en que el sistema capitalista (equilibrio) esté por encima de la lucha de clases (desequilibrio).
En su trabajo titulado «Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo», Mao ha redondeado su concepción mecanicista del desarrollo. «En nuestro país —dice— se elabora cada año un plan económico, se establecen adecuadas proporciones entre la acumulación y el consumo a fin de lograr un equilibrio entre la producción y las necesidades de la sociedad. Lo que llamamos equilibrio es la unidad temporal y relativa de contrarios. Un año y después este equilibrio tomado en su conjunto es roto por la lucha de los contrarios, esa unidad cambia, el equilibrio se transforma en desequilibrio, la unidad deja de ser unidad, y al año siguiente tenemos que lograr el nuevo equilibrio y unidad. En ello radica la superioridad de nuestra economía planificada. En realidad, ese equilibrio y esa unidad se alteran parcialmente, cada mes, cada trimestre, y esto hace necesario proceder a una regulación parcial. A veces debido a que la regulación subjetiva no corresponde a la realidad objetiva, surgen contradicciones y se rompe el equilibrio. Esto se llama cometer un error. Las contradicciones surgen y se resuelven de manera constante, pero eso es justamente la ley dialéctica del desarrollo de las cosas» (120).
De aquí se desprenden tres cuestiones radicalmente opuestas a la dialéctica materialista: a) el equilibrio se rompe a causa de la aparición de contradicciones; b) las contradicciones surgen por error, y c) el equilibrio sin contradicciones es lo normal, y el desequilibrio con sus contradicciones lo anormal e irregular. Todo esto equivale a negar el hecho real de que las cosas y los fenómenos se desarrollan, desde el principio hasta el fin, por medio de las contradicciones y la unidad de los contrarios.
Resulta evidente que para Mao Tze Dong, la contradicción no es inherente a un proceso desde el momento de su emergencia, sino en cierta fase de su desarrollo. Es aquí donde reside la semejanza de la dialéctica de Mao con la teoría mecanicista del equilibrio, que pasa por alto las contradicciones internas de los fenómenos y las cosas.
La teoría del equilibrio conduce, en la práctica, a dos extremos: a) a la reconciliación de los contrarios, base del oportunismo de derecha, y b) a la alteración del equilibrio desde afuera, mediante la acción exterior que, generalmente, toma forma explosiva y es base del oportunismo de «izquierda». Estos dos extremos pueden verificarse fácilmente en la experiencia china. La burguesía nacional, a la que se le considera parte del pueblo, es puesta junto al proletariado, en acto típico de reconciliación de contrarios que Mao llama «contradicciones en el seno del pueblo». De otro lado, el enfrentamiento del Partido a «las masas»; la utilización del Ejército y los «guardias rojos» para reconstituir el Partido son claro ejemplo de alteración del equilibrio mediante presión externa y en forma explosiva.
Los partidarios de la teoría mecanicista del equilibrio, sostienen que la dirección del movimiento de un fenómeno, está determinada pon el predominio cuantitativo de éste o aquél aspecto de la contradicción. Mao Tze Dong defiende igual punto de vista: «El desarrollo de los aspectos contradictorios —dice— en cualquier contradicción es siempre desigual. Algunas veces parece existir un equilibrio de fuerzas, pero eso es sólo temporal y relativo, mientras la desigualdad del desarrollo sigue siendo la forma fundamental... En un proceso determinado o en una etapa determinada del desarrollo de una contradicción el aspecto principal es A y el aspecto secundario es B, pero en otra etapa o en otro proceso, los papeles se invierten; este cambio está determinado por la extensión del crecimiento o disminución de la fuerza con que cada uno de los dos aspectos luchan contra el otro...» (121).
La teoría del equilibrio no tiene en cuenta el papel determinante de las contradicciones internas, las conexiones indisolubles de los aspectos contradictorios, sus mutuas transiciones y su unidad. Considera que el movimiento de las cosas depende del predominio cuantitativo de uno de los aspectos en conflicto. En uno de sus últimos manuales de filosofía, los teóricos maoístas han expresado lo siguiente: “La teoría del equilibrio pasivo también es, en esencia, una especie de manifestación de la invariabilidad del mundo. Considera absoluto el equilibrio y niega el desequilibrio como necesidad intrínseca del propio movimiento de las cosas, estimando que tolo desequilibrio es un fenómeno anormal, negando LA LEY DEL DESARROLLO: EQUILIBRIO-DESEQUILIBRIO-EQUILIBRIO” (122).
Las lucubraciones de Mao Tze Dong sobre la dialéctica, han servido para justificar una serie de errores y arbitrariedades de los dirigentes chinos. «En un caso — dice Mao— los contrarios existen en la sociedad desde sus albores, por ejemplo las «derechas» han existido siempre. El darles o no albedrío es una cuestión política.
Nosotros les damos libre albedrío, les permitimos que expresen ampliamente su opinión, les abrimos las puertas para que se presenten como una parte contraria, para que los trabajadores polemicen con ellos y se alcen a la lucha y a la resistencia contra ellos A FIN DE LIQUÍDARLOS».
Esto no puede significar otra cosa que crear artificialmente conflictos y profundizar los que ya existe. Mao dice: «Somos optimistas y no tememos la escisión porque es un fenómeno natural». Tan «natural», que Pekín lo estimula en todas partes, con las consecuencias funestas que son bien conocidas.
El escisionismo armoniza con la revisión maoísta de la dialéctica materialista. La suplantación de las contradicciones antagónicas y no antagónicas, por las denominadas «contradicciones entre nosotros y nuestros enemigos», y «contradicciones en el seno del pueblo», conduce directamente a la escisión. Quien diverge de las «instrucciones del Presidente Mao» es necesariamente un enemigo y debe ser eliminado.
Como Haya de la Torre, Mao Tze Dong pretende aplicar la dialéctica al propio marxismo leninismo. La doctrina de Marx y Lenin, dice, debe engendrar necesariamente su contrario: el revisionismo, doctrina anticientífica. Este es un ejemplo de la forma mecánica de relacionar contrarios externos, tan peculiar en Mao Tze Dong. El revisionismo no es una teoría del marxismo leninismo y no puede admitirse que el desdoblamiento de éste de origen al reformismo. Cosa muy distinta es que el marxismo leninismo se desarrolle en lucha permanente contra toda clase de desviaciones y tergiversaciones.
QUE ENTIENDE POR PRÁCTICA EL MAOÍSMO
Se dice que Mao Tze Dong ha hecho un aporte decisivo a la teoría del conocimiento en sus opúsculos «Sobre la práctica» y «De donde vienen las ideas correctas». «El camarada Mao Tze Dong —dicen los filósofos oficiales de Pekín— ha resaltado siempre el valor de la práctica considerándola como la particularidad más viva de la filosofía marxista y  tomándola como base, ha desarrollado en todos los terrenos una eficaz teoría revolucionaria de los reflejos, ha desarrollado el punto de vista marxista sobre la práctica, ha desarrollado la tesis acerca del papel de la práctica social en todo el proceso del conocimiento» (123).
Estas alabanzas, repetidas irresponsablemente en nuestro medio, especialmente en las esferas universitarias, nos plantean la tarea de examinar los «aportes» de Mao y señalar su verdadero carácter y alcances.
Antes de Marx el materialismo tenía un carácter contemplativo. Consideraba el problema del conocimiento sin conexión con la práctica histórico social. Le tocó a Marx explicar la experiencia sensorial y psíquica del hombre por la práctica social. Solo así se pudo entender el significativo de la experiencia humana y las acciones que de ella se derivan, por razones de época y diferencias de clase.
La práctica social emerge en forma definida en cada etapa del desarrollo histórico. La sociedad tribal, con su modo primitivo de producción, no pudo poseer la práctica social de la sociedad capitalista, por ejemplo. En la práctica social de este sistema se suman los anteriores desarrollos de la práctica histórico social. La cuestión del conocimiento y la experiencia, no pueden resolverse sino sobre la base de todas las prácticas sociales.
Cada clase social tiene su criterio de práctica, criterio que cambia de acuerdo a los cambios del rol histórico de la propia clase. En términos generales podemos afirmar que toda clase en ascenso, tiene en su práctica el criterio del conocimiento. Esto puede observarse en la etapa en que la burguesía lucha contra el feudalismo, época en que sus concepciones político-sociales son logros del conocimiento humano, pese a sus limitaciones de clase.
Hay, además, un aspecto sustancial en la teoría marxista leninista del conocimiento: la identidad de sujeto y objeto a la que ya nos hemos referido. Hemos dicho que en la práctica social, la acción subjetiva del hombre se hace objetiva y que, en esta forma se realiza la unidad de sujeto y objeto. Hemos visto que el maoísmo no plantea así la relación sujeto objeto. Afirma que por un lado están los hombres activos y por otro los objetos pasivos. Es claro que plantear así esta cuestión significa desechar la práctica social del proceso del conocimiento.
La doctrina marxista leninista sobre la práctica social no niega la enorme importancia de los análisis teóricos y de las conclusiones lógicas. Puesto que la mente se ocupa de interpretar y trabajar sobre el mundo que refleja, es plenamente posible un desarrollo lógico de las ideas. Esto, por supuesto, no quiere decir que estas no deban ser puestas a prueba a través de la práctica social, aunque su desarrollo se haya producido sobre la base de una práctica social precedente. Esta es una cuestión bien clara para los marxistas leninistas: es el aspecto del progreso del conocimiento, que se basa en conocimientos acumulados, en la suma de experiencias de las prácticas sociales precedentes.
Es también en este sentido que la concepción de práctica social de Mao Tze Dong, se opone a la concepción del marxismo leninismo. Para la práctica maoísta solo vale la experiencia inmediata, personal o de pequeños grupos. Todas las teorías deben pasar de nuevo por todos los grados del conocimiento, y quien quiera saber algo de la guerra por ejemplo, debe «hacer la guerra».
En la «revolución cultural» el maoísmo estimuló hasta el delirio la divinización de su Jefe, y al mismo tiempo alzó la consigna de la lucha contra «el culto a los libros» y la liquidación de los «cuatro viejos», es decir, de toda la herencia cultural del pasado. Esta es una prueba de que, en los hechos, la teoría del conocimiento de Mao Tze Dong arroja al canasto la experiencia acumulada por las generaciones anteriores. ¡Sin destrucción completa, no es posible la construcción de lo nuevo!, han dicho los dirigentes chinos, rechazando la necesidad de tener en cuenta la práctica social precedente.
Pero Mao Tze Dong no sólo prescinde del carácter históricamente condicionado de la práctica social y sus diferencias, a través de las etapas de desarrollo de la sociedad humana. Tampoco tiene en cuenta el carácter de clase de la práctica social. Es conocida la frase de Mao: «Los países con un alto nivel científico y tecnológico se comportan con mucho orgullo. NOSOTROS SOMOS UNA HOJA DE PAPEL EN BLANCO, BUENA PARA ESCRIBÍR EN ELLA». Esto es desconocer que el pueblo chino está ligado a toda la práctica social acumulada por las generaciones precedentes, las mismas que han vivido en una sociedad de clases.
De acuerdo al materialismo dialéctico «la percepción directa de la realidad en una etapa dada del desarrollo social, por un miembro de una clase dada, se halla afectada por toda la experiencia pasada de la sociedad y de esa clase, en otras palabras no es meramente percepción sino apercepción» (124).
No existen, pues, pueblos que sean «hojas en blanco». El pueblo chino tiene una rica tradición de lucha y ha acumulado una gran experiencia en la producción social. Un sector considerable del proletariado chino ha elevado su conciencia al nivel de la teoría científica del marxismo-leninismo.
Mao Tze Dong no se limita a restringir la práctica social a la experiencia individual, desligada de las clases sociales y de las experiencias acumuladas. Además, asume una posición nihilista frente a la práctica social del exterior.
El marxismo surgió como expresión teórica de toda la experiencia del movimiento obrero internacional, elaborada sobre la base de una profunda generalización de todas las corrientes del desarrollo histórico mundial y de las conquistas de la ciencia y la cultura humanas. Como conocimiento de la compleja realidad capitalista, incluye en sí el conocimiento del desarrollo de toda la historia anterior de la humanidad, haciendo generalizaciones tan amplias que traspasan las esferas de los grupos separados del proletariado y rebasan las fronteras de los países. Pero he aquí que Mao plantea que el marxismo leninismo, como toda «teoría extranjera », debe ser asimilado sólo en parte, debiendo lo demás seguir su curso normal, como cuando se ingiere alimentos. El «marxismo chinizado» fue elaborado en esta forma.
Siempre tergiversando la concepción marxista-leninista de práctica social y omitiendo su importancia en la teoría del conocimiento, el maoísmo pretende universalizar la experiencia china en la lucha revolucionaria, rechazando al mismo tiempo como «dogmatismo» el estudio y conocimiento de la experiencia soviética. Los dirigentes chinos no se han contentado con dar directivas a los grupos pekineses que actúan en Asia, África y la América Latina para que apliquen las «ideas de Mao Tze Dong» sobre la guerra popular, sino que han afirmado que estas ideas son también válidas para países como Francia, Alemania, etc. Y al enfocar globalmente las luchas de los pueblos del mundo, dicen que estas deben desarrollarse de modo que la aldea mundial cerque a la ciudad mundial.
Cabe preguntar, ¿a qué clase social pertenece la práctica de Mao Tze Dong? Un examen objetivo de su vida y obra lleva a la conclusión de que se trata de una práctica social perteneciente a la pequeña burguesía china. De aquí que no se encuentre, en todo lo que ha escrito, nada que pueda significar una generalización de la experiencia revolucionaria del movimiento obrero internacional ni del mismo proletariado chino. Mao, no reconoce el rol histórico universal de la clase obrera; sus referencias aisladas al papel dirigente de ésta son formales y tangenciales. Para él, son los campesinos los que constituyen la fuerza principal de la revolución, y solo en el campo y en contacto con los campesinos se puede adquirir conciencia revolucionaria.
Mao Tze Dong separa mecánicamente cada momento del conocimiento de la realidad, resultando cada uno de ellos una fase aislada. «Práctica —conocimiento— de nuevo práctica— de nuevo conocimiento; la repetición cíclica de esta forma —dice Mao— es infinita, con la particularidad de que el contenido de estos ciclos de práctica y conocimiento se eleva cada vez a un nivel más alto» (125). Dos cuestiones igualmente falsas se derivan de este planteamiento: a) confunde la práctica con la experiencia como fuente de conocimiento; y b) la práctica queda despojada de su carácter fundamental, que le permite unificar y condicionar mutuamente los momentos percibidos y lógicos del pensamiento.
La misma experiencia sensorial es concebida por Mao en forma ajena al materialismo dialéctico. Para Mao sólo después de que se han acumulado abundantes datos sensoriales se produce un «salto» al conocimiento racional. El asunto, sin embargo, no es tan simple. El problema de la transición de la experiencia sensorial al conocimiento racional, es algo muy importante en la teoría marxista leninista del conocimiento. Engels en su crítica a la teoría kantiana-agnóstica de los jeroglíficos, indicó que el pensamiento está unido a nuestros ojos. Esto quiere decir que los órganos responsables de los datos sensoriales, descubren algo más de lo que puede ser captado por ellos solos. Las generalizaciones y conclusiones no surgen y se desarrollan partiendo únicamente de la relación externa del sujeto con los datos percibidos, sino en la medida que él domina esos datos con la posesión de la experiencia que, sobre determinado objeto, ya tiene acumulada la humanidad.
La más pequeña generalización mental significa actividad del hombre. No comprender esta cuestión lleva directamente a distorsionar la teoría leninista del reflejo. «La práctica del hombre repitiéndose millones de veces, se fortifica en la conciencia por las figuras de la lógica», dice Lenin. Y es ese hombre real, armado de conciencia fortificada con las figuras de la lógica, el que se convierte en el centro de un proceso activo que une indisolublemente la sensación y el pensamiento. Cuando Mao Tze Dong separa rígidamente las etapas del conocimiento en práctica- conocimiento-práctica, se ubica en las posiciones del materialismo contemplativo, porque quita a la práctica su carácter de relación racional del hombre con el objeto; pone al hombre en una situación contemplativa, cuando en realidad confronta activamente el mundo objetivo.
Al confundir la práctica con la experiencia sensorial, Mao, no puede explicar la unicidad del pensamiento lógico en tanto que etapa superior del conocimiento que, dependiendo del conocimiento sensorial, lo contiene. De hecho el pensamiento lógico queda reducido al nivel de la experiencia sensible. Y así la conciencia humana es convertida en un espejo sin vida, donde se reflejan solo las cosas que se encuentran frente a ella, siempre del mismo modo.
Aquí cabe hacer referencia a la separación y enfrentamiento que el maoísmo hace de máquinas y hombres. Esta es una cuestión que demuestra su incomprensión del mismo conocimiento sensorial. Es un hecho irrefutable que la actividad sensorial humana aumenta y se desarrolla con el perfeccionamiento de los instrumentos de producción y de los implementos técnicos. El estudio de los procesos objetivos y la transformación de la naturaleza son posibles con ayuda de ellos. En los hechos son una prolongación de los brazos, ojos, oídos, etc., del ser humano; son parte del hombre.
Instrumentos como el telescopio, el microscopio, los instrumentos de medida, y otros, enriquecen enormemente la percepción del mundo que nos rodea, dotándonos de una base de generalizaciones cada vez más amplia y profunda. En este sentido el desarrollo de la técnica y de los instrumentos de producción tiene una enorme importancia para el conocimiento y dominio del mundo material. Pero para la dirigencia pekinesa aceptar tal cosa significa «seguir el camino capitalista », y «dar prioridad a las cosas y a la técnica y no al hombre».
La experiencia sensorial se desarrolla y perfecciona. Los sentidos del hombre se perfeccionan en relación con el desarrollo de la práctica histórico social. Es imposible concebir un «hombre nuevo, producto de la sociedad socialista, con un nivel cultural primitivo, «pobre» y «desnudo», en el sentido que Mao da a estas palabras. Marx ha señalado el carácter histórico de los sentidos del hombre, haciendo referencia a la abismal diferencia que existe entre los sentidos de un salvaje y los de un hombre contemporáneo.
Quienes no han asimilado la técnica moderna ni producen los instrumentos de trabajo más avanzados, porque no les dan importancia so capa de que primero es el hombre y no las máquinas, no han comprendido el concepto marxista leninista de práctica social; tampoco han comprendido la importancia de esa técnica y de esos instrumentos en la experiencia sensorial, como momento del conocimiento y su trascendencia en las generalizaciones cada vez más amplias y profundas.
Para el marxismo leninismo, la práctica social no sólo es base del conocimiento sino también criterio de verdad, porque sólo ella puede confirmar o refutar las percepciones y representaciones del hombre. Así es como la dialéctica materialista concibe práctica social como criterio de verdad.
La comprensión de determinadas hipótesis o teorías en la práctica, no significa consagrarlas definitivamente como verdades absolutas. La doctrina de la verdad en el marxismo leninismo es basta rica y profunda. La práctica social que es dinámica y se enriquece constantemente, permite un constante avance de la ciencia, mediante la sustitución de unas tesis científicas por otras. Se produce así el acercamiento de la verdad relativa a la verdad absoluta.
¿Cómo plantea esta cuestión, Mao Tze Dong? Refiriéndose a la aplicación de teorías, planes, resoluciones y orientaciones a la práctica dice: «Hablado en general, los que resulten bien son adecuados y los que resulten mal son erróneos...» (129). Para el pragmatismo es cierto lo que es «útil»; y para Mao Tze Dong lo que es «adecuado». En ambos casos la verdad no es la realidad reflejada en nuestro pensamiento, sino lo que satisface a una persona o grupo de personas. Tanto lo «útil» como lo «adecuado» es lo que conviene en un momento dado, lo que expresa la voluntad, los deseos e intereses de las gentes. Si lo «útil» y «adecuado» constituyen verdad, ésta es creación del propio hombre, no tiene relación con el desarrollo objetivo del mundo material.
El pragmatismo fue el fundamento filosófico del fascismo, porque le permitió proclamar como verdad todo lo que convenía a sus objetivos reaccionarios y a sus métodos terroristas. Mientras la gente cree una cosa, ésta es cierta, dice el pragmatismo: Resulta, pues, que no existe otra verdad que la que es aceptada, que la que se admite porque sirve a fines determinados.
Pero cuando la verdad es aquello que tiene valor para el que conoce (lo adecuado), la misma mentira debe considerarse verdad mientras pueda ser creída. Todas las teorías pekinesas («los tres mundos», «el socialimperialismo», etc.) son «adecuadas » para la dirigencia china, pero en esencia no son otra cosa que mentiras repetidas machaconamente para que sean creídas.
Las teorías maoístas responden satisfactoriamente a los planes de Pekín; en este sentido son operantes. Pero esto no quiere decir que ellas representen la verdad. Muchas teorías falsas pueden operar durante un tiempo prolongado y sin embargo no son verdaderas. Ellas persisten por la propaganda; pero llega el momento en que son desbaratadas por la propia vida.
El pragmatismo conduce directamente a la creación de mitos, en cada uno de los cuales se representa la realidad de distinta manera de cómo es. Los mitos tienen la particularidad de que mantienen a las masas hipnotizadas y subyugadas. La Alemania de Hitler nos da un ejemplo típico en este asunto. Se subyugó e hipnotizó al pueblo alemán con el mito de la superioridad racial de los arios, y se le hizo creer que estaba destinado a imponer su dominio sobre todas las demás razas. La ciencia ya había demostrado que no existen razas puras, y que no hay tal raza aria porque el concepto de lo ario es puramente lingüístico y no antropológico. Pero el nazismo necesitaba el mito de la superioridad racial, para justificar y fundamentar su política aventurera y criminal. Este mito era presentado como una verdad porque era «adecuado» a los planes de dominación mundial del nazifascismo.
De los planes «adecuados» del maoísmo han surgido también mitos peligrosos: el Pensamiento Mao Tze Dong como cúspide del marxismo leninismo; la China como centro de la revolución mundial: la experiencia china como la única con valor universal Los «tornillitos inoxidables» y los «búfalos mansos” del «Presidente Mao», con estos mitos en la cabeza se han propuesto imponer en el mundo entero la «autoridad absoluta» de las ideas del «Gran Timonel».
Los manipuladores de mitos, utilizan la demagogia más desvergonzada para captar a los descontentos, resentidos e insatisfechos; apelan a las capas más atrasadas del pueblo, a los elementos desorientados, «sin guía y sin brújula»; azuzan las pasiones primitivas de las masas y les ocultan las verdaderas causas de su miseria. Hitler culpó de todos los males a judíos y comunistas; la dirigencia pekinesa a los que llama «seguidores del camino capitalista», «revisionistas» que, como se sabe, son comunistas que se han opuesto a la maoización del PCCh.
En resumen, Mao Tze Dong, en el terreno de la filosofía, no enfoca desde posiciones materialistas el problema del ser y el pensamiento; reduce el rico y complejo desarrollo dialéctico de los fenómenos y las cosas a una tergiversada ley de la contradicción y un proceso en que el equilibrio y el desequilibrio se suceden mecánicamente; falsea la teoría marxista leninista del conocimiento admitiendo como cierto lo «adecuado». El «pensamiento filosófico de Mao Tze Dong», constituye el cimiento teórico de toda la práctica seudorrevolucionaria de los dirigentes chinos.
NOTAS
(104) Lin Piao, Informe ante el IX Congreso Nacional del PCCh, Ed. Lenguas Extranjeras, Pekín 1969, pág. 3.
(105) Citado de «Crítica a las concepciones filosóficas de Mao Tse tung, págs. 7, 8.
(106) Mao Tse tung, Cuatro Tesis Filosóficas, Ed. Lenguas Extranjeras, Pekín 1966, pág. 149.
(107) J. V. Stalin, Problemas Económicos del Socialismo en la URSS., Ed. Lenguas Extranjeras, Moscú 1952, pág. 3-4.
(108) Mao Tse tung, La Construcción del Socialismo, Tres Textos inéditos, pág. 9.
(109) J. V. Stalin, Obra citada, pág. 4.
(110) Mao Tse tung, La Construcción del Socialismo, pág. 16.
(111) Engels, Anti Düring, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo 1948, pág. 138.
(112) Echague, El otro Imperialismo, Ediciones de Mayo, Bue nos Aires 1974, pág. 87.
(113) J. V. Stalin, Problemas Económicas del Socialismo en la URSS, pág. 76.
(114) Mao Tse tung, La Construcción del Socialismo - 3 tex tos inéditos, pág. 56.
(115) M. Altaiski y V. Gueorguiev, Crítica a las concepciones filosóficas de Mao Tse tung, págs. 71, 72.
(116) Lenin, Obras Completas, tomo 29, pág. 316.
(117) Mao Tse tung, Cuatro Tesis Filosóficas, pág. 68.
(118) Mao Tse tung, Obras Escogidas, tomo I, pág. 361.
(119) Marx y F. Engels, La Sagrada Familia Ediciones Grijalbo, México 1958, págs. 100-101.
(120) Mao Tse tung, Cuatro Tesis Filosóficas, pág. 105.
(121) Ibídem, pág. 60.
(122) Citado de A. Altaiski y V. Guerguiev, «Crítica a las concepciones filosóficas de Mao Tse tung», págs. 118 119.
(123) Ibídem, pág. 141.
(124) M. Shirokov, Tratado Sistemática de filosofía, Ed. Fuente Cultural, México 1948, pág. 97.
(125) Mao Tse tung, Cuatro tesis filosóficas, pág. 23.