El Revisionismo Jruschovista y la Desintegración de la Unión Soviética
Harpal Brar
Prefacio a la edición española
En la edición inglesa de este
libro, afirmaba que el periodo comprendido entre el XX y el XXII
Congresos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS)
supuso el surgimiento, la formación, el crecimiento y la sistematización del
revisionismo jruschovista en algunas importantes cuestiones de principios.
Durante este periodo, las enseñanzas del marxismo-leninismo fueron sometidas a
una revisión y una deformación completas y a una falsificación descarada. Tras
el XXII Congreso del PCUS, el revisionismo jruschovista fue aún más
sistematizado y se volvió más abierto y más descarado, con el resultado de que
estaba así en condiciones de asegurar la adopción y la incorporación de sus
propuestas erróneas en el nuevo programa adoptado en aquel Congreso.
El nuevo programa declaró que
la dictadura del proletariado “ha dejado de ser indispensable en la URSS” y que “el Estado, que
nació como dictadura del proletariado, se ha convertido, en la nueva era
contemporánea, en un Estado de todo el pueblo”.
El programa afirmó que “como resultado de la victoria del socialismo en la
URSS y la consolidación de la unidad de la sociedad soviética, el Partido
Comunista de la clase obrera se ha convertido en la vanguardia del pueblo
soviético, en un partido del pueblo entero”.
Al mismo tiempo, puesto que
aquellas y otras muchas desviaciones y revisiones del marxismo-leninismo ya
habían sido objeto de una extensa y rigurosa crítica en el seno del movimiento
anti-revisionista internacional, en el que el Partido Comunista de China (PCCh)
y el Partido del Trabajo de Albania (PTA) jugaron un papel destacado, decidí no
incluir las críticas de aquellas tergiversaciones en mi libro. En lugar de
ello, quise centrarme en los aspectos económicos del revisionismo, las teorías
económicas que propuso, los pasos dados para llevarlas a la práctica, y las
‘reformas’ implementadas por el revisionismo jruschovista en el camino hacia la
restauración capitalista en la URSS y en los países socialistas de Europa
central y oriental.
Luego, pensé que las
desviaciones revisionistas de las enseñanzas fundamentales del
marxismo-leninismo en los terrenos de la ideología, la política y la lucha de
clases, – en una serie de cuestiones que van del partido del proletariado y la
dictadura del proletariado, hasta el imperialismo y la guerra, el concepto de coexistencia
pacífica, la naturaleza del Estado y la relación de la revolución proletaria
con el Estado burgués – eran tan sumamente obvias, que me pareció que no
requerirían mayor tratamiento. Ahora, opino que fue un error el haber
descartado una exposición de aquellas falsificaciones revisionistas del
marxismo-leninismo, particularmente en vista de que las más jóvenes
generaciones de comunistas, incluso en los mejores partidos comunistas del
mundo, apenas están familiarizados con el origen de aquellas falsificaciones y
los efectos devastadores que han tenido en el movimiento comunista
internacional, de los que los partidos comunistas aún intentan recuperarse. Es
precisamente con la intención de ayudar a la recuperación del movimiento
comunista internacional que decidí enumerar y criticar las falsificaciones que
los jruschovistas hicieron de algunas de las principales enseñanzas del
marxismo-leninismo – una tarea a la cual el resto de este prefacio está
dedicada.
El significado de los ataques
de Jruschov contra Stalin
El XX Congreso del PCUS (1956)
supuso el primer paso en la vía revisionista, emprendida por el liderazgo
jruschovista que llegó al poder tras la muerte de José Vissarionovich Stalin en
1953. En aquel Congreso, bajo el pretexto de “combatir el culto
a la personalidad”, Jruschov lanzó en su
discurso ‘secreto’ un ataque vituperante contra Stalin, acusándole de sufrir “manía
persecutoria”, que él satisfacía con una “arbitrariedad
brutal”, recurriendo a “la represión y el
terror de masas”, de ser alguien que “conocía el país y
la agricultura únicamente por las películas”,
que “dirigía operaciones militares a partir de un globo
terráqueo”, y cuyo liderazgo “se convirtió en
un serio obstáculo para el desarrollo social soviético”.
Pero se escondía una
estrategia detrás del delirio de Jruschov. Sus ataques contra Stalin, sus
intentos por describir a Stalin con los colores más sombríos, solamente pueden
explicarse por su aversión personal y su animosidad hacia Stalin. La verdad es
que Stalin lideró al pueblo soviético durante tres largas décadas de
dificultades extraordinarias y logros memorables, contra enemigos internos y
externos, en la heroica lucha por la construcción socialista, en la ardua lucha
por defender y consolidar el primer Estado socialista del mundo, alcanzándose
el apoteosis con la victoria en la Gran Guerra Patria del pueblo soviético
contra las hordas fascistas del imperialismo hitleriano alemán. Durante el
largo periodo de su liderazgo en el PCUS, Stalin combatió con todas sus fuerzas
contra toda deformación oportunista del marxismo-leninismo. Al defender y
salvaguardar las enseñanzas revolucionarias de la ciencia marxista-leninista,
contribuyó a enriquecer y a desarrollar la teoría y la práctica de la ciencia
de la revolución proletaria. Al atacar y al negar a Stalin en el XX Congreso
del PCUS, realmente Jruschov estaba atacando y negando la dictadura del
proletariado y las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo – enseñanzas
que, a lo largo de su vida, Stalin defendió y desarrolló de forma tan
vehemente, brillante y exitosa. Éste es el verdadero significado, la esencia de
los ataques de Jruschov contra Stalin. No es casualidad, pues, que en el mismo
Congreso, en su informe, Jruschov iniciara el repudio del marxismo-leninismo en
una serie de cuestiones de principio, que trataré brevemente.
Los ataques contra Stalin, así
como las tesis erróneas avanzadas por Jruschov en el XX Congreso del Partido,
que sirvieron para desacreditar a la Unión Soviética, la dictadura del
proletariado y el comunismo, llenaron de alegría a la burguesía imperialista y
sus agentes en el movimiento obrero – los revisionistas, los trotskistas y los
socialdemócratas – dándoles armas para destruir el prestigio y la influencia
del movimiento comunista en el mundo entero. El informe ‘secreto’ de Jruschov sirvió
a los imperialistas de ariete para atacar la fortaleza comunista; les
proporcionó un manifiesto para desatar una campaña mundial contra la Unión
Soviética, contra el comunismo y contra los movimientos revolucionarios y de
liberación nacional; de hecho, les dio una oportunidad, que aprovecharon con
gran prontitud, para proclamar la “transición pacífica” hacia el
capitalismo en la URSS.
Henchidos de arrogancia, los
titoístas se volvieron cada vez más agresivos y, haciendo gala de su
‘anti-estalinismo’ reaccionario, atacaron al sistema socialista y la dictadura
del proletariado de manera sensacionalista, afirmando que el XX Congreso del
PCUS“había creado suficientes elementos” para el “nuevo curso” que Yugoslavia
había iniciado y que “la cuestión está ahora en si este nuevo curso se
impondrá o si el curso del estalinismo volverá a ganar” (discurso de Tito
en Pula, 11 de noviembre de 1956).
El discurso de Jruschov dio un
soplo de aire fresco a los trotskistas renegados del comunismo. Saliendo de la
situación desesperada en la que se encontraban, estos contrarrevolucionarios,
agentes de la burguesía, retomaron febrilmente su actividad al servicio de las
clases explotadoras. En su Manifiesto a los trabajadores y pueblos del mundo
entero, la llamada IV Internacional declaró:
“Hoy, cuando los mismos
líderes del Kremlin están reconociendo los crímenes de Stalin, reconocen
implícitamente que la infatigable lucha llevada a cabo por… el movimiento
trotskista mundial contra la degeneración del Estado obrero, estaba totalmente
justificada.” (Citado de General Line, p.68).
Como era de esperar, el
discurso ‘secreto’ de Jruschov, causó una confusión ideológica en el seno del
movimiento comunista internacional, e hizo de éste el objeto de un diluvio de
ideas revisionistas. Sirviendo de señal para los elementos
contrarrevolucionarios de los países socialistas, la diatriba anti-Stalin de
Jruschov condujo directamente al desencadenamiento de la revuelta
contrarrevolucionaria de Hungría en 1956.
La transición pacifica
En el XX Congreso del PCUS,
Jruschov planteó la cuestión de la “transición pacífica” al socialismo, con
el pretexto de que habían ocurrido “cambios radicales” en la situación
internacional. Mientras decía que el camino de la Revolución de Octubre había
sido “el único camino correcto en aquellas condiciones
históricas”, afirmó que, a raíz de los cambios ocurridos desde
entonces, se había vuelto posible la transición del capitalismo al socialismo “por la vía
parlamentaria”. Esta errónea tesis de
Jruschov era una clara revisión, así como una desviación completa de las
enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el Estado y la revolución, y era un
claro repudio del significado universal del camino de la Revolución de Octubre.
Según Jruschov, el
proletariado estaba en condiciones de obtener una mayoría estable en el
parlamento bajo las condiciones de la dictadura de la burguesía y sus leyes
electorales. “La clase obrera,” en los países
capitalistas, “al unir en torno a ella al campesinado pobre, a la
intelectualidad, a todas las fuerzas patrióticas, y rechazando de forma
decidida a los elementos oportunistas incapaces de abandonar la política de
compromiso con los capitalistas y los terratenientes, está en condiciones de
derrotar a los elementos reaccionarios opuestos a los intereses populares, de
obtener una mayoría estable en el parlamento.” (N.S. Jruschov,
Informe al XX Congreso del PCUS, Febrero de 1956).
Jruschov equiparó la conquista
por el proletariado de una mayoría estable en el parlamento con la toma del
poder estatal y la destrucción del aparato estatal burgués. Para el
proletariado, “obtener una mayoría en el parlamento y
transformarlo en un órgano de poder popular, mediante un poderoso movimiento
revolucionario en el país, implica destruir la maquinaria burocrático-militar
de la burguesía (el subrayado es mío) y establecer un
nuevo Estado proletario popular bajo una forma parlamentaria”. (Para nuevas
victorias del movimiento comunista internacional, del discurso de Jruschov
en el Encuentro de las Organizaciones del Partido en la Escuela Superior del
Partido, la Academia de Ciencias Sociales y el Instituto de Marxismo-Leninismo,
Comité Central del PCUS, 6 de enero de 1961).
Luego, Jruschov afirmó que la
obtención de una mayoría estable “podría crear para la clase obrera de una serie de
países… capitalistas las condiciones necesarias para lograr cambios
fundamentales” y “asegurar el traspaso de los principales medios de
producción en manos del pueblo.” (Informe al XX Congreso).
Ya en 1852, basándose en la
experiencia histórica concreta de la Revolución Francesa de 1848-1851, Marx
había llegado a la conclusión de que, en vista de que todas las revoluciones
anteriores habían perfeccionado la maquinaria del Estado, la tarea de la
revolución proletaria era “destruir” el “aparato
burocrático-militar”. Luego, después
de la Comuna de Paris, Marx declaró: “una cosa ha sido especialmente demostrada por la
Comuna, a saber, que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la
máquina estatal existente y usarla en su proprio interés”.
Desde entonces, la experiencia
histórica ha confirmado plenamente las enseñanzas del marxismo. Fue en desafío
a las enseñanzas del marxismo sobre el Estado, la cuestión de la relación de la
revolución proletaria con el Estado burgués así como experiencias históricas
similares, que Jruschov estaba vendiendo toda esta charlatanería sobre la vía
parlamentaria pacífica hacia el socialismo.
En el XX Congreso del PCUS,
momento en que la camarilla jruschovista había consolidado su posición, los
revisionistas soviéticos fueron capaces de consagrar la tesis de la transición
pacífica y otras muchas tesis erróneas en el programa del PCUS.
Nada nuevo había en las tesis
de Jruschov sobre la ‘transición pacífica’. No era más que una repetición de
las tesis revisionistas de Bernstein y Kautsky, cuya principal traición al
marxismo fue su apoyo a la vía legal, pacífica y parlamentaria hacia el
socialismo, así como su violenta oposición a la revolución violenta (disculpen
el juego de palabras), la destrucción de la máquina del Estado burgués, y su
sustitución por la dictadura del proletariado. Bernstein dijo que el
capitalismo podía “evolucionar hacia el socialismo” de forma pacífica,
que el sistema político de la moderna sociedad burguesa “no debería ser
destruido sino simplemente desarrollado”,
y que “ahora estamos logrando, mediante el voto, las
manifestaciones y otros medios de presión similares, unas reformas que habrían
requerido una revolución sangrienta hace cien años.” (Eduard Bernstein, Las condiciones previas
para el socialismo y las tareas del Partido Socialdemócrata Alemán).
Según Bernstein, la vía
parlamentaria por sí sola bastaría para realizar la transición hacia el
socialismo; la obtención del sufragio universal por la clase obrera supuso la
obtención de las condiciones básicas para su emancipación; y llegaría un día en
que la fuerza numérica de la clase obrera sería tan grande que la clase
dominante no estaría en condiciones de resistir la presión, y el capitalismo de
derrumbaría de forma semi-espontánea.
Lenin denunció las
declaraciones del renegado Bernstein con estas palabras: “Los bernsteinianos
aceptaron y aceptan el marxismo, con la excepción de su aspecto directamente
revolucionario. No consideran la lucha parlamentaria como una herramienta de
lucha adecuada para determinados periodos históricos, sino como el principal y
casi como la única forma de lucha, haciendo innecesarias las palabras
‘violencia’, ‘toma del poder’ y ‘dictadura’.” (V.I. Lenin, ‘La victoria de
los Cadetes y las tareas del partido obrero’).
Karl Kautsky fue un digno
sucesor de Bernstein. Él también propugnó con celo la vía parlamentaria.
También se opuso con fervor a la revolución violenta y a la dictadura del
proletariado. Propuso la tesis de que el sistema democrático burgués “ya no requiere la
lucha armada para solucionar los conflictos de clase” (La
interpretación materialista de la historia, Edición alemana, Berlín 1927,
pag.431-2). Declaró que era ridículo propugnar un derrocamiento político
mediante la violencia, atacando a Lenin y al Partido Bolchevique, y
comparándolos con “una comadrona impaciente, que usa la violencia
para hacer que una mujer preñada dé a luz en el quinto mes, en vez de en el
noveno.” (K. Kautsky, La revolución
proletaria y su programa).
Las siguientes declaraciones
de Kautsky condensan todo su cretinismo parlamentario:
“El objetivo de nuestra lucha
política sigue siendo, hasta la fecha, la conquista del poder estatal mediante
la obtención de una mayoría en el parlamento, y transformar el parlamento en
amo del gobierno.” (K. Kautsky, ‘Nuevas tácticas’).
Lenin criticó el cretinismo
parlamentario con estas implacables y fulminantes palabras:
“Solamente unos sinvergüenzas
o unos ilusos pueden pensar que la tarea del proletariado es ganar la mayoría
en las elecciones bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, para tomar el poder después. Esto es el colmo de
la insensatez o de la hipocresía; es sustituir la lucha de clases y la
revolución por el voto, bajo el antiguo sistema y el antiguo poder.” (V.I. Lenin “Saludo a los
comunistas italianos, franceses y alemanes.”).
Según Lenin, la vía
parlamentaria que defiende Kautsky, “es el más puro y el más vil oportunismo, es ya
renunciar de hecho a la revolución acatándola de palabra”. (V.I. Lenin, El Estado y la
revolución).
Y, más adelante:
“Cuando Kautsky ‘interpreta’
el concepto de “dictadura revolucionaria del proletariado” de tal modo que
desaparece la violencia revolucionaria por parte de la clase oprimida contra
los opresores, bate el record mundial de desvirtuación liberal de Marx” (V.I. Lenin, 'La revolución
proletaria y el renegado Kautsky').
El marxismo-leninismo nos
enseña que la cuestión fundamental de todas las revoluciones es la cuestión del
Estado. Es más, nos enseña, y la experiencia lo confirma, que la clase
dominante nunca renuncia al poder voluntariamente. Incluso durante un periodo
de crisis, el antiguo régimen nunca cae por sí sólo – debe de ser derrocado.
Uno podría pensar que esta ley universal de la lucha de clases es tan obvia,
que no requiere ser recordada o explicada. Es de sobra conocido que toda
revolución exige y supone grandes sacrificios por parte de la clase
revolucionaria. No obstante, abandonar la revolución con el pretexto de evitar
sacrificios, es lo mismo que pedirle a las clases oprimidas y explotadas que
acepten para siempre la esclavitud, que el dolor y el sacrificio sin límites
sea su destino; por otro lado, los dolores de parto de una revolución no son
nada, en términos de sufrimiento, en comparación con la agonía crónica que
supone vivir bajo el capitalismo. En palabras de Lenin, “Incluso durante
el más pacífico curso de los acontecimientos, el sistema [capitalista] actual
inevitablemente por imponerle sacrificios a la clase obrera." (V.I. Lenin, 'Otra masacre', 5 de junio de 1901).
Lenin subrayó en repetidas
ocasiones la necesidad y la inevitabilidad de “la guerra civil,
sin la cual ninguna gran revolución en la historia ha podido llevarse a cabo, y
sin la cual ningún marxista que se precie ha concebido la transición del
capitalismo hacia el socialismo.” (V.I. Lenin, 'Palabras
proféticas').
Lenin señaló que un largo
periodo de “dolores de parto” separa el socialismo del capitalismo, que la
violencia siempre juega el papel de partera en el nacimiento de la nueva
sociedad, desde las entrañas de la vieja sociedad, y que el Estado burgués “no puede
sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado)
mediante la “extinción”, sino sólo, por regla general, mediante la revolución
violenta”, y que “la necesidad de educar sistemáticamente a las
masas en esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo
básico en toda la doctrina de Marx y Engels”.
(V.I. Lenin, El Estado y la Revolución).
Solamente aquellos que hayan
sufrido la incurable enfermedad del 'cretinismo parlamentario', que priva de “todo
sentido, toda memoria, toda comprensión de la cruda realidad exterior”, pueden suscribir
la tesis de la transición pacífica hacia el socialismo. En unas condiciones de
imperialismo capitalista, de militarismo sin precedentes, de estrangulamiento
de las naciones oprimidas y los países débiles, de lucha furiosa entre los
países imperialistas por el reparto del mundo, “...la sola idea
de querer subordinar pacíficamente a los capitalistas a la voluntad de la
mayoría de los explotados, de la transición pacífica, reformista hacia el
socialismo, no solamente es el más extremo filisteísmo, sino también un engaño
total y absoluto a los trabajadores; es el embellecimiento de la esclavitud
asalariada del capitalismo, una ocultación de la verdad. La cuestión de fondo
es que la burguesía, incluso la más educada y democrática, ya no duda en
recurrir a cualquier crimen o fraude, a masacrar a millones de obreros y
campesinos a fin de salvar la propiedad privada de los medios de producción.
Solamente el derrocamiento violento de la burguesía, la confiscación de su
propiedad, la destrucción de toda la maquinaria de Estado burgués, de abajo a
arriba, – parlamentario, judicial, militar, burocrático, administrativo,
municipal, etc., lo que conlleva incluso la deportación o el internamiento de
por vida de los explotadores más peligrosos y recalcitrantes – poniéndolos bajo
estricta vigilancia, a fin de combatir los inevitables intentos de resistir y
restaurar la esclavitud capitalista – solamente medidas de este tipo pueden asegurar
una subordinación real de toda la clase explotadora.” (V.I. Lenin, Tesis sobre las
tareas fundamentales en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, 4 de Julio de 1920).
En cuanto a la cuestión de si
podría realizarse pacíficamente una transformación fundamental del orden
capitalista, sin una revolución violenta, sin la dictadura del proletariado,
así es como respondió Stalin:
“Obviamente no. Quien crea que
semejante revolución puede llevarse a cabo pacíficamente, sin salirse del marco
de la democracia burguesa, adaptada a la dominación de la burguesía, ha perdido
la cabeza y toda noción del sentido común, o bien reniega cínica y abiertamente
de la revolución proletaria.” (Cuestiones del Leninismo – posteriormente
tituladoFundamentos del Leninismo).
En su artículo 'Problemas de la
guerra y la estrategia', siguiendo los
pasos de la teoría marxista-leninista y de la experiencia de la revolución
china (entre otras), Mao Zedong se expresó sobre esta cuestión con estos
efusivos términos:
“La toma del poder por las
armas, la resolución de las contradicciones mediante la guerra, es nuestra
tarea central y la más elevada forma de revolución. Este principio
marxista-leninista de la revolución tiene validez universal, tanto en China
como en todos los demás países.” (Mao Zedong, Problemas de la
Guerra y la Estrategia).
Y más adelante:
“La experiencia de la lucha de
clases, en la época del imperialismo, nos enseña que sólo con el poder del
fusil pueden el proletariado y las masas laboriosas derrotar a la burguesía y a
los terratenientes armados; en este sentido, podemos decir que sólo con armas
puede ser transformado el mundo entero.” (Ibídem).
Son estas enseñanzas
fundamentales del marxismo-leninismo, plenamente corroboradas por la
experiencia histórica, lo que traiciona el revisionismo jruschovista.
Lenin subrayó, una y otra vez,
que en virtud de sus rasgos económicos fundamentales, el imperialismo se
distingue “por un mínimo apego a la paz y la libertad, por un
desarrollo máximo del militarismo en todas partes. “No advertir”
esto, hablando de lo típico o de lo probable que es una revolución pacífica o
violenta, es rebajarse al nivel del más adocenado lacayo de la burguesía. (V.I. Lenin, La Revolución
Proletaria y el Renegado Kautsky).
En un momento en que un
pequeño grupo de países imperialistas, y en especial Estados Unidos, tiene
cientos de bases militares en todo el mundo; cuando el imperialismo
estadounidense por sí solo destina 540 billones de dólares (23 000 dólares por
segundo) a su presupuesto militar anual – una suma que se añade al gasto
militar total del resto del mundo; cuando cientos de miles de soldados
imperialistas están ocupando países extranjeros y librando guerras depredadoras
de saqueo, matando a millones de hombres, mujeres y niños inocentes, como
sucede en Irak, Afganistán y Palestina; cuando el imperialismo, en connivencia
con los regímenes más autocráticos, dictatoriales y medievales, está haciendo
todo lo posible para asfixiar las luchas por la liberación nacional y la
revolución proletaria; cuando las potencias imperialistas, armadas hasta los
dientes, están preparadas para ahogar en sangre las luchas revolucionarias en
su propio país y en el extranjero – en estas circunstancias, hablar de una vía
parlamentaria, pacífica, hacia el socialismo, como hacen los revisionistas
jruschovistas, incluyendo a nuestros propios revisionistas del Partido
Comunista Británico (PCB), es dar muestras de locura o de repudio abierto de la
revolución proletaria.
Sin embargo, en la misma
naturaleza de las cosas, aquellos que sufren de la incurable enfermedad del “cretinismo
parlamentario, enfermedad, que aprisiona como por encantamiento a los
contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda
memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior”,
no pueden sino adherirse a su fe quimérica en la en la vía pacífica,
parlamentaria, hacia el socialismo. (Karl Marx, El 18 Brumario de
Luís Bonaparte).
No que decir tiene que, al
subrayar la necesidad de la revolución violenta para el derrocar a la
burguesía, los marxistas-leninistas siempre han reconocido la necesidad, en
determinadas circunstancias, de que el proletariado participe en la lucha
parlamentaria. Sin embargo, dicha participación tiene por fin utilizar el
parlamento como medio para desvelar la naturaleza reaccionaria, podrida y
anticuada del sistema burgués, y para educar a las masas – no para sembrar
ilusiones sobre la ‘transición pacífica al socialismo’. En otras palabras, el
proletariado participa en la escena parlamentaria con el único propósito de
utilizar el parlamento para desenmascarar el parlamentarismo burgués.
En palabras de Lenin: “El partido del
proletariado revolucionario debe tomar parte en el parlamentarismo burgués para
elevar a las masas, lo que puede hacerse durante las elecciones y en la lucha
entre partidos en el parlamento. Pero limitar la lucha de clases a la lucha
parlamentaria, o considerar a esta última como la más elevada y decisiva forma
de lucha, a la que todas las demás formas de lucha deben subordinarse,
significa en los hechos desertar al bando de la burguesía e ir en contra del
proletariado.” (V.I. Lenin, La Asamblea
Constituyente y la Dictadura del Proletariado).
A la luz de lo anteriormente
expuesto, debe quedar claro que aquellos que abrazan los ideales del comunismo,
aquellos que están comprometidos con la emancipación del proletariado, y por
tanto con la liberación de la humanidad, no pueden sino expresar su acuerdo
total y sin reservas con estas palabras finales del Manifiesto
Comunista:
PROLETARIOS DE TODOS LOS
PAISES, UNIOS!"
Tras haber consolidado su
posición en el Partido, en el XXII Congreso del PCUS (Octubre de 1961) la
camarilla jruschovista sistematizó la línea errónea que había seguido desde el
XX Congreso, cuya esencia era la “transición pacífica”,
la “competición pacífica” y la “coexistencia
pacífica”. El XX Congreso adoptó un programa abiertamente
revisionista, que además de hacer hincapié de forma unilateral en las
posibilidades de la transición pacífica, y caracterizar la coexistencia
pacífica como el principio general de la política exterior de la URSS,
sustituyó el concepto de dictadura del proletariado por el de Estado de todo el
pueblo, y el concepto de partido del proletariado por el de partido de todo el
pueblo. Sustituyó la teoría marxista-leninista de la lucha de clases por el
humanismo, y los maravillosos ideales del comunismo por las consignas burguesas
de libertad, igualdad y fraternidad. Era un programa que caracterizaba por su
oposición a la revolución, o a la continuación de la revolución en los países
que ya eran socialistas; era, de hecho, un programa para preservar la
restauración del capitalismo, y cuya consecuencia final fue, desgraciadamente,
el colapso de la URSS y los países socialistas de Europa central y oriental,
así como un enorme retroceso para la revolución proletaria y los movimientos de
liberación nacional.
Estado de todo el pueblo
En el XXII Congreso del PCUS,
Jruschov agitó de manera flagrante la bandera de la oposición a la dictadura
del proletariado y su sustitución por el “Estado de todo el
pueblo”. El programa adoptado en aquel Congreso declaró
que la dictadura del proletariado“ha dejado de ser indispensable en la URSS” y que “el Estado, que nació como Estado de dictadura del
proletariado, se ha convertido, en la nueva etapa, en la etapa contemporánea,
en un Estado de todo el pueblo”.
Con esta tesis, que violaba
claramente las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo sobre el
significado de la dictadura del proletariado, los jruschovistas desarmaron al
proletariado soviético, así como al proletariado de otros muchos países, en
particular al proletariado de los países socialistas del Este de Europa. Hasta
un iniciado en marxismo sabe que el Estado no es otra cosa que un instrumento
de la clase dominante, un instrumento para asegurar la dictadura de una clase
sobre otra, la subyugación de una clase por otra. Mientras exista el Estado,
éste no puede situarse por encima de las clases; mientras el proletariado
utilice el Estado, lo hará para doblegar a sus adversarios. De hecho, la mera
existencia del Estado es una prueba elocuente del carácter irreconciliable de
los antagonismos de clase. En el momento en que el Estado se convierta en
representante de la sociedad en su conjunto, se vuelve innecesario y superfluo,
y desaparece como tal.
No obstante, el proletariado
necesita tener su propio Estado – la dictadura del proletariado – para “el periodo
histórico que separa el capitalismo de la ‘sociedad sin clases’, el comunismo” [V.I. Lenin, El Estado y la
Revolución]. La dictadura del proletariado es necesaria para
poder hacer realidad la “expropiación de los expropiadores”, para aplastar la inevitable resistencia de las
antiguas clases explotadoras, así como sus intentos de restaurar el antiguo
sistema, para organizar la reconstrucción económica de la sociedad – en una
palabra, para preparar las condiciones materiales y espirituales necesarias
para que la sociedad la sociedad pase de la fase inferior a la fase superior
del comunismo.
Debido a que las clases, y por
tanto la lucha entre ellas, siguen existiendo después del derrocamiento de la
burguesía, y durante toda una época histórica, la dictadura del proletariado es
necesaria durante este periodo. De lo contrario, el largo y difícil camino, que
va desde la fase inferior hasta la fase superior del comunismo, no puede ser recorrido.
En palabras (inolvidables) de Lenin,“sólo es marxista el que hace
extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al
reconocimiento de la dictadura del proletariado. En esto es en lo que estriba la más profunda
diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En
esta piedra de toque es en la que hay que contrastar la comprensión y el
reconocimiento real del marxismo (…)el
oportunismo no extiende el reconocimiento
de la lucha de clases precisamente a lo más fundamental, al período detransición del capitalismo al
comunismo, al período de derrocamiento de la burguesía y
de completa destrucción de ésta. En
realidad, este período es inevitablemente un período de lucha de clases de un
encarnizamiento sin precedentes, en que ésta reviste formas agudas nunca
vistas, y, por consiguiente, el Estado de este período debe ser inevitablemente
un Estado democrático de una manera nueva (para los
proletarios y los desposeídos en general) y dictatorial de una manera nueva
(contra la burguesía)”. (V.I. Lenin, El Estado y la
Revolución).
Los marxistas-leninistas nunca
han tenido problemas para expresar abiertamente sus puntos de vista sobre el
Estado. El proletariado, y su partido político, nunca han ocultado que la
revolución socialista proletaria tiene como objetivo el derrocamiento del orden
burgués (dictadura de la burguesía), y el establecimiento de la dictadura del
proletariado; que esta dictadura del proletariado es necesaria para toda una
época histórica, que separa el capitalismo de la sociedad comunista sin clases.
El marxismo-leninismo no tiene motivo alguno para ocultar esta verdad, porque
debido a su propia naturaleza, la dictadura del proletariado es el poder de la
gran mayoría sobre una pequeña minoría de explotadores y potenciales
explotadores. Son la burguesía y sus representantes políticos (partidos
políticos), que gobiernan en nombre de una ínfima minoría de explotadores, en
un intento de engañar a las masas, quienes hacen todo lo posible para ocultar
la naturaleza de clase del Estado burgués y describen a su máquina estatal como
si fuera “de todo el pueblo” y estuviera por
encima de las clases.
La proclamación que hizo
Jruschov de la abolición de la dictadura del proletariado en la Unión
Soviética, y su supuesta sustitución por el “Estado de todo el
pueblo”, fue nada menos que la sustitución de las
enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el Estado por las falsedades burguesas.
Ante las críticas a sus
falsedades sobre estas cuestiones cruciales, la camarilla jruschovista intentó
inventarse, en vano, una base teórica para su concepto de “Estado de todo el
pueblo”, afirmando que el periodo de la dictadura del proletariado, al que se
referían Marx y Lenin, solamente era válido para la primera fase, y que entre
ésta y la fase superior del comunismo y la extinción del Estado, había otra
fase – la del “Estado de todo el pueblo”.
La sofistería de los
charlatanes jruschovistas se hace evidente cuando la comparamos con las
declaraciones claras y precisas de Marx y Lenin sobre esta cuestión. En su Crítica del
Programa de Gotha, Marx enunció el conocido
axioma, según el cual la dictadura del proletariado existe durante todo el
periodo de transición del capitalismo al comunismo. Así es como Lenin explicó
de manera clara este axioma marxista:
“En su ‘Crítica del Programa
de Gotha’, Marx escribió: ‘Entre la sociedad capitalista y la sociedad
comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en
la segunda. A este período corresponde también un período político de transición,
cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del
proletariado.’” (V.I. Lenin, El Estado y la
Revolución)
Y más adelante:
“La esencia de la teoría de
Marx sobre el Estado sólo la ha asimilado quien haya comprendido que la dictadura
de una clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no
sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para
todo el período histórico que separa al capitalismo de la "sociedad sin
clases", del comunismo.”(V.I. Lenin, El Estado y la
Revolución)
Los jruschovistas afirmaron
que, sólo mediante la sustitución de la dictadura del proletariado por el “Estado de todo el
pueblo”, la democracia podía ser profundizada en “una
democracia genuina para todo el pueblo”; afirmaron de forma pretenciosa que su
lína política de abolición de la dictadura del proletariado era “una línea
política de desarrollo enérgico de la democracia”,
y un ejemplo de cómo “la democracia proletaria se está convirtiendo en
democracia socialista de todo el pueblo” (N.S. Jruschov,Informe
al XXII Congreso del PCUS, Octubre de 1961, y Informe sobre el
Programa del PCUS, entregado al Congreso).
Cualquier persona con un
mínimo de conocimiento en esta materia sabe que la democracia es una forma de
Estado, y que como tal, es una democracia de clase. No puede existir la
democracia sin clases – “democracia para todo el pueblo”.
En palabras de Lenin: “Democracia para
la mayoría gigantesca del pueblo y represión por la fuerza, es decir, exclusión
de la democracia, para los explotadores, para los opresores del pueblo: he ahí
la modificación que sufrirá la democracia en la transición del capitalismo al
comunismo.” (V.I. Lenin, El Estado y la
Revolución).
En otras palabras, la única
forma de que la democracia para las masas trabajadoras pueda ser desarrollada,
profundizada y ampliada, es a través del ejercicio de la dictadura del
proletariado sobre las clases explotadoras; sin ello, no puede haber democracia
real para el pueblo trabajador. La democracia proletaria y la democracia
burguesa son mutuamente excluyentes. La más completa eliminación de la
democracia burguesa es condición para el más completo florecimiento de la
democracia proletaria.
La denigración de la dictadura
del proletariado, lejos de ser un paso hacia la ampliación de la democracia en
el camino hacia el comunismo, pretendía (y de hecho lo hizo) servir de
instrumento para la reducción de la democracia – democracia proletaria – para
las masas y la llegada al poder los sectores y estratos privilegiados de la
sociedad soviética, allanando así el camino hacia la restauración del
capitalismo.
No es de extrañar, por tanto,
que los jruschovistas se opusieran a esta enseñanza básica del
marxismo-leninismo sobre la democracia. Según ellos, no hay democracia si se
reprime a los enemigos del proletariado, y la única vía para desarrollar la
democracia es mediante la abolición de la dictadura del proletariado sobre sus
enemigos, el cese de su represión, y el establecimiento de una “democracia para
todo el pueblo”.
Las tesis jruschovistas sobre
la democracia no se distinguen en nada de la concepción del renegado Kautsky
sobre la ‘democracia pura’, que fue criticada por Lenin de esta manera:
“‘Democracia pura’ es,
no sólo una frase de ignorante,
que no comprende ni la lucha de clases ni la esencia del Estado, sino una frase
completamente vacía, porque en la sociedad comunista la democracia,
modificándose y convirtiéndose en costumbre, se extinguirá, pero nunca
será democracia ‘pura’.” (La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky).
Puesto que la democracia
es una forma de Estado, es evidente, que una vez que el Estado desaparece – se
extingue – cuando la sociedad avanza hacia la fase superior del comunismo,
también desaparecerá la democracia.
“El curso dialéctico del
desarrollo”, dice Lenin, “es como sigue:
desde el absolutismo hacia la democracia burguesa; desde la democracia burguesa
hacia la democracia proletaria; desde la democracia proletaria hacia ninguna
democracia”. (Lenin, El marxismo y el Estado)
Así, vemos como la “democracia
para todo el pueblo” de Jruschov, así como su “Estado de todo el pueblo” no
eran más que unas patrañas elaboradas para encubrir la traición de su camarilla
al proletariado, su oposición al socialismo, y allanar el terreno para la
restauración del capitalismo.
Partido de todo el pueblo
También en el XXII Congreso
del PCUS, Jruschov lanzó un ataque contra el carácter proletario del Partido
Comunista, anunciando la sustitución del partido del proletariado por “partido
de todo el pueblo”. El programa adoptado en el XXII Congreso decía lo
siguiente:
“Como resultado de la victoria
del socialismo en la URSS, y la consolidación de la unidad de la sociedad
soviética, el Partido Comunista de la clase obrera se ha convertido en la
vanguardia del pueblo soviético, en un partido de todo el pueblo”.
Incluso el más mínimo
conocimiento del marxismo-leninismo es suficiente para darse cuenta de lo
absurdo de esta afirmación. Un partido político es un vehículo de la lucha de
clases. Ningún partido político está desprovisto de un carácter de clase. Un
partido por encima de las clases es una quimera absurda. Nunca ha habido, ni
puede haber algo parecido a un “partido de todo el pueblo”, que no represente
los intereses de ninguna clase en particular.
Un partido del proletariado
está construido de acuerdo con la teoría revolucionaria y los principios organizativos
del marxismo-leninismo; es un partido compuesto por los miembros más avanzados
de la clase obrera, que tienen una lealtad sin límites hacia la misión
histórica del proletariado, que es la de conducir a la sociedad hacia la fase
superior del comunismo a través de la dictadura del proletariado; es la
vanguardia organizada y la más elevada forma de organización del proletariado.
Además de reclutar a miembros
de la clase obrera, el partido del proletariado también tiene en sus filas a
miembros que provienen de otras clases. Sin embargo, éstos últimos no ingresan
en el partido como representantes de otras clases; a partir del momento en que
se unen al partido, reniegan de su antigua clase y defienden los intereses del
proletariado. En palabras de Marx y Engels:
“Cuando llegan al movimiento
proletario tales elementos procedentes de otras clases, la primera condición
que se les debe exigir es que no traigan resabios de prejuicios burgueses,
pequeñoburgueses, etc., y que asimilen sin reservas el enfoque proletario.” (Carta Circular a
A. Bebel,W. Liebneckht, W. Bracke y otros, 17-18 Septiembre de 1879).
Todos estos principios
fundamentales, como la naturaleza del partido proletario, eran, según los
jruschovistas, “fórmulas estereotipadas”,
mientras que su “partido de todo el pueblo” estaba en
conformidad con la “dialéctica actual del desarrollo del Partido
Comunista”.
Uno de los argumentos espurios
que esgrimían los jruschovistas para justificar su “partido de todo
el pueblo”, era que todo el pueblo de la URSS había
aceptado el punto de vista marxista-leninista de la clase obrera y los
objetivos de la clase obrera, y que la construcción del comunismo se había
convertido en el objetivo del pueblo soviético entero. En las condiciones de
lucha de clases continua en la URSS, ¿cómo podía afirmarse que todo el mundo
había aceptado el punto de vista marxista-leninista? ¿Se podía mantener que los
cientos de miles de antiguos y nuevos elementos burgueses en la URSS se habían
convertido en firmes marxistas-leninistas? Y, si el marxismo-leninismo se había
convertido realmente en la concepción del mundo de toda la sociedad soviética,
como afirmaban los jruschovistas, ¿no se deduce de allí que no habría en la
sociedad soviética diferencias entre los miembros del Partido y aquellos que no
se encontraban en sus filas, y que por tanto no habría necesidad alguna de que
existiera el Partido? ¿Qué importancia tendría que hubiera o no un “partido de todo
el pueblo”?
Al proponer un “partido de
todo el pueblo”, el verdadero objetivo de los jruschovistas era transformar el
carácter proletario del PCUS, y transformarlo, de partido marxista-leninista
que fue, en el partido revisionista en que se convirtió después. Así, los
jruschovistas iniciaron el proceso de degeneración del PCUS, de partido
marxista-leninista a partido revisionista, que acabó dirigiendo la restauración
del proletariado en la otrora gloriosa Unión Soviética.
“Un partido que quiere
existir”, dice Lenin, “no se puede
permitir la menor vacilación sobre la cuestión de su existencia, o compromiso
alguno con aquellos que quieran enterrarlo” (‘Cómo Vera
Zasulich destruye el liquidacionismo’).
El fracaso de una gran parte
de la militancia del PCUS a la hora de oponerse a los jruschovistas, le costó
muy caro al pueblo soviético, pues al final la camarilla de renegados
revisionistas fue capaz de enterrar al otrora glorioso PCUS, y provocar el
colapso del socialismo en la tierra de Lenin y Stalin, con efectos desastrosos
en los movimientos revolucionarios proletarios y de liberación nacional en todo
el mundo.
La coexistencia pacífica
Fue Lenin quien enunció la
idea de la coexistencia pacífica. Puesto que el socialismo no puede triunfar en
todos los países al mismo tiempo, los países socialistas están obligados a
convivir con los países capitalistas. En dicha situación, el Estado socialista
tendría que adoptar una política de coexistencia pacífica hacia los países con
sistemas sociales diferentes.
Tras la victoriosa Revolución
de Octubre, Lenin proclamó, en más de una ocasión, el carácter pacífico de la
política exterior del Estado soviético. Por su parte, los imperialistas,
deseando la destrucción de la joven república, libraron una guerra de
intervención contra aquella. Realizando innumerables sacrificios, y sufriendo
penurias, hacia 1920 el pueblo soviético salió triunfante de la intervención
armada imperialista.
Una vez terminada la guerra,
el pueblo soviético se volcó en la tarea de la construcción pacífica. Fue en
estas circunstancias cuando Lenin lanzó la consigna de coexistencia pacífica,
toda vez que reconocía que no había garantías para dicha coexistencia por la
inherente naturaleza agresiva del imperialismo. De ahí la necesidad para el
Estado socialista de estar constantemente vigilante. Las siguientes ideas
corren como un hilo rojo que atraviesa la correcta política de coexistencia
pacífica de Lenin:
Primero: el Estado socialista
existía pese a la oposición del imperialismo. Aunque se adhiriese a una
política exterior pacífica, el imperialismo no tenía intención de vivir en paz
con aquel, y aprovecharía cualquier oportunidad para oponer – o incluso
destruir – al Estado socialista. Lenin dijo:
“…La existencia de la
República Soviética al lado de los Estados imperialistas, durante un periodo
prolongado, es impensable. Al final deberá triunfar uno u otro. Y antes de que
llegue este final, serán inevitables tremendos enfrentamientos entre la
República Soviética y los Estados burgueses.” (Octavo Congreso
del Partido, 18 de Marzo de 1919).
Segundo: solo fue a través de
la lucha y la repetición de distintos duelos entre los países imperialistas y
el Estado socialista, la adopción por este último de una política estricta, su
confianza en la simpatía y el apoyo del proletariado y los pueblos oprimidos
del mundo, y con ello la utilización de las contradicciones
inter-imperialistas, que el Estado soviético fue capaz de vivir en paz al lado
de los Estados imperialistas.
Tercer: en la aplicación
práctica de la política de coexistencia pacífica, fueron aplicados diferentes
criterios en distintos países del mundo capitalista. Esto requería el
establecimiento de relaciones de amistad más estrechas entre el Estado
soviético y los países oprimidos por el imperialismo. Lenin asignó al Estado
soviético como principal tarea el derrotar a los explotadores y ganarse a los
indecisos – siendo estos últimos “…una serie de Estados burgueses, que como tales
nos odian, pero por otra parte, como Estados oprimidos, prefieren la paz con
nosotros” (Informe al Comité Ejecutivo Central Panruso y al
Consejo de los Comisarios del Pueblo).
Cuarto: la coexistencia
pacífica era una política que el proletariado en el poder debía seguir hacia
países con diferentes sistemas sociales. No era el fin principal de la política
exterior del Estado soviético. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que el
principio subyacente de la política exterior del Estado soviético no era otro
que el internacionalismo proletario.
Lenin declaró: “La Rusia
soviética considera como su mayor orgullo el ayudar a los trabajadores del
mundo entero en su dificultosa lucha por el derrocamiento del capitalismo”. (‘Para el Cuarto Congreso Mundial de la Comintern
y el Soviet de diputados obreros y del Ejército Rojo de Petrogrado’).
Quinto: para las clases y
naciones oprimidas es imposible coexistir pacíficamente con las clases y
naciones opresoras.
Estas ideas fundamentales de
Lenin sobre la cuestión de la coexistencia pacífica, fueron defendidas
fielmente por Stalin durante los 30 largos años en que fue el líder de la Unión
Soviética. Aunque hiciera suya y llevara a la práctica la política de
coexistencia pacífica de Lenin, Stalin se opuso vehementemente a negarle un
apoyo fraternal a las luchas revolucionarias de otros pueblos, a fin de
congraciarse con el imperialismo. Stalin indicó que había dos líneas opuestas
en política exterior, teniendo que elegir entre una u otra. Una de ellas era
que “seguimos una política revolucionaria, uniendo a
los proletarios y a los oprimidos de todos los países en torno a la clase
obrera de la URSS – en tal caso el capital internacional hará todo lo posible
para ponernos obstáculos en el camino.”
La otra línea era que “renunciamos a
nuestra política revolucionaria, y acordamos hacer una serie de concesiones
fundamentales al capital internacional – en tal caso el capital internacional,
sin duda alguna, no se opondrá a ‘ayudarnos’ en convertir nuestro país
socialista en una ‘buena’ república burguesa”.
Stalin daba este ejemplo: “América pide que
renunciemos a nuestra política de apoyo al movimiento de emancipación de la
clase obrera en otros países, y dice que si hacemos esta concesión todo
marcharía sin problemas… ¿deberíamos hacer esta concesión?”
Así contestó a la pregunta: “…no podemos hacer
concesiones de este tipo sin traicionarnos a nosotros mismos”. (El trabajo del
Pleno del Comité Central y la Comisión Central de Control).
Siguiendo los pasos de Lenin,
Stalin mantuvo, en primer lugar, que “la revolución del país victorioso no debe
considerarse como una magnitud autónoma, sino como un apoyo, como un medio para
acelerar el triunfo del proletariado en todos los países.”(La Revolución de Octubre y la táctica de los
comunistas rusos).
Añadía que constituía “…una base para el
desarrollo sucesivo de la revolución mundial” (Ibídem).
En 1925, en su lucha contra
los liquidacionistas trotskistas y zinovievistas, Stalin tuvo la ocasión de
señalar que una de las características más peligrosas del liquidacionismo era “…la falta de
confianza en la revolución proletaria internacional; la falta de confianza en
su victoria; una actitud escéptica respecto a los movimientos de liberación
nacional en las colonias y los países dependientes… la falta de comprensión de
las necesidades más elementales del internacionalismo, en virtud de las cuales
la victoria del socialismo en un solo país no
es un fin en sí mismo, sino un medio para desarrollar y sostener la revolución
en otros países” (Preguntas y respuestas).
Por tanto, queda claro que la
política de coexistencia pacífica de Lenin, una política que la URSS defendió
fielmente durante las tres décadas del liderazgo de Stalin, va de la mano con
el internacionalismo proletario – una política de alianzas con las naciones
oprimidas y de apoyo a los movimientos revolucionarios proletarios de los
países desarrollados, en su lucha por la liberación nacional frente al
imperialismo y por la emancipación social, respectivamente.
A partir del XX Congreso del
PCUS, la camarilla de renegados jruschovistas comenzó la falsificación y la
deformación de la política de coexistencia pacífica de Lenin – en un esfuerzo por
congraciarse con el imperialismo, y en especial con el imperialismo
estadounidense. En nombre de la coexistencia pacífica, los jruschovistas
sustituyeron la lucha de clases internacional por la colaboración de clases, y
abogaron por una política de “cooperación global” entre el
socialismo y el imperialismo, abriendo así una puerta para la penetración
imperialista en los países socialistas – una política claramente adaptada a los
esquemas del imperialismo estadounidense de “evolución
pacífica” de los países socialistas en ‘buenas’ repúblicas
burguesas.
Los jruschovistas afirmaron:
- Que la coexistencia
pacífica era el instrumento primordial para resolver los problemas vitales
a los que se enfrenta la sociedad, y que debía ser “la ley de vida básica
del conjunto de la sociedad moderna” (Jruschov, discurso en la
Asamblea General de Naciones Unidas, 23 de Septiembre de 1960);
- Que los líderes del
imperialismo habían aceptado la coexistencia pacífica, anunciando de forma
pomposa la supuesta admisión de la administración Kennedy de que la
coexistencia pacífica entre países con sistemas sociales diferentes era
razonable y factible;
- Que la coexistencia
pacífica era “la línea general en política exterior de la Unión Soviética y de
los países del campo socialista” (Discurso de Jruschov en
el recibimiento al embajador de la RPDC en la Unión Soviética, 5 de Julio
de 1961).
- Que el principio de
coexistencia pacífica era el factor determinante en la línea general de la
política exterior del PCUS y de otros partidos marxistas, que era la base
de la estrategia del comunismo en el mundo contemporáneo, y que,
supuestamente, todos los comunistas habían “…hecho de la lucha por
la coexistencia pacífica el principio general de su política” (Coexistencia pacífica y revolución, Kommunist nº2, Moscú,
1962);
- que la coexistencia
pacífica había adquirido tanta importancia que llegó a ser consideraba
como premisa necesaria para la victoria para la lucha revolucionaria de
los pueblos, y que la victoriosa revolución cubana, la obtención de la
independencia por parte de más de 40 países, incluido Argelia, el
crecimiento en número y fuerza de los partidos comunistas, y la creciente
influencia del movimiento comunista internacional, fueron victorias
logradas bajo las condiciones de coexistencia pacífica entre los Estados
con sistemas sociales diferentes, y que se atribuían precisamente a
aquellas condiciones;
- que la coexistencia
pacífica era “la mejor manera de ayudar al movimiento obrero revolucionario
internacional a que consiga sus principales objetivos de clase” (Carta abierta al CC del PCUS a todas las organizaciones del
Partido, a todos los comunistas de la Unión Soviética, 14 de julio de
1963), afirmando que habían aumentado las posibilidades para una
transición pacífica al socialismo en los países capitalistas, en las
condiciones de coexistencia pacífica;
- que la victoria del
socialismo en la competencia económica tenía que infligir necesariamente
un golpe demoledor a todo el sistema de relaciones capitalistas, de
tal manera que, el programa del PCUS adoptado en su XXII Congreso, afirmó
descaradamente que “cuando el pueblo soviético disfrute de las ventajas del comunismo,
cientos de millones de personas en la tierra dirán ‘¡Estamos a favor del
comunismo!’”, e incluso que los
capitalistas podrían “pasarse al Partido
Comunista”.
De lo anterior se desprende
que, mientras la política de coexistencia pacífica de Lenin estuvo enfocada
hacia la política imperialista de guerra y agresión, ésta se basaba en el punto
de vista de la lucha de clases internacional y la misión histórica del proletariado.
Esto exige de los países socialistas que, además de seguir la política de
coexistencia pacífica, le ofrezcan un apoyo firme a las luchas revolucionarias
de los pueblos y naciones oprimidas, así como a los movimientos revolucionarios
proletarios de la clase obrera. En cambio, la coexistencia pacífica de los
jruschovistas servía al imperialismo y alentaba las políticas imperialistas de
guerra y agresión, buscando sustituir la revolución proletaria mundial por el
pacifismo y la renuncia total al internacionalismo proletario. La política
jruschovista es una política de capitulación de clase, que despoja a la
política leninista de coexistencia pacífica de su esencia revolucionaria, al
deformarla, mutilarla y falsificarla haciéndola irreconocible. Mientras que la
política de coexistencia pacífica de Lenin no era más que un aspecto de la
política internacional del estado proletario, los jruschovistas hicieron de la
coexistencia pacífica la línea general de la política exterior de los países
socialistas – y también la línea general de todos los partidos comunistas.
El capitalismo y el socialismo
son dos sistemas diametralmente opuestos. El capitalismo nunca puede aceptar la
existencia del socialismo. De vez en cuando, intentará hacer realidad sus
deseos de derrocar el socialismo mediante la lucha armada. La guerra de
intervención del imperialismo contra la joven república soviética, la guerra
brutal librada por el fascismo hitleriano contra la URSS, o las guerras
genocidas del imperialismo estadounidense contra los pueblos vietnamita y
coreano, son algunos ejemplos de estos criminales intentos para aniquilar el
socialismo. Es sólo a través de lucha y la defensa armadas, sólo a través de
infligir sorprendentes derrotas al imperialismo, que los países socialistas se
ganaron el derecho a vivir lado a lado con el imperialismo – el derecho a la
coexistencia pacífica. Una política de coexistencia pacífica carente de lucha
no habría llevado a ningún sitio a los países socialistas.
En ausencia de guerras
‘calientes’, durante los periodos en que el imperialismo es incapaz de librar
guerras, a causa de su debilidad y de condiciones desfavorables, éste libra
guerras frías, en las que, mientras amplia su armamento y se prepara para la
guerra, recurre a cualquier medio, cualquier truco para sabotear a los países
socialistas, por la vía política, económica, cultural e ideológica. La guerra
fría del imperialismo contra los países socialistas, y en especial contra la
Unión Soviética, entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la caída de la
URSS y las Democracias Populares del Este de Europa, nos ofrece una prueba
elocuente (si es que hiciera falta prueba alguna) de esta evidencia. Desde la
caída de la URSS, la guerra fría del imperialismo contra los restantes países
socialistas no ha decaído.
Pero en modo alguno el
imperialismo limita sus planes de guerra y agresión a los países socialistas.
En su afán de dominación, de control de las materias primas, de exportar
capitales y de conseguir el máximo beneficio, libra guerras contra los
movimientos revolucionarios de liberación de las naciones oprimidas, así como
contra los países que aspiran a mantener su independencia y conservar su
soberanía. Las guerras depredadoras contra los pueblos iraquí, afgano y
palestino, que se han cobrado la vida de millones de personas inocentes, son
una prueba viviente, si prueba hiciera falta, de esta verdad tan evidente.
Siendo objetivos de las
provocaciones, los preparativos de guerra y las guerras del imperialismo, los
países socialistas tienen el deber de ayudarse mutuamente y de llevar a cabo
una lucha conjunta contra el imperialismo, y no rehuir de ello en nombre de
alguna doctrina imaginaria sobre la coexistencia pacífica, que en su
formulación jruschovista se puede llamar sencillamente ‘capitulación pacífica y
colaboración de clases’. Lejos de ser atribuibles a la coexistencia pacífica,
las victorias de todas las revoluciones desde entonces han sido el resultado de
duras batallas, guerras y luchas revolucionarias. Solamente un limpiabotas desvergonzado
como Jruschov podía definir sus constantes concesiones, a costa de todos los
principios proletarios, y su dócil aceptación de las humillantes exigencias del
imperialismo estadounidense, como “una victoria para la coexistencia pacífica”.
Al negar la irresoluble
contradicción el sistema socialista y el sistema capitalista, al negar las
principales contradicciones entre el campo socialista y el campo imperialista,
los jruschovistas no podían sino terminar convirtiendo la coexistencia pacífica
entre ambos sistemas en una “cooperación global”.
Al insistir en que la coexistencia pacífica sea asumida por los países
socialistas como línea general de su política exterior, los jruschovistas
tiraron por la borda el principio fundamental de la política exterior de los
países socialistas, es decir, el internacionalismo proletario.
“La política exterior del
proletariado”, dice Lenin, “es la alianza con
los revolucionarios de los países desarrollados y con todas las naciones
oprimidas, contra los imperialistas” (La política
exterior de la Revolución Rusa).
Tras la Revolución de Octubre,
Lenin, y posteriormente Stalin, insistieron en repetidas ocasiones que la Unión
Soviética, donde la dictadura del proletariado ha sido establecida, era una
base de apoyo para hacer avanzar la revolución proletaria mundial. Al ir en
contra de esta enseñanza básica, y al convertir la coexistencia pacífica en la
línea general de la política exterior de todos los países socialistas, los
jruschovistas convirtieron a la URSS, de base de la revolución mundial, en la
base de una humillante capitulación ante las exigencias de los imperialistas,
así como de colaboración con el imperialismo en la labor de transformación
pacífica de la URSS y los países del Este de Europa en ‘buenas’ repúblicas
burguesas.
Además, al insistir en que los
Partidos Comunistas de todos los países capitalistas y de las naciones
oprimidas asumieran también la coexistencia pacífica como línea general, los
jruschovistas se dedicaron a sustituir la línea revolucionaria de los Partidos
Comunistas por su política de coexistencia pacífica, y aplicaron de forma
intencionada esa política a las relaciones entre clases opresoras y clases
oprimidas y entre naciones opresoras y naciones oprimidas. Esa política no
dejar de debilitar igualmente a los movimientos proletarios y de liberación
nacional, y por añadidura a los países socialistas – puesto que los éxitos de
la luchas del movimiento obrero y de liberación nacional, al golpear y al
debilitar a las fuerzas imperialistas, elevan la causa de la paz mundial y del
progreso social, y así fortalecen la lucha de los países socialistas por la
coexistencia pacífica con países que tienen un sistema social diferente. Sólo
la correcta aplicación de la política leninista de coexistencia pacífica, con
el internacionalismo proletario y la lucha de clases internacional como núcleo,
puede estar en armonía con las luchas revolucionarias de los pueblos de todos
los países.
La política jruschovista de
coexistencia pacífica era como el maná del cielo para el imperialismo, en
especial el imperialismo estadounidense, que surgió como líder del campo
imperialista tras la Segunda Guerra Mundial. Tras la fachada de la coexistencia
pacífica, el imperialismo estadounidense trató de impedir que la Unión Soviética
y otros países socialistas apoyaran la lucha revolucionaria de los pueblos en
el mundo capitalista. En su discurso ante el House of Representatives Foreign
Affairs Committee, el 28 de Enero de 1959, J. F. Dulles, el Secretario de
Estado de los EEUU, dijo:
“En lo que le respecta, el
gobierno soviético podría acabar con la ‘guerra fría’ si renunciara al papel de
guía del comunismo internacional y se centrara primero en el bienestar del
pueblo ruso. Así, la ‘guerra fría’ llegaría a su fin si el comunismo internacional
renunciara a sus objetivos…”
John F. Kennedy y su
Secretario de Estado Dean Rusk, dijeron lo mismo. En palabras de este último: “No puede haber
una paz segura y duradera mientras el liderazgo comunista no abandone su
objetivo de revolución mundial”. (Discurso en la
Convención Nacional de la Legión Americana, 10 de septiembre de 1963).
Además, tras la fachada de la
coexistencia pacífica, el imperialismo estadounidense prosiguió con su política
de “evolución pacífica” de la URSS y otros países socialistas, en repúblicas
burguesas. En palabras de Dulles, “…la renuncia a la fuerza… implica, no el
mantenimiento del statu quo, sino cambios pacíficos”,
y “no basta con estar a la defensiva”, porque la libertad“debe ser una fuerza
positiva que penetre”, y “esperamos animar una evolución en el seno del
mundo soviético”.
En otras palabras, para el imperialismo
estadounidense, la coexistencia pacífica tenía este contenido: los pueblos que
viven bajo la dominación imperialista y la esclavitud no deben luchar por su
liberación; aquellos que ya se han liberado deben ser subyugados de nuevo y
sometidos a la dominación y la esclavitud imperialista; y el mundo entero debe
ser incorporado a la “comunidad mundial de naciones libres” americana.
Por tanto, no es difícil
comprender por qué el imperialismo estadounidense y sus satélites saludaron la
línea general de coexistencia pacífica de jruschovistas con tanta prontitud y
tanto entusiasmo. Lo hicieron porque, gracias a su política de capitulación
(entre otras cosas), los jruschovistas habían avergonzado y debilitado al
Partido Bolchevique, que hasta la muerte de Stalin había sido considerado por
los partidos hermanos como el ‘destacamento de choque’ del movimiento obrero y
revolucionario mundial – una denominación que el PCUS se había ganado por la
ayuda desinteresada que había ofrecido para mejorar las condiciones de vida de
aquellos que estaban viviendo bajo la esclavitud capitalista.
En tiempos de Lenin y de
Stalin, el Estado soviético tuvo que afrontar muchas batallas a vida o muerte,
pero en ningún momento el Partido Bolchevique o el pueblo soviético hicieron
dejación de su deber revolucionario ni flaquearon ante las dificultades. No
había fortaleza que no pudieran asaltar – y ello en una época en que el Estado
soviético era incomparablemente más débil que el imperialismo. Sin embargo, a
partir de mediados de los años 50, cuando la situación mundial era mucho más
favorable para la revolución, y el socialismo era más fuerte que nunca, los
jruschovistas cometieron la ignominia de dejar que el Estado soviético, fundado
por el gran Lenin, fuera intimidado, mangoneado y humillado por el imperialismo
estadounidense, para deshonra de todo el campo socialista.
Los jruschovistas utilizaron
el prestigio de la URSS para perseguir su infame objetivo de colaboración con
el imperialismo estadounidense. Por su parte, el imperialismo estadounidense
recompensó a los jruschovistas con una humillación tras otra.
Los Estados Unidos salieron de
la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso y feroz país imperialista, con
el demencial objetivo estratégico de conquistar el mundo. Tomó el relevo de los
hitlerianos derrotados y se convirtió en el gendarme del mundo, para erradicar
las luchas revolucionarias de los pueblos y naciones oprimidos, extinguir la
llama de las luchas revolucionarias proletarias, y hacer retroceder el
socialismo en Europa del Este, y posteriormente en la Unión Soviética. Por
tanto, no podía haber ninguna cooperación global entre este mortífero enemigo
de la humanidad y los países socialistas. Si los jruschovistas pensaron que era
factible dicha cooperación, solo puede deberse a que tenían la determinación de
iniciar camino hacia la restauración capitalista en la URSS. Así las cosas,
cualquier medida que debilitara la dictadura del proletariado y el partido del
proletariado, fue aprovechada con entusiasmo por los jruschovistas. En todos
los terrenos, desde los ataques contra Stalin, pasando por las teorías erróneas
sobre la naturaleza del partido proletario y la revolución proletaria, hasta
las reformas económicas, persiguieron de forma resuelta el objetivo de
restaurar el capitalismo. La falsificación de la línea leninista de
coexistencia pacífica debe verse desde esta perspectiva y no otra.
Guerra y paz
Es imposible eludir el debate
y la controversia sobre la cuestión de la guerra y la paz, no solamente porque
son cuestiones de una elevada significación teórica y científica, sino también
porque estamos permanentemente confrontados a la guerra, la devastación y la
destrucción de la vida humana a gran escala.
Aparte de dos guerras
mundiales, que en conjunto se cobraron la vida de 100 millones de personas,
mutilaron a muchas más y causaron una destrucción material a una escala
inimaginable, el imperialismo ha hecho que el mundo no haya podido vivir ni un
solo año de paz desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Millones
de personas han sido masacradas en las guerras imperialistas provocadas por el
imperialismo contra los pueblos de Corea, Indochina, Congo, Irak, Afganistán,
Líbano, Palestina y Yugoslavia. Durante los últimos 19 años solamente, el
imperialismo ha devastado Irak, Afganistán, Congo y Yugoslavia. Los fascistas
israelíes han estado destruyendo Líbano y Palestina, con el sadismo brutal
propio de los hitlerianos, al servicio del imperialismo estadounidense, quien
tiene la determinación de preservar y extender su dominación sobre toda la
región desde el Medio Oriente hasta las antiguas repúblicas del Este de la
extinta Unión Soviética –con el propósito de asegurarse la dominación mundial.
Sin embargo, en todos los
debates sobre la candente cuestión de la guerra y de la paz, se suele olvidar
una cosa importante, a la que no se presta la atención suficiente, y que por
tanto suscita una polémica inútil. Es la siguiente: “…la gente olvida
la cuestión fundamental del carácter de clase de la guerra; por qué la
guerra ha estallado; qué clases están participando en
ella; las condiciones históricas e histórico-económicas que le han dado origen…”
Es importante recordar
brevemente esta enseñanza del marxismo-leninismo sobre esta cuestión de
excepcional importancia, así como las tergiversaciones y falsificaciones
revisionistas de esta enseñanza, para asegurarse de que las enseñanzas marxistas-leninistas,
y solamente éstas, impregnen a la clase obrera y los pueblos oprimidos en su
lucha por la revolución proletaria y por la liberación nacional mediante el
derrocamiento del imperialismo.
Según el leninismo, la guerra
es la continuación de la política mediante otros. Para evaluar una guerra, y
adoptar una posición respecto a ésta, se debe tener en cuenta el carácter de
clase de la guerra, es decir, la clase que está librando esta guerra, la
política y los objetivos perseguidos por esta clase antes de la guerra – y no
quién atacó primero a quién. El marxismo requiere: “…un análisis
histórico de cada guerra para determinar si esta
guerra en particular puede ser considerada como progresista o no, si
sirve a los intereses de la democracia y del proletariado y si, en
este caso, es legítima, justa, etc.” (Los énfasis son
del autor) (V.I. Lenin, Una caricatura del marxismo y del imperialismo
economicista).
En cuanto a cualquier guerra
determinada en su perspectiva histórica, el marxismo afirma: “Si la ‘esencia’ de
una guerra es, por ejemplo,
el derrocamiento de una opresión alienante…, entonces dicha guerra es
progresista en lo que concierne al estado oprimido o la nación oprimida. Sin
embargo, si la ‘esencia’ de una guerra es la redistribución de colonias, el
reparto de un botín, el saqueo de países extranjeros…, entonces toda la
palabrería sobre la defensa de la patria no es más que un engaño al pueblo”.
Los conflictos militares
armados no se pueden separar de las políticas de los beligerantes que llevaron
a éstos al conflicto armado.
Por ello, el que una guerra
sea progresista, y por tanto justa y legítima desde el punto de vista del
proletariado, o el que sea reaccionaria, y por tanto sea injusta e ilegítima
desde el punto de vista del proletariado, depende del carácter de clase de la
guerra, de la clase que está librando la guerra, de los objetivos por los que
está librando la guerra, y de la política de la esta guerra es consecuencia.
Sólo después de un estudio riguroso y de un profundo análisis de estos factores
puede el proletariado determinar su actitud hacia una guerra. En su actitud
hacia una determinada guerra, el proletariado debe guiarse por los principios
del internacionalismo proletario y por su deber de contribuir a la preparación
y la aceleración de la revolución proletaria mundial.
Lenin subrayó que “la guerra no es
solamente una continuación de la política, sino que es la personificación de la
política.”(VII Congreso Panruso de los Soviets).
En otras palabras, la guerra,
en las condiciones del capitalismo, no es una aberración o una ruptura de las
normas de la lucha política, sino todo lo contrario, y en particular en la fase
superior del capitalismo – el imperialismo. Las guerras bajo el capitalismo
imperialista son moneda corriente – tan normales como la explotación del
proletariado por la burguesía y la opresión de las naciones oprimidas por un
puñado de estados imperialistas opresores.
Sólo los pacifistas burgueses
y los oportunistas en el seno del movimiento obrero pueden concebir la paz como
algo esencialmente distinto de la guerra, puesto que nunca han asumo el hecho
de que la guerra es la continuación de la política por otros medios; que la
guerra imperialista es la continuación de la política imperialista y que los
periodos de paz imperialista son la continuación de la política de guerra
imperialista. La burguesía tiene un interés evidente en que las masas no
entiendan la indisoluble conexión entre la guerra y la política que la precede.
Los oportunistas, en su torpeza, o su falta de voluntad para asumir la
inevitable conexión entre una guerra y la política que la precede, entre
periodos de paz imperialista y periodos de guerra imperialista, ayudan a la
burguesía a engañar y pacificar al proletariado.
La inevitabilidad de las
guerras bajo el capitalismo
A diferencia de los
kautskistas y sus herederos, con sus teorías sobre el ultra-imperialismo y el
imperialismo colectivo, que no son otra cosa que una defensa velada del
imperialismo, y un vano intento de esconderle a la clase obrera las contradicciones
inherentes al imperialismo que conducen inevitablemente a la guerra, el
leninismo nos enseña, y nos confirma, que la guerra moderna es un producto del
imperialismo, y no puede ser eliminada sin ponerle fin al imperialismo – un fin
a la explotación del hombre por el hombre y de una nación sobre otra.
“No cabe duda”, observaba Lenin, “de que la
transición del capitalismo hacia la fase del capitalismo monopolista, del
capital financiero, está ligada a la
intensificación de la lucha por el reparto del mundo.”
Uno de los principales rasgos
del imperialismo, es decir de la transición del capitalismo pre-monopolista de
libre mercado hacia su fase monopolista, es que marca la culminación del
proceso de división territorial del mundo por parte de los estados capitalistas
más poderosos. Una vez que se ha realizado este reparto, sólo puede haber una
redistribución, con motivo de los cambios en la correlación de fuerzas de los
distintos países imperialistas, debido a la ley del desarrollo desigual, por la
que algunos países se adelantan y otros quedan rezagados. Si, como sucede a
menudo, los países que ayer eran económicamente débiles, y cuya parte en el
botín global es relativamente pequeña, se acercan a sus rivales en la
competencia y se vuelven más poderosos, haciendo que se vuelva obsoleta la
antigua división del mundo, no pueden dejar de exigir una nueva división – un
nuevo reparto – sobre la base de la ‘justicia’ burguesa. Los nuevos, los más
jóvenes y más fuertes ladrones claman por el mismo ‘sagrado’ derecho a robar
que tienen los bandidos más grandes y antiguos. Aquellos sólo pueden lograrlo
robando a estos últimos, puesto que los ladrones más jóvenes “… llegaron al
banquete capitalista cuando todas las sillas estaban ocupadas…” Y bajo las condiciones
del capitalismo, estas contradicciones se resuelven por medios no muy
pacíficos, ya que “… el capital financiero y los monopolios no
disminuyen, sino que incrementan las diferencias entre las tasas de crecimiento
de las distintas partes de la economía mundial. Una vez que la correlación de
fuerzas ha cambiado, ¿qué otra solución puede haber para las contradicciones
que se producen bajo el capitalismo,
que no sea el uso de la fuerza?”.
Citando a Hilferding, que
decía que “El capital financiero persigue la dominación, no
la libertad”, Lenin observó lo siguiente:“La dominación es
la esencia de la política imperialista, tanto en lo interior como en lo
exterior” (‘Una caricatura del marxismo y del imperialismo
economicista’).
Siendo la dominación mundial la
esencia de la política imperialista, la guerra imperialista no es más que la
continuación de esta política por otros medios.
