sábado, 17 de agosto de 2013

GRANDES MARXISTAS LENINISTAS VIVIENTES

 El Revisionismo Jruschovista y la Desintegración de la Unión Soviética

 Harpal Brar

Prefacio a la edición española
En la edición inglesa de este libro, afirmaba que el periodo comprendido entre el XX y el XXII Congresos  del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) supuso el surgimiento, la formación, el crecimiento y la sistematización del revisionismo jruschovista en algunas importantes cuestiones de principios. Durante este periodo, las enseñanzas del marxismo-leninismo fueron sometidas a una revisión y una deformación completas y a una falsificación descarada. Tras el XXII Congreso del PCUS, el revisionismo jruschovista fue aún más sistematizado y se volvió más abierto y más descarado, con el resultado de que estaba así en condiciones de asegurar la adopción y la incorporación de sus propuestas erróneas en el nuevo programa adoptado en aquel Congreso. 
El nuevo programa declaró que la dictadura del proletariado “ha dejado de ser indispensable en la URSS” y que “el Estado, que nació como dictadura del proletariado, se ha convertido, en la nueva era contemporánea, en un Estado de todo el pueblo”. El programa afirmó que “como resultado de la victoria del socialismo en la URSS y la consolidación de la unidad de la sociedad soviética, el Partido Comunista de la clase obrera se ha convertido en la vanguardia del pueblo soviético, en un partido del pueblo entero”.
Al mismo tiempo, puesto que aquellas y otras muchas desviaciones y revisiones del marxismo-leninismo ya habían sido objeto de una extensa y rigurosa crítica en el seno del movimiento anti-revisionista internacional, en el que el Partido Comunista de China (PCCh) y el Partido del Trabajo de Albania (PTA) jugaron un papel destacado, decidí no incluir las críticas de aquellas tergiversaciones en mi libro. En lugar de ello, quise centrarme en los aspectos económicos del revisionismo, las teorías económicas que propuso, los pasos dados para llevarlas a la práctica, y las ‘reformas’ implementadas por el revisionismo jruschovista en el camino hacia la restauración capitalista en la URSS y en los países socialistas de Europa central y oriental.
Luego, pensé que las desviaciones revisionistas de las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo en los terrenos de la ideología, la política y la lucha de clases, – en una serie de cuestiones que van del partido del proletariado y la dictadura del proletariado, hasta el imperialismo y la guerra, el concepto de  coexistencia pacífica, la naturaleza del Estado y la relación de la revolución proletaria con el Estado burgués – eran tan sumamente obvias, que me pareció que no requerirían mayor tratamiento. Ahora, opino que fue un error el haber descartado una exposición de aquellas falsificaciones revisionistas del marxismo-leninismo, particularmente en vista de que las más jóvenes generaciones de comunistas, incluso en los mejores partidos comunistas del mundo, apenas están familiarizados con el origen de aquellas falsificaciones y los efectos devastadores que han tenido en el movimiento comunista internacional, de los que los partidos comunistas aún intentan recuperarse. Es precisamente con la intención de ayudar a la recuperación del movimiento comunista internacional que decidí enumerar y criticar las falsificaciones que los jruschovistas hicieron de algunas de las principales enseñanzas del marxismo-leninismo – una tarea a la cual el resto de este prefacio está dedicada.
El significado de los ataques de Jruschov contra Stalin
El XX Congreso del PCUS (1956) supuso el primer paso en la vía revisionista, emprendida por el liderazgo jruschovista que llegó al poder tras la muerte de José Vissarionovich Stalin en 1953. En aquel Congreso, bajo el pretexto de “combatir el culto a la personalidad”, Jruschov lanzó en su discurso ‘secreto’ un ataque vituperante contra Stalin, acusándole de sufrir “manía persecutoria”, que él satisfacía con una “arbitrariedad brutal”, recurriendo a “la represión y el terror de masas”, de ser alguien que “conocía el país y la agricultura únicamente por las películas”, que “dirigía operaciones militares a partir de un globo terráqueo”, y cuyo liderazgo “se convirtió en un serio obstáculo para el desarrollo social soviético”.
Pero se escondía una estrategia detrás del delirio de Jruschov. Sus ataques contra Stalin, sus intentos por describir a Stalin con los colores más sombríos, solamente pueden explicarse por su aversión personal y su animosidad hacia Stalin. La verdad es que Stalin lideró al pueblo soviético durante tres largas décadas de dificultades extraordinarias y logros memorables, contra enemigos internos y externos, en la heroica lucha por la construcción socialista, en la ardua lucha por defender y consolidar el primer Estado socialista del mundo, alcanzándose el apoteosis con la victoria en la Gran Guerra Patria del pueblo soviético contra las hordas fascistas del imperialismo hitleriano alemán. Durante el largo periodo de su liderazgo en el PCUS, Stalin combatió con todas sus fuerzas contra toda deformación oportunista del marxismo-leninismo. Al defender y salvaguardar las enseñanzas revolucionarias de la ciencia marxista-leninista, contribuyó a enriquecer y a desarrollar la teoría y la práctica de la ciencia de la revolución proletaria. Al atacar y al negar a Stalin en el XX Congreso del PCUS, realmente Jruschov estaba atacando y negando la dictadura del proletariado y las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo – enseñanzas que, a lo largo de su vida, Stalin defendió y desarrolló de forma tan vehemente, brillante y exitosa. Éste es el verdadero significado, la esencia de los ataques de Jruschov contra Stalin. No es casualidad, pues, que en el mismo Congreso, en su informe, Jruschov iniciara el repudio del marxismo-leninismo en una serie de cuestiones de principio, que trataré brevemente.
Los ataques contra Stalin, así como las tesis erróneas avanzadas por Jruschov en el XX Congreso del Partido, que sirvieron para desacreditar a la Unión Soviética, la dictadura del proletariado y el comunismo, llenaron de alegría a la burguesía imperialista y sus agentes en el movimiento obrero – los revisionistas, los trotskistas y los socialdemócratas – dándoles armas para destruir el prestigio y la influencia del movimiento comunista en el mundo entero. El informe ‘secreto’ de Jruschov sirvió a los imperialistas de ariete para atacar la fortaleza comunista; les proporcionó un manifiesto para desatar una campaña mundial contra la Unión Soviética, contra el comunismo y contra los movimientos revolucionarios y de liberación nacional; de hecho, les dio una oportunidad, que aprovecharon con gran prontitud, para proclamar la “transición pacífica” hacia el capitalismo en la URSS.
Henchidos de arrogancia, los titoístas se volvieron cada vez más agresivos y, haciendo gala de su ‘anti-estalinismo’ reaccionario, atacaron al sistema socialista y la dictadura del proletariado de manera sensacionalista, afirmando que el XX Congreso del PCUS“había creado suficientes elementos” para el “nuevo curso” que Yugoslavia había iniciado y que “la cuestión está ahora en si este nuevo curso se impondrá o si el curso del estalinismo volverá a ganar” (discurso de Tito en Pula, 11 de noviembre de 1956).
El discurso de Jruschov dio un soplo de aire fresco a los trotskistas renegados del comunismo. Saliendo de la situación desesperada en la que se encontraban, estos contrarrevolucionarios, agentes de la burguesía, retomaron febrilmente su actividad al servicio de las clases explotadoras. En su Manifiesto a los trabajadores y pueblos del mundo entero, la llamada IV Internacional declaró:
“Hoy, cuando los mismos líderes del Kremlin están reconociendo los crímenes de Stalin, reconocen implícitamente que la infatigable lucha llevada a cabo por… el movimiento trotskista mundial contra la degeneración del Estado obrero, estaba totalmente justificada.” (Citado de General Line, p.68).
Como era de esperar, el discurso ‘secreto’ de Jruschov, causó una confusión ideológica en el seno del movimiento comunista internacional, e hizo de éste el objeto de un diluvio de ideas revisionistas. Sirviendo de señal para los elementos contrarrevolucionarios de los países socialistas, la diatriba anti-Stalin de Jruschov condujo directamente al desencadenamiento de la revuelta contrarrevolucionaria de Hungría en 1956.
La transición pacifica
En el XX Congreso del PCUS, Jruschov planteó la cuestión de la “transición pacífica” al socialismo, con el pretexto de que habían ocurrido “cambios radicales” en la situación internacional. Mientras decía que el camino de la Revolución de Octubre había sido “el único camino correcto en aquellas condiciones históricas”, afirmó que, a raíz de los cambios ocurridos desde entonces, se había vuelto posible la transición del capitalismo al socialismo “por la vía parlamentaria”. Esta errónea tesis de Jruschov era una clara revisión, así como una desviación completa de las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el Estado y la revolución, y era un claro repudio del significado universal del camino de la Revolución de Octubre.
Según Jruschov, el proletariado estaba en condiciones de obtener una mayoría estable en el parlamento bajo las condiciones de la dictadura de la burguesía y sus leyes electorales. “La clase obrera,” en los países capitalistas, “al unir en torno a ella al campesinado pobre, a la intelectualidad, a todas las fuerzas patrióticas, y rechazando de forma decidida a los elementos oportunistas incapaces de abandonar la política de compromiso con los capitalistas y los terratenientes, está en condiciones de derrotar a los elementos reaccionarios opuestos a los intereses populares, de obtener una mayoría estable en el parlamento.” (N.S. Jruschov, Informe al XX Congreso del PCUS, Febrero de 1956).
Jruschov equiparó la conquista por el proletariado de una mayoría estable en el parlamento con la toma del poder estatal y la destrucción del aparato estatal burgués. Para el proletariado, “obtener una mayoría en el parlamento y transformarlo en un órgano de poder popular, mediante un poderoso movimiento revolucionario en el país, implica destruir la maquinaria burocrático-militar de la burguesía (el subrayado es mío) y establecer un nuevo Estado proletario popular bajo una forma parlamentaria”. (Para nuevas victorias del movimiento comunista internacional, del discurso de Jruschov en el Encuentro de las Organizaciones del Partido en la Escuela Superior del Partido, la Academia de Ciencias Sociales y el Instituto de Marxismo-Leninismo, Comité Central del PCUS, 6 de enero de 1961).
Luego, Jruschov afirmó que la obtención de una mayoría estable “podría crear para la clase obrera de una serie de países… capitalistas las condiciones necesarias para lograr cambios fundamentales” y “asegurar el traspaso de los principales medios de producción en manos del pueblo.” (Informe al XX Congreso).
Ya en 1852, basándose en la experiencia histórica concreta de la Revolución Francesa de 1848-1851, Marx había llegado a la conclusión de que, en vista de que todas las revoluciones anteriores habían perfeccionado la maquinaria del Estado, la tarea de la revolución proletaria era “destruir” el “aparato burocrático-militar”. Luego, después de la Comuna de Paris, Marx declaró: “una cosa ha sido especialmente demostrada por la Comuna, a saber, que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina estatal existente y usarla en su proprio interés”.
Desde entonces, la experiencia histórica ha confirmado plenamente las enseñanzas del marxismo. Fue en desafío a las enseñanzas del marxismo sobre el Estado, la cuestión de la relación de la revolución proletaria con el Estado burgués así como experiencias históricas similares, que Jruschov estaba vendiendo toda esta charlatanería sobre la vía parlamentaria pacífica hacia el socialismo.
En el XX Congreso del PCUS, momento en que la camarilla jruschovista había consolidado su posición, los revisionistas soviéticos fueron capaces de consagrar la tesis de la transición pacífica y otras muchas tesis erróneas en el programa del PCUS.
Nada nuevo había en las tesis de Jruschov sobre la ‘transición pacífica’. No era más que una repetición de las tesis revisionistas de Bernstein y Kautsky, cuya principal traición al marxismo fue su apoyo a la vía legal, pacífica y parlamentaria hacia el socialismo, así como su violenta oposición a la revolución violenta (disculpen el juego de palabras), la destrucción de la máquina del Estado burgués, y su sustitución por la dictadura del proletariado. Bernstein dijo que el capitalismo podía “evolucionar hacia el socialismo” de forma pacífica, que el sistema político de la moderna sociedad burguesa “no debería ser destruido sino simplemente desarrollado”, y que “ahora estamos logrando, mediante el voto, las manifestaciones y otros medios de presión similares, unas reformas que habrían requerido una revolución sangrienta hace cien años.” (Eduard Bernstein, Las condiciones previas para el socialismo y las tareas del Partido Socialdemócrata Alemán).
Según Bernstein, la vía parlamentaria por sí sola bastaría para realizar la transición hacia el socialismo; la obtención del sufragio universal por la clase obrera supuso la obtención de las condiciones básicas para su emancipación; y llegaría un día en que la fuerza numérica de la clase obrera sería tan grande que la clase dominante no estaría en condiciones de resistir la presión, y el capitalismo de derrumbaría de forma semi-espontánea.
Lenin denunció las declaraciones del renegado Bernstein con estas palabras: “Los bernsteinianos aceptaron y aceptan el marxismo, con la excepción de su aspecto directamente revolucionario. No consideran la lucha parlamentaria como una herramienta de lucha adecuada para determinados periodos históricos, sino como el principal y casi como la única forma de lucha, haciendo innecesarias las palabras ‘violencia’, ‘toma del poder’ y ‘dictadura’.” (V.I. Lenin, ‘La victoria de los Cadetes y las tareas del partido obrero’).
Karl Kautsky fue un digno sucesor de Bernstein. Él también propugnó con celo la vía parlamentaria. También se opuso con fervor a la revolución violenta y a la dictadura del proletariado. Propuso la tesis de que el sistema democrático burgués “ya no requiere la lucha armada para solucionar los conflictos de clase” (La interpretación materialista de la historia, Edición alemana, Berlín 1927, pag.431-2). Declaró que era ridículo propugnar un derrocamiento político mediante la violencia, atacando a Lenin y al Partido Bolchevique, y comparándolos con “una comadrona impaciente, que usa la violencia para hacer que una mujer preñada dé a luz en el quinto mes, en vez de en el noveno.” (K. Kautsky, La revolución proletaria y su programa).
Las siguientes declaraciones de Kautsky condensan todo su cretinismo parlamentario:
“El objetivo de nuestra lucha política sigue siendo, hasta la fecha, la conquista del poder estatal mediante la obtención de una mayoría en el parlamento, y transformar el parlamento en amo del gobierno.” (K. Kautsky, ‘Nuevas tácticas’).
Lenin criticó el cretinismo parlamentario con estas implacables y fulminantes palabras:
“Solamente unos sinvergüenzas o unos ilusos pueden pensar que la tarea del proletariado es ganar la mayoría en las elecciones bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, para tomar el poder después. Esto es el colmo de la insensatez o de la hipocresía; es sustituir la lucha de clases y la revolución por el voto, bajo el antiguo sistema y el antiguo poder.” (V.I. Lenin “Saludo a los comunistas italianos, franceses y alemanes.”).
Según Lenin, la vía parlamentaria que defiende Kautsky, “es el más puro y el más vil oportunismo, es ya renunciar de hecho a la revolución acatándola de palabra”. (V.I. Lenin, El Estado y la revolución).
Y, más adelante:
“Cuando Kautsky ‘interpreta’ el concepto de “dictadura revolucionaria del proletariado” de tal modo que desaparece la violencia revolucionaria por parte de la clase oprimida contra los opresores, bate el record mundial de desvirtuación liberal de Marx” (V.I. Lenin, 'La revolución proletaria y el renegado Kautsky').
El marxismo-leninismo nos enseña que la cuestión fundamental de todas las revoluciones es la cuestión del Estado. Es más, nos enseña, y la experiencia lo confirma, que la clase dominante nunca renuncia al poder voluntariamente. Incluso durante un periodo de crisis, el antiguo régimen nunca cae por sí sólo – debe de ser derrocado. Uno podría pensar que esta ley universal de la lucha de clases es tan obvia, que no requiere ser recordada o explicada. Es de sobra conocido que toda revolución exige y supone grandes sacrificios por parte de la clase revolucionaria. No obstante, abandonar la revolución con el pretexto de evitar sacrificios, es lo mismo que pedirle a las clases oprimidas y explotadas que acepten para siempre la esclavitud, que el dolor y el sacrificio sin límites sea su destino; por otro lado, los dolores de parto de una revolución no son nada, en términos de sufrimiento, en comparación con la agonía crónica que supone vivir bajo el capitalismo. En palabras de Lenin, “Incluso durante el más pacífico curso de los acontecimientos, el sistema [capitalista] actual inevitablemente por imponerle sacrificios a la clase obrera." (V.I. Lenin, 'Otra masacre', 5 de junio de 1901).
Lenin subrayó en repetidas ocasiones la necesidad y la inevitabilidad de “la guerra civil, sin la cual ninguna gran revolución en la historia ha podido llevarse a cabo, y sin la cual ningún marxista que se precie ha concebido la transición del capitalismo hacia el socialismo.” (V.I. Lenin, 'Palabras proféticas').
Lenin señaló que un largo periodo de “dolores de parto” separa el socialismo del capitalismo, que la violencia siempre juega el papel de partera en el nacimiento de la nueva sociedad, desde las entrañas de la vieja sociedad, y que el Estado burgués “no puede sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la “extinción”, sino sólo, por regla general, mediante la revolución violenta”, y que “la necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico en toda la doctrina de Marx y Engels”. (V.I. Lenin, El Estado y la Revolución).
Solamente aquellos que hayan sufrido la incurable enfermedad del 'cretinismo parlamentario', que priva de “todo sentido, toda memoria, toda comprensión de la cruda realidad exterior”, pueden suscribir la tesis de la transición pacífica hacia el socialismo. En unas condiciones de imperialismo capitalista, de militarismo sin precedentes, de estrangulamiento de las naciones oprimidas y los países débiles, de lucha furiosa entre los países imperialistas por el reparto del mundo, “...la sola idea de querer subordinar pacíficamente a los capitalistas a la voluntad de la mayoría de los explotados, de la transición pacífica, reformista hacia el socialismo, no solamente es el más extremo filisteísmo, sino también un engaño total y absoluto a los trabajadores; es el embellecimiento de la esclavitud asalariada del capitalismo, una ocultación de la verdad. La cuestión de fondo es que la burguesía, incluso la más educada y democrática, ya no duda en recurrir a cualquier crimen o fraude, a masacrar a millones de obreros y campesinos a fin de salvar la propiedad privada de los medios de producción. Solamente el derrocamiento violento de la burguesía, la confiscación de su propiedad, la destrucción de toda la maquinaria de Estado burgués, de abajo a arriba, – parlamentario, judicial, militar, burocrático, administrativo, municipal, etc., lo que conlleva incluso la deportación o el internamiento de por vida de los explotadores más peligrosos y recalcitrantes – poniéndolos bajo estricta vigilancia, a fin de combatir los inevitables intentos de resistir y restaurar la esclavitud capitalista – solamente medidas de este tipo pueden asegurar una subordinación real de toda la clase explotadora.” (V.I. Lenin, Tesis sobre las tareas fundamentales en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, 4 de Julio de 1920).
En cuanto a la cuestión de si podría realizarse pacíficamente una transformación fundamental del orden capitalista, sin una revolución violenta, sin la dictadura del proletariado, así es como respondió Stalin:
“Obviamente no. Quien crea que semejante revolución puede llevarse a cabo pacíficamente, sin salirse del marco de la democracia burguesa, adaptada a la dominación de la burguesía, ha perdido la cabeza y toda noción del sentido común, o bien reniega cínica y abiertamente de la revolución proletaria.” (Cuestiones del Leninismo – posteriormente tituladoFundamentos del Leninismo).
En su artículo 'Problemas de la guerra y la estrategia', siguiendo los pasos de la teoría marxista-leninista y de la experiencia de la revolución china (entre otras), Mao Zedong se expresó sobre esta cuestión con estos efusivos términos:
“La toma del poder por las armas, la resolución de las contradicciones mediante la guerra, es nuestra tarea central y la más elevada forma de revolución. Este principio marxista-leninista de la revolución tiene validez universal, tanto en China como en todos los demás países.” (Mao Zedong, Problemas de la Guerra y la Estrategia).
Y más adelante:
“La experiencia de la lucha de clases, en la época del imperialismo, nos enseña que sólo con el poder del fusil pueden el proletariado y las masas laboriosas derrotar a la burguesía y a los terratenientes armados; en este sentido, podemos decir que sólo con armas puede ser transformado el mundo entero.” (Ibídem).
Son estas enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo, plenamente corroboradas por la experiencia histórica, lo que traiciona el revisionismo jruschovista.
Lenin subrayó, una y otra vez, que en virtud de sus rasgos económicos fundamentales, el imperialismo se distingue “por un mínimo apego a la paz y la libertad, por un desarrollo máximo del militarismo en todas partes. “No advertir” esto, hablando de lo típico o de lo probable que es una revolución pacífica o violenta, es rebajarse al nivel del más adocenado lacayo de la burguesía.  (V.I. Lenin, La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky).
En un momento en que un pequeño grupo de países imperialistas, y en especial Estados Unidos, tiene cientos de bases militares en todo el mundo; cuando el imperialismo estadounidense por sí solo destina 540 billones de dólares (23 000 dólares por segundo) a su presupuesto militar anual – una suma que se añade al gasto militar total del resto del mundo; cuando cientos de miles de soldados imperialistas están ocupando países extranjeros y librando guerras depredadoras de saqueo, matando a millones de hombres, mujeres y niños inocentes, como sucede en Irak, Afganistán y Palestina; cuando el imperialismo, en connivencia con los regímenes más autocráticos, dictatoriales y medievales, está haciendo todo lo posible para asfixiar las luchas por la liberación nacional y la revolución proletaria; cuando las potencias imperialistas, armadas hasta los dientes, están preparadas para ahogar en sangre las luchas revolucionarias en su propio país y en el extranjero – en estas circunstancias, hablar de una vía parlamentaria, pacífica, hacia el socialismo, como hacen los revisionistas jruschovistas, incluyendo a nuestros propios revisionistas del Partido Comunista Británico (PCB), es dar muestras de locura o de repudio abierto de la revolución proletaria.
Sin embargo, en la misma naturaleza de las cosas, aquellos que sufren de la incurable enfermedad del “cretinismo parlamentario, enfermedad, que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior”, no pueden sino adherirse a su fe quimérica en la en la vía pacífica, parlamentaria, hacia el socialismo. (Karl Marx, El 18 Brumario de Luís Bonaparte).
No que decir tiene que, al subrayar la necesidad de la revolución violenta para el derrocar a la burguesía, los marxistas-leninistas siempre han reconocido la necesidad, en determinadas circunstancias, de que el proletariado participe en la lucha parlamentaria. Sin embargo, dicha participación tiene por fin utilizar el parlamento como medio para desvelar la naturaleza reaccionaria, podrida y anticuada del sistema burgués, y para educar a las masas – no para sembrar ilusiones sobre la ‘transición pacífica al socialismo’. En otras palabras, el proletariado participa en la escena parlamentaria con el único propósito de utilizar el parlamento para desenmascarar el parlamentarismo burgués.
En palabras de Lenin: “El partido del proletariado revolucionario debe tomar parte en el parlamentarismo burgués para elevar a las masas, lo que puede hacerse durante las elecciones y en la lucha entre partidos en el parlamento. Pero limitar la lucha de clases a la lucha parlamentaria, o considerar a esta última como la más elevada y decisiva forma de lucha, a la que todas las demás formas de lucha deben subordinarse, significa en los hechos desertar al bando de la burguesía e ir en contra del proletariado.” (V.I. Lenin, La Asamblea Constituyente y la Dictadura del Proletariado).
A la luz de lo anteriormente expuesto, debe quedar claro que aquellos que abrazan los ideales del comunismo, aquellos que están comprometidos con la emancipación del proletariado, y por tanto con la liberación de la humanidad, no pueden sino expresar su acuerdo total y sin reservas con estas palabras finales del Manifiesto Comunista:
PROLETARIOS DE TODOS LOS PAISES, UNIOS!"
Tras haber consolidado su posición en el Partido, en el XXII Congreso del PCUS (Octubre de 1961) la camarilla jruschovista sistematizó la línea errónea que había seguido desde el XX Congreso, cuya esencia era la “transición pacífica”, la “competición pacífica” y la “coexistencia pacífica”. El XX Congreso adoptó un programa abiertamente revisionista, que además de hacer hincapié de forma unilateral en las posibilidades de la transición pacífica, y caracterizar la coexistencia pacífica como el principio general de la política exterior de la URSS, sustituyó el concepto de dictadura del proletariado por el de Estado de todo el pueblo, y el concepto de partido del proletariado por el de partido de todo el pueblo. Sustituyó la teoría marxista-leninista de la lucha de clases por el humanismo, y los maravillosos ideales del comunismo por las consignas burguesas de libertad, igualdad y fraternidad. Era un programa que caracterizaba por su oposición a la revolución, o a la continuación de la revolución en los países que ya eran socialistas; era, de hecho, un programa para preservar la restauración del capitalismo, y cuya consecuencia final fue, desgraciadamente, el colapso de la URSS y los países socialistas de Europa central y oriental, así como un enorme retroceso para la revolución proletaria y los movimientos de liberación nacional.
Estado de todo el pueblo
En el XXII Congreso del PCUS, Jruschov agitó de manera flagrante la bandera de la oposición a la dictadura del proletariado y su sustitución por el “Estado de todo el pueblo”. El programa adoptado en aquel Congreso declaró que la dictadura del proletariado“ha dejado de ser indispensable en la URSS”  y que “el Estado, que nació como Estado de dictadura del proletariado, se ha convertido, en la nueva etapa, en la etapa contemporánea, en un Estado de todo el pueblo”.
Con esta tesis, que violaba claramente las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo sobre el significado de la dictadura del proletariado, los jruschovistas desarmaron al proletariado soviético, así como al proletariado de otros muchos países, en particular al proletariado de los países socialistas del Este de Europa. Hasta un iniciado en marxismo sabe que el Estado no es otra cosa que un instrumento de la clase dominante, un instrumento para asegurar la dictadura de una clase sobre otra, la subyugación de una clase por otra. Mientras exista el Estado, éste no puede situarse por encima de las clases; mientras el proletariado utilice el Estado, lo hará para doblegar a sus adversarios. De hecho, la mera existencia del Estado es una prueba elocuente del carácter irreconciliable de los antagonismos de clase. En el momento en que el Estado se convierta en representante de la sociedad en su conjunto, se vuelve innecesario y superfluo, y desaparece como tal.
No obstante, el proletariado necesita tener su propio Estado – la dictadura del proletariado – para “el periodo histórico que separa el capitalismo de la ‘sociedad sin clases’, el comunismo” [V.I. Lenin, El Estado y la Revolución]. La dictadura del proletariado es necesaria para poder hacer realidad la “expropiación de los expropiadores”, para aplastar la inevitable resistencia de las antiguas clases explotadoras, así como sus intentos de restaurar el antiguo sistema, para organizar la reconstrucción económica de la sociedad – en una palabra, para preparar las condiciones materiales y espirituales necesarias para que la sociedad la sociedad pase de la fase inferior a la fase superior del comunismo.
Debido a que las clases, y por tanto la lucha entre ellas, siguen existiendo después del derrocamiento de la burguesía, y durante toda una época histórica, la dictadura del proletariado es necesaria durante este periodo. De lo contrario, el largo y difícil camino, que va desde la fase inferior hasta la fase superior del comunismo, no puede ser recorrido. En palabras (inolvidables) de Lenin,“sólo es marxista el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado. En esto es en lo que estriba la más profunda diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En esta piedra de toque es en la que hay que contrastar la comprensión y el reconocimiento real del marxismo (…)el oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de clases precisamente a lo más fundamental, al período detransición del capitalismo al comunismo, al período de derrocamiento de la burguesía y de completa destrucción de ésta. En realidad, este período es inevitablemente un período de lucha de clases de un encarnizamiento sin precedentes, en que ésta reviste formas agudas nunca vistas, y, por consiguiente, el Estado de este período debe ser inevitablemente un Estado democrático de una manera nueva (para los proletarios y los desposeídos en general) y dictatorial de una manera nueva (contra la burguesía)”. (V.I. Lenin, El Estado y la Revolución).
Los marxistas-leninistas nunca han tenido problemas para expresar abiertamente sus puntos de vista sobre el Estado. El proletariado, y su partido político, nunca han ocultado que la revolución socialista proletaria tiene como objetivo el derrocamiento del orden burgués (dictadura de la burguesía), y el establecimiento de la dictadura del proletariado; que esta dictadura del proletariado es necesaria para toda una época histórica, que separa el capitalismo de la sociedad comunista sin clases. El marxismo-leninismo no tiene motivo alguno para ocultar esta verdad, porque debido a su propia naturaleza, la dictadura del proletariado es el poder de la gran mayoría sobre una pequeña minoría de explotadores y potenciales explotadores. Son la burguesía y sus representantes políticos (partidos políticos), que gobiernan en nombre de una ínfima minoría de explotadores, en un intento de engañar a las masas, quienes hacen todo lo posible para ocultar la naturaleza de clase del Estado burgués y describen a su máquina estatal como si fuera “de todo el pueblo” y estuviera por encima de las clases.
La proclamación que hizo Jruschov de la abolición de la dictadura del proletariado en la Unión Soviética, y su supuesta sustitución por el “Estado de todo el pueblo”, fue nada menos que la sustitución de las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el Estado por las falsedades burguesas.  
Ante las críticas a sus falsedades sobre estas cuestiones cruciales, la camarilla jruschovista intentó inventarse, en vano, una base teórica para su concepto de “Estado de todo el pueblo”, afirmando que el periodo de la dictadura del proletariado, al que se referían Marx y Lenin, solamente era válido para la primera fase, y que entre ésta y la fase superior del comunismo y la extinción del Estado, había otra fase – la del “Estado de todo el pueblo”.
La sofistería de los charlatanes jruschovistas se hace evidente cuando la comparamos con las declaraciones claras y precisas de Marx y Lenin sobre esta cuestión. En su Crítica del Programa de Gotha, Marx enunció el conocido axioma, según el cual la dictadura del proletariado existe durante todo el periodo de transición del capitalismo al comunismo. Así es como Lenin explicó de manera clara este axioma marxista:
“En su ‘Crítica del Programa de Gotha’, Marx escribió: ‘Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.’” (V.I. Lenin, El Estado y la Revolución)
Y más adelante:
“La esencia de la teoría de Marx sobre el Estado sólo la ha asimilado quien haya comprendido que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa al capitalismo de la "sociedad sin clases", del comunismo.”(V.I. Lenin, El Estado y la Revolución)
Los jruschovistas afirmaron que, sólo mediante la sustitución de la dictadura del proletariado por el “Estado de todo el pueblo”, la democracia podía ser profundizada en “una democracia genuina para todo el pueblo”; afirmaron de forma pretenciosa que su lína política de abolición de la dictadura del proletariado era “una línea política de desarrollo enérgico de la democracia”, y un ejemplo de cómo “la democracia proletaria se está convirtiendo en democracia socialista de todo el pueblo” (N.S. Jruschov,Informe al XXII Congreso del PCUS, Octubre de 1961, y Informe sobre el Programa del PCUS, entregado al Congreso).
Cualquier persona con un mínimo de conocimiento en esta materia sabe que la democracia es una forma de Estado, y que como tal, es una democracia de clase. No puede existir la democracia sin clases – “democracia para todo el pueblo”.
En palabras de Lenin: “Democracia para la mayoría gigantesca del pueblo y represión por la fuerza, es decir, exclusión de la democracia, para los explotadores, para los opresores del pueblo: he ahí la modificación que sufrirá la democracia en la transición del capitalismo al comunismo.” (V.I. Lenin, El Estado y la Revolución).
En otras palabras, la única forma de que la democracia para las masas trabajadoras pueda ser desarrollada, profundizada y ampliada, es a través del ejercicio de la dictadura del proletariado sobre las clases explotadoras; sin ello, no puede haber democracia real para el pueblo trabajador. La democracia proletaria y la democracia burguesa son mutuamente excluyentes. La más completa eliminación de la democracia burguesa es condición para el más completo florecimiento de la democracia proletaria.
La denigración de la dictadura del proletariado, lejos de ser un paso hacia la ampliación de la democracia en el camino hacia el comunismo, pretendía (y de hecho lo hizo) servir de instrumento para la reducción de la democracia – democracia proletaria – para las masas y la llegada al poder los sectores y estratos privilegiados de la sociedad soviética, allanando así el camino hacia la restauración del capitalismo.
No es de extrañar, por tanto, que los jruschovistas se opusieran a esta enseñanza básica del marxismo-leninismo sobre la democracia. Según ellos, no hay democracia si se reprime a los enemigos del proletariado, y la única vía para desarrollar la democracia es mediante la abolición de la dictadura del proletariado sobre sus enemigos, el cese de su represión, y el establecimiento de una “democracia para todo el pueblo”.
Las tesis jruschovistas sobre la democracia no se distinguen en nada de la concepción del renegado Kautsky sobre la ‘democracia pura’, que fue criticada por Lenin de esta manera:
 “‘Democracia pura’ es, no sólo una frase de ignorante, que no comprende ni la lucha de clases ni la esencia del Estado, sino una frase completamente vacía, porque en la sociedad comunista la democracia, modificándose y convirtiéndose en costumbre, se extinguirá, pero nunca será democracia ‘pura’.” (La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky).
Puesto que la democracia es una forma de Estado, es evidente, que una vez que el Estado desaparece – se extingue – cuando la sociedad avanza hacia la fase superior del comunismo, también desaparecerá la democracia.
“El curso dialéctico del desarrollo”, dice Lenin, “es como sigue: desde el absolutismo hacia la democracia burguesa; desde la democracia burguesa hacia la democracia proletaria; desde la democracia proletaria hacia ninguna democracia”. (Lenin, El marxismo y el Estado)
Así, vemos como la “democracia para todo el pueblo” de Jruschov, así como su “Estado de todo el pueblo” no eran más que unas patrañas elaboradas para encubrir la traición de su camarilla al proletariado, su oposición al socialismo, y allanar el terreno para la restauración del capitalismo.
Partido de todo el pueblo
También en el XXII Congreso del PCUS, Jruschov lanzó un ataque contra el carácter proletario del Partido Comunista, anunciando la sustitución del partido del proletariado por “partido de todo el pueblo”. El programa adoptado en el XXII Congreso decía lo siguiente:
“Como resultado de la victoria del socialismo en la URSS, y la consolidación de la unidad de la sociedad soviética, el Partido Comunista de la clase obrera se ha convertido en la vanguardia del pueblo soviético, en un partido de todo el pueblo”.
Incluso el más mínimo conocimiento del marxismo-leninismo es suficiente para darse cuenta de lo absurdo de esta afirmación. Un partido político es un vehículo de la lucha de clases. Ningún partido político está desprovisto de un carácter de clase. Un partido por encima de las clases es una quimera absurda. Nunca ha habido, ni puede haber algo parecido a un “partido de todo el pueblo”, que no represente los intereses de ninguna clase en particular.
Un partido del proletariado está construido de acuerdo con la teoría revolucionaria y los principios organizativos del marxismo-leninismo; es un partido compuesto por los miembros más avanzados de la clase obrera, que tienen una lealtad sin límites hacia la misión histórica del proletariado, que es la de conducir a la sociedad hacia la fase superior del comunismo a través de la dictadura del proletariado; es la vanguardia organizada y la más elevada forma de organización del proletariado.
Además de reclutar a miembros de la clase obrera, el partido del proletariado también tiene en sus filas a miembros que provienen de otras clases. Sin embargo, éstos últimos no ingresan en el partido como representantes de otras clases; a partir del momento en que se unen al partido, reniegan de su antigua clase y defienden los intereses del proletariado. En palabras de Marx y Engels:
“Cuando llegan al movimiento proletario tales elementos procedentes de otras clases, la primera condición que se les debe exigir es que no traigan resabios de prejuicios burgueses, pequeñoburgueses, etc., y que asimilen sin reservas el enfoque proletario.” (Carta Circular a A. Bebel,W. Liebneckht, W. Bracke y otros, 17-18 Septiembre de 1879).
Todos estos principios fundamentales, como la naturaleza del partido proletario, eran, según los jruschovistas, “fórmulas estereotipadas”, mientras que su “partido de todo el pueblo” estaba en conformidad con la “dialéctica actual del desarrollo del Partido Comunista”.
Uno de los argumentos espurios que esgrimían los jruschovistas para justificar su “partido de todo el pueblo”,  era que todo el pueblo de la URSS había aceptado el punto de vista marxista-leninista de la clase obrera y los objetivos de la clase obrera, y que la construcción del comunismo se había convertido en el objetivo del pueblo soviético entero. En las condiciones de lucha de clases continua en la URSS, ¿cómo podía afirmarse que todo el mundo había aceptado el punto de vista marxista-leninista? ¿Se podía mantener que los cientos de miles de antiguos y nuevos elementos burgueses en la URSS se habían convertido en firmes marxistas-leninistas? Y, si el marxismo-leninismo se había convertido realmente en la concepción del mundo de toda la sociedad soviética, como afirmaban los jruschovistas, ¿no se deduce de allí que no habría en la sociedad soviética diferencias entre los miembros del Partido y aquellos que no se encontraban en sus filas, y que por tanto no habría necesidad alguna de que existiera el Partido? ¿Qué importancia tendría que hubiera o no un “partido de todo el pueblo”?
Al proponer un “partido de todo el pueblo”, el verdadero objetivo de los jruschovistas era transformar el carácter proletario del PCUS, y transformarlo, de partido marxista-leninista que fue, en el partido revisionista en que se convirtió después. Así, los jruschovistas iniciaron el proceso de degeneración del PCUS, de partido marxista-leninista a partido revisionista, que acabó dirigiendo la restauración del proletariado en la otrora gloriosa Unión Soviética.
“Un partido que quiere existir”, dice Lenin, “no se puede permitir la menor vacilación sobre la cuestión de su existencia, o compromiso alguno con aquellos que quieran enterrarlo” (‘Cómo Vera Zasulich destruye el liquidacionismo’).
El fracaso de una gran parte de la militancia del PCUS a la hora de oponerse a los jruschovistas, le costó muy caro al pueblo soviético, pues al final la camarilla de renegados revisionistas fue capaz de enterrar al otrora glorioso PCUS, y provocar el colapso del socialismo en la tierra de Lenin y Stalin, con efectos desastrosos en los movimientos revolucionarios proletarios y de liberación nacional en todo el mundo.
La coexistencia pacífica
Fue Lenin quien enunció la idea de la coexistencia pacífica. Puesto que el socialismo no puede triunfar en todos los países al mismo tiempo, los países socialistas están obligados a convivir con los países capitalistas. En dicha situación, el Estado socialista tendría que adoptar una política de coexistencia pacífica hacia los países con sistemas sociales diferentes.
Tras la victoriosa Revolución de Octubre, Lenin proclamó, en más de una ocasión, el carácter pacífico de la política exterior del Estado soviético. Por su parte, los imperialistas, deseando la destrucción de la joven república, libraron una guerra de intervención contra aquella. Realizando innumerables sacrificios, y sufriendo penurias, hacia 1920 el pueblo soviético salió triunfante de la intervención armada imperialista.
Una vez terminada la guerra, el pueblo soviético se volcó en la tarea de la construcción pacífica. Fue en estas circunstancias cuando Lenin lanzó la consigna de coexistencia pacífica, toda vez que reconocía que no había garantías para dicha coexistencia por la inherente naturaleza agresiva del imperialismo. De ahí la necesidad para el Estado socialista de estar constantemente vigilante. Las siguientes ideas corren como un hilo rojo que atraviesa la correcta política de coexistencia pacífica de Lenin:  
Primero: el Estado socialista existía pese a la oposición del imperialismo. Aunque se adhiriese a una política exterior pacífica, el imperialismo no tenía intención de vivir en paz con aquel, y aprovecharía cualquier oportunidad para oponer – o incluso destruir – al Estado socialista. Lenin dijo:
“…La existencia de la República Soviética al lado de los Estados imperialistas, durante un periodo prolongado, es impensable. Al final deberá triunfar uno u otro. Y antes de que llegue este final, serán inevitables tremendos enfrentamientos entre la República Soviética y los Estados burgueses.” (Octavo Congreso del Partido, 18 de Marzo de 1919).  
Segundo: solo fue a través de la lucha y la repetición de distintos duelos entre los países imperialistas y el Estado socialista, la adopción por este último de una política estricta, su confianza en la simpatía y el apoyo del proletariado y los pueblos oprimidos del mundo, y con ello la utilización de las contradicciones inter-imperialistas, que el Estado soviético fue capaz de vivir en paz al lado de los Estados imperialistas.
Tercer: en la aplicación práctica de la política de coexistencia pacífica, fueron aplicados diferentes criterios en distintos países del mundo capitalista. Esto requería el establecimiento de relaciones de amistad más estrechas entre el Estado soviético y los países oprimidos por el imperialismo. Lenin asignó al Estado soviético como principal tarea el derrotar a los explotadores y ganarse a los indecisos – siendo estos últimos “…una serie de Estados burgueses, que como tales nos odian, pero por otra parte, como Estados oprimidos, prefieren la paz con nosotros” (Informe al Comité Ejecutivo Central Panruso y al Consejo de los Comisarios del Pueblo).
Cuarto: la coexistencia pacífica era una política que el proletariado en el poder debía seguir hacia países con diferentes sistemas sociales. No era el fin principal de la política exterior del Estado soviético. Lenin subrayó en repetidas ocasiones que el principio subyacente de la política exterior del Estado soviético no era otro que el internacionalismo proletario.
Lenin declaró: “La Rusia soviética considera como su mayor orgullo el ayudar a los trabajadores del mundo entero en su dificultosa lucha por el derrocamiento del capitalismo”. (‘Para el Cuarto Congreso Mundial de la Comintern y el Soviet de diputados obreros y del Ejército Rojo de Petrogrado’).
Quinto: para las clases y naciones oprimidas es imposible coexistir pacíficamente con las clases y naciones opresoras.
Estas ideas fundamentales de Lenin sobre la cuestión de la coexistencia pacífica, fueron defendidas fielmente por Stalin durante los 30 largos años en que fue el líder de la Unión Soviética. Aunque hiciera suya y llevara a la práctica la política de coexistencia pacífica de Lenin, Stalin se opuso vehementemente a negarle un apoyo fraternal a las luchas revolucionarias de otros pueblos, a fin de congraciarse con el imperialismo. Stalin indicó que había dos líneas opuestas en política exterior, teniendo que elegir entre una u otra. Una de ellas era que “seguimos una política revolucionaria, uniendo a los proletarios y a los oprimidos de todos los países en torno a la clase obrera de la URSS – en tal caso el capital internacional hará todo lo posible para ponernos obstáculos en el camino.”
La otra línea era que “renunciamos a nuestra política revolucionaria, y acordamos hacer una serie de concesiones fundamentales al capital internacional – en tal caso el capital internacional, sin duda alguna, no se opondrá a ‘ayudarnos’ en convertir nuestro país socialista en una ‘buena’ república burguesa”.
Stalin daba este ejemplo: “América pide que renunciemos a nuestra política de apoyo al movimiento de emancipación de la clase obrera en otros países, y dice que si hacemos esta concesión todo marcharía sin problemas… ¿deberíamos hacer esta concesión?”
Así contestó a la pregunta: “…no podemos hacer concesiones de este tipo sin traicionarnos a nosotros mismos”. (El trabajo del Pleno del Comité Central y la Comisión Central de Control).
Siguiendo los pasos de Lenin, Stalin mantuvo, en primer lugar, que “la revolución del país victorioso no debe considerarse como una magnitud autónoma, sino como un apoyo, como un medio para acelerar el triunfo del proletariado en todos los países.”(La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos).
Añadía que constituía “…una base para el desarrollo sucesivo de la revolución mundial” (Ibídem).
En 1925, en su lucha contra los liquidacionistas trotskistas y zinovievistas, Stalin tuvo la ocasión de señalar que una de las características más peligrosas del liquidacionismo era “…la falta de confianza en la revolución proletaria internacional; la falta de confianza en su victoria; una actitud escéptica respecto a los movimientos de liberación nacional en las colonias y los países dependientes… la falta de comprensión de las necesidades más elementales del internacionalismo, en virtud de las cuales la victoria del socialismo en un solo país no es un fin en sí mismo, sino un medio para desarrollar y sostener la revolución en otros países” (Preguntas y respuestas).  
Por tanto, queda claro que la política de coexistencia pacífica de Lenin, una política que la URSS defendió fielmente durante las tres décadas del liderazgo de Stalin, va de la mano con el internacionalismo proletario – una política de alianzas con las naciones oprimidas y de apoyo a los movimientos revolucionarios proletarios de los países desarrollados, en su lucha por la liberación nacional frente al imperialismo y por la emancipación social, respectivamente.
A partir del XX Congreso del PCUS, la camarilla de renegados jruschovistas comenzó la falsificación y la deformación de la política de coexistencia pacífica de Lenin – en un esfuerzo por congraciarse con el imperialismo, y en especial con el imperialismo estadounidense. En nombre de la coexistencia pacífica, los jruschovistas sustituyeron la lucha de clases internacional por la colaboración de clases, y abogaron por una política de “cooperación global” entre el socialismo y el imperialismo, abriendo así una puerta para la penetración imperialista en los países socialistas – una política claramente adaptada a los esquemas del imperialismo estadounidense de “evolución pacífica” de los países socialistas en ‘buenas’ repúblicas burguesas.
Los jruschovistas afirmaron:
  1. Que la coexistencia pacífica era el instrumento primordial para resolver los problemas vitales a los que se enfrenta la sociedad, y que debía ser “la ley de vida básica del conjunto de la sociedad moderna” (Jruschov, discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas, 23 de Septiembre de 1960);
  2. Que los líderes del imperialismo habían aceptado la coexistencia pacífica, anunciando de forma pomposa la supuesta admisión de la administración Kennedy de que la coexistencia pacífica entre países con sistemas sociales diferentes era razonable y factible;
  3. Que la coexistencia pacífica era “la línea general en política exterior de la Unión Soviética y de los países del campo socialista” (Discurso de Jruschov en el recibimiento al embajador de la RPDC en la Unión Soviética, 5 de Julio de 1961).
  4. Que el principio de coexistencia pacífica era el factor determinante en la línea general de la política exterior del PCUS y de otros partidos marxistas, que era la base de la estrategia del comunismo en el mundo contemporáneo, y que, supuestamente, todos los comunistas habían “…hecho de la lucha por la coexistencia pacífica el principio general de su política” (Coexistencia pacífica y revolución, Kommunist nº2, Moscú, 1962);
  5. que la coexistencia pacífica había adquirido tanta importancia que llegó a ser consideraba como premisa necesaria para la victoria para la lucha revolucionaria de los pueblos, y que la victoriosa revolución cubana, la obtención de la independencia por parte de más de 40 países, incluido Argelia, el crecimiento en número y fuerza de los partidos comunistas, y la creciente influencia del movimiento comunista internacional, fueron victorias logradas bajo las condiciones de coexistencia pacífica entre los Estados con sistemas sociales diferentes, y que se atribuían precisamente a aquellas condiciones;
  6. que la coexistencia pacífica era “la mejor manera de ayudar al movimiento obrero revolucionario internacional a que consiga sus principales objetivos de clase” (Carta abierta al CC del PCUS a todas las organizaciones del Partido, a todos los comunistas de la Unión Soviética, 14 de julio de 1963), afirmando que habían aumentado las posibilidades para una transición pacífica al socialismo en los países capitalistas, en las condiciones de coexistencia pacífica;
  7. que la victoria del socialismo en la competencia económica tenía que infligir necesariamente un  golpe demoledor a todo el sistema de relaciones capitalistas, de tal manera que, el programa del PCUS adoptado en su XXII Congreso, afirmó descaradamente que “cuando el pueblo soviético disfrute de las ventajas del comunismo, cientos de millones de personas en la tierra dirán ‘¡Estamos a favor del comunismo!’”, e incluso que los capitalistas podrían “pasarse al Partido Comunista”.
De lo anterior se desprende que, mientras la política de coexistencia pacífica de Lenin estuvo enfocada hacia la política imperialista de guerra y agresión, ésta se basaba en el punto de vista de la lucha de clases internacional y la misión histórica del proletariado. Esto exige de los países socialistas que, además de seguir la política de coexistencia pacífica, le ofrezcan un apoyo firme a las luchas revolucionarias de los pueblos y naciones oprimidas, así como a los movimientos revolucionarios proletarios de la clase obrera. En cambio, la coexistencia pacífica de los jruschovistas servía al imperialismo y alentaba las políticas imperialistas de guerra y agresión, buscando sustituir la revolución proletaria mundial por el pacifismo y la renuncia total al internacionalismo proletario. La política jruschovista es una política de capitulación de clase, que despoja a la política leninista de coexistencia pacífica de su esencia revolucionaria, al deformarla, mutilarla y falsificarla haciéndola irreconocible. Mientras que la política de coexistencia pacífica de Lenin no era más que un aspecto de la política internacional del estado proletario, los jruschovistas hicieron de la coexistencia pacífica la línea general de la política exterior de los países socialistas – y también la línea general de todos los partidos comunistas.
El capitalismo y el socialismo son dos sistemas diametralmente opuestos. El capitalismo nunca puede aceptar la existencia del socialismo. De vez en cuando, intentará hacer realidad sus deseos de derrocar el socialismo mediante la lucha armada. La guerra de intervención del imperialismo contra la joven república soviética, la guerra brutal librada por el fascismo hitleriano contra la URSS, o las guerras genocidas del imperialismo estadounidense contra los pueblos vietnamita y coreano, son algunos ejemplos de estos criminales intentos para aniquilar el socialismo. Es sólo a través de lucha y la defensa armadas, sólo a través de infligir sorprendentes derrotas al imperialismo, que los países socialistas se ganaron el derecho a vivir lado a lado con el imperialismo – el derecho a la coexistencia pacífica. Una política de coexistencia pacífica carente de lucha no habría llevado a ningún sitio a los países socialistas.
En ausencia de guerras ‘calientes’, durante los periodos en que el imperialismo es incapaz de librar guerras, a causa de su debilidad y de condiciones desfavorables, éste libra guerras frías, en las que, mientras amplia su armamento y se prepara para la guerra, recurre a cualquier medio, cualquier truco para sabotear a los países socialistas, por la vía política, económica, cultural e ideológica. La guerra fría del imperialismo contra los países socialistas, y en especial contra la Unión Soviética, entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la caída de la URSS y las Democracias Populares del Este de Europa, nos ofrece una prueba elocuente (si es que hiciera falta prueba alguna) de esta evidencia. Desde la caída de la URSS, la guerra fría del imperialismo contra los restantes países socialistas no ha decaído.  
Pero en modo alguno el imperialismo limita sus planes de guerra y agresión a los países socialistas. En su afán de dominación, de control de las materias primas, de exportar capitales y de conseguir el máximo beneficio, libra guerras contra los movimientos revolucionarios de liberación de las naciones oprimidas, así como contra los países que aspiran a mantener su independencia y conservar su soberanía. Las guerras depredadoras contra los pueblos iraquí, afgano y palestino, que se han cobrado la vida de millones de personas inocentes, son una prueba viviente, si prueba hiciera falta, de esta verdad tan evidente.
Siendo objetivos de las provocaciones, los preparativos de guerra y las guerras del imperialismo, los países socialistas tienen el deber de ayudarse mutuamente y de llevar a cabo una lucha conjunta contra el imperialismo, y no rehuir de ello en nombre de alguna doctrina imaginaria sobre la coexistencia pacífica, que en su formulación jruschovista se puede llamar sencillamente ‘capitulación pacífica y colaboración de clases’. Lejos de ser atribuibles a la coexistencia pacífica, las victorias de todas las revoluciones desde entonces han sido el resultado de duras batallas, guerras y luchas revolucionarias. Solamente un limpiabotas desvergonzado como Jruschov podía definir sus constantes concesiones, a costa de todos los principios proletarios, y su dócil aceptación de las humillantes exigencias del imperialismo estadounidense, como “una victoria para la coexistencia pacífica”.
Al negar la irresoluble contradicción el sistema socialista y el sistema capitalista, al negar las principales contradicciones entre el campo socialista y el campo imperialista, los jruschovistas no podían sino terminar convirtiendo la coexistencia pacífica entre ambos sistemas en una “cooperación global”. Al insistir en que la coexistencia pacífica sea asumida por los países socialistas como línea general de su política exterior, los jruschovistas tiraron por la borda el principio fundamental de la política exterior de los países socialistas, es decir, el internacionalismo proletario.
“La política exterior del proletariado”, dice Lenin, “es la alianza con los revolucionarios de los países desarrollados y con todas las naciones oprimidas, contra los imperialistas” (La política exterior de la Revolución Rusa).
Tras la Revolución de Octubre, Lenin, y posteriormente Stalin, insistieron en repetidas ocasiones que la Unión Soviética, donde la dictadura del proletariado ha sido establecida, era una base de apoyo para hacer avanzar la revolución proletaria mundial. Al ir en contra de esta enseñanza básica, y al convertir la coexistencia pacífica en la línea general de la política exterior de todos los países socialistas, los jruschovistas convirtieron a la URSS, de base de la revolución mundial, en la base de una humillante capitulación ante las exigencias de los imperialistas, así como de colaboración con el imperialismo en la labor de transformación pacífica de la URSS y los países del Este de Europa en ‘buenas’ repúblicas burguesas.
Además, al insistir en que los Partidos Comunistas de todos los países capitalistas y de las naciones oprimidas asumieran también la coexistencia pacífica como línea general, los jruschovistas se dedicaron a sustituir la línea revolucionaria de los Partidos Comunistas por su política de coexistencia pacífica, y aplicaron de forma intencionada esa política a las relaciones entre clases opresoras y clases oprimidas y entre naciones opresoras y naciones oprimidas. Esa política no dejar de debilitar igualmente a los movimientos proletarios y de liberación nacional, y por añadidura a los países socialistas – puesto que los éxitos de la luchas del movimiento obrero y de liberación nacional, al golpear y al debilitar a las fuerzas imperialistas, elevan la causa de la paz mundial y del progreso social, y así fortalecen la lucha de los países socialistas por la coexistencia pacífica con países que tienen un sistema social diferente. Sólo la correcta aplicación de la política leninista de coexistencia pacífica, con el internacionalismo proletario y la lucha de clases internacional como núcleo, puede estar en armonía con las luchas revolucionarias de los pueblos de todos los países.
La política jruschovista de coexistencia pacífica era como el maná del cielo para el imperialismo, en especial el imperialismo estadounidense, que surgió como líder del campo imperialista tras la Segunda Guerra Mundial. Tras la fachada de la coexistencia pacífica, el imperialismo estadounidense trató de impedir que la Unión Soviética y otros países socialistas apoyaran la lucha revolucionaria de los pueblos en el mundo capitalista. En su discurso ante el House of Representatives Foreign Affairs Committee, el 28 de Enero de 1959, J. F. Dulles, el Secretario de Estado de los EEUU, dijo:
“En lo que le respecta, el gobierno soviético podría acabar con la ‘guerra fría’ si renunciara al papel de guía del comunismo internacional y se centrara primero en el bienestar del pueblo ruso. Así, la ‘guerra fría’ llegaría a su fin si el comunismo internacional renunciara a sus objetivos…”
John F. Kennedy y su Secretario de Estado Dean Rusk, dijeron lo mismo. En palabras de este último: “No puede haber una paz segura y duradera mientras el liderazgo comunista no abandone su objetivo de revolución mundial”. (Discurso en la Convención Nacional de la Legión Americana, 10 de septiembre de 1963).
Además, tras la fachada de la coexistencia pacífica, el imperialismo estadounidense prosiguió con su política de “evolución pacífica” de la URSS y otros países socialistas, en repúblicas burguesas. En palabras de Dulles, “…la renuncia a la fuerza… implica, no el mantenimiento del statu quo, sino cambios pacíficos”, y “no basta con estar a la defensiva”, porque la libertad“debe ser una fuerza positiva que penetre”, y “esperamos animar una evolución en el seno del mundo soviético”.
En otras palabras, para el imperialismo estadounidense, la coexistencia pacífica tenía este contenido: los pueblos que viven bajo la dominación imperialista y la esclavitud no deben luchar por su liberación; aquellos que ya se han liberado deben ser subyugados de nuevo y sometidos a la dominación y la esclavitud imperialista; y el mundo entero debe ser incorporado a la “comunidad mundial de naciones libres” americana.
Por tanto, no es difícil comprender por qué el imperialismo estadounidense y sus satélites saludaron la línea general de coexistencia pacífica de jruschovistas con tanta prontitud y tanto entusiasmo. Lo hicieron porque, gracias a su política de capitulación (entre otras cosas), los jruschovistas habían avergonzado y debilitado al Partido Bolchevique, que hasta la muerte de Stalin había sido considerado por los partidos hermanos como el ‘destacamento de choque’ del movimiento obrero y revolucionario mundial – una denominación que el PCUS se había ganado por la ayuda desinteresada que había ofrecido para mejorar las condiciones de vida de aquellos que estaban viviendo bajo la esclavitud capitalista.
En tiempos de Lenin y de Stalin, el Estado soviético tuvo que afrontar muchas batallas a vida o muerte, pero en ningún momento el Partido Bolchevique o el pueblo soviético hicieron dejación de su deber revolucionario ni flaquearon ante las dificultades. No había fortaleza que no pudieran asaltar – y ello en una época en que el Estado soviético era incomparablemente más débil que el imperialismo. Sin embargo, a partir de mediados de los años 50, cuando la situación mundial era mucho más favorable para la revolución, y el socialismo era más fuerte que nunca, los jruschovistas cometieron la ignominia de dejar que el Estado soviético, fundado por el gran Lenin, fuera intimidado, mangoneado y humillado por el imperialismo estadounidense, para deshonra de todo el campo socialista. 
Los jruschovistas utilizaron el prestigio de la URSS para perseguir su infame objetivo de colaboración con el imperialismo estadounidense. Por su parte, el imperialismo estadounidense recompensó a los jruschovistas con una humillación tras otra.
Los Estados Unidos salieron de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso y feroz país imperialista, con el demencial objetivo estratégico de conquistar el mundo. Tomó el relevo de los hitlerianos derrotados y se convirtió en el gendarme del mundo, para erradicar las luchas revolucionarias de los pueblos y naciones oprimidos, extinguir la llama de las luchas revolucionarias proletarias, y hacer retroceder el socialismo en Europa del Este, y posteriormente en la Unión Soviética. Por tanto, no podía haber ninguna cooperación global entre este mortífero enemigo de la humanidad y los países socialistas. Si los jruschovistas pensaron que era factible dicha cooperación, solo puede deberse a que tenían la determinación de iniciar camino hacia la restauración capitalista en la URSS. Así las cosas, cualquier medida que debilitara la dictadura del proletariado y el partido del proletariado, fue aprovechada con entusiasmo por los jruschovistas. En todos los terrenos, desde los ataques contra Stalin, pasando por las teorías erróneas sobre la naturaleza del partido proletario y la revolución proletaria, hasta las reformas económicas, persiguieron de forma resuelta el objetivo de restaurar el capitalismo. La falsificación de la línea leninista de coexistencia pacífica debe verse desde esta perspectiva y no otra.   
Guerra y paz
Es imposible eludir el debate y la controversia sobre la cuestión de la guerra y la paz, no solamente porque son cuestiones de una elevada significación teórica y científica, sino también porque estamos permanentemente confrontados a la guerra, la devastación y la destrucción de la vida humana a gran escala.
Aparte de dos guerras mundiales, que en conjunto se cobraron la vida de 100 millones de personas, mutilaron a muchas más y causaron una destrucción material a una escala inimaginable, el imperialismo ha hecho que el mundo no haya podido vivir ni un solo año de paz desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Millones de personas han sido masacradas en las guerras imperialistas provocadas por el imperialismo contra los pueblos de Corea, Indochina, Congo, Irak, Afganistán, Líbano, Palestina y Yugoslavia. Durante los últimos 19 años solamente, el imperialismo ha devastado Irak, Afganistán, Congo y Yugoslavia. Los fascistas israelíes han estado destruyendo Líbano y Palestina, con el sadismo brutal propio de los hitlerianos, al servicio del imperialismo estadounidense, quien tiene la determinación de preservar y extender su dominación sobre toda la región desde el Medio Oriente hasta las antiguas repúblicas del Este de la extinta Unión Soviética –con el propósito de asegurarse la dominación mundial.
Sin embargo, en todos los debates sobre la candente cuestión de la guerra y de la paz, se suele olvidar una cosa importante, a la que no se presta la atención suficiente, y que por tanto suscita una polémica inútil. Es la siguiente: “…la gente olvida la cuestión fundamental del carácter de clase de la guerra; por qué la guerra   ha estallado; qué clases están participando en ella; las condiciones históricas e histórico-económicas que le han dado origen…”
Es importante recordar brevemente esta enseñanza del marxismo-leninismo sobre esta cuestión de excepcional importancia, así como las tergiversaciones y falsificaciones revisionistas de esta enseñanza, para asegurarse de que las enseñanzas marxistas-leninistas, y solamente éstas, impregnen a la clase obrera y los pueblos oprimidos en su lucha por la revolución proletaria y por la liberación nacional mediante el derrocamiento del imperialismo.
Según el leninismo, la guerra es la continuación de la política mediante otros. Para evaluar una guerra, y adoptar una posición respecto a ésta, se debe tener en cuenta el carácter de clase de la guerra, es decir, la clase que está librando esta guerra, la política y los objetivos perseguidos por esta clase antes de la guerra – y no quién atacó primero a quién. El marxismo requiere: “…un análisis histórico de cada guerra para determinar si esta guerra en particular puede ser considerada como progresista o no, si sirve a los intereses de la democracia y del proletariado y si, en este caso, es legítima, justa, etc.” (Los énfasis son del autor) (V.I. Lenin, Una caricatura del marxismo y del imperialismo economicista).
En cuanto a cualquier guerra determinada en su perspectiva histórica, el marxismo afirma: Si la ‘esencia’ de una guerra es, por ejemplo, el derrocamiento de una opresión alienante…, entonces dicha guerra es progresista en lo que concierne al estado oprimido o la nación oprimida. Sin embargo, si la ‘esencia’ de una guerra es la redistribución de colonias, el reparto de un botín, el saqueo de países extranjeros…, entonces toda la palabrería sobre la defensa de la patria no es más que un engaño al pueblo”.
Los conflictos militares armados no se pueden separar de las políticas de los beligerantes que llevaron a éstos al conflicto armado.
Por ello, el que una guerra sea progresista, y por tanto justa y legítima desde el punto de vista del proletariado, o el que sea reaccionaria, y por tanto sea injusta e ilegítima desde el punto de vista del proletariado, depende del carácter de clase de la guerra, de la clase que está librando la guerra, de los objetivos por los que está librando la guerra, y de la política de la esta guerra es consecuencia. Sólo después de un estudio riguroso y de un profundo análisis de estos factores puede el proletariado determinar su actitud hacia una guerra. En su actitud hacia una determinada guerra, el proletariado debe guiarse por los principios del internacionalismo proletario y por su deber de contribuir a la preparación y la aceleración de la revolución proletaria mundial.
Lenin subrayó que “la guerra no es solamente una continuación de la política, sino que es la personificación de la política.”(VII Congreso Panruso de los Soviets).
En otras palabras, la guerra, en las condiciones del capitalismo, no es una aberración o una ruptura de las normas de la lucha política, sino todo lo contrario, y en particular en la fase superior del capitalismo – el imperialismo. Las guerras bajo el capitalismo imperialista son moneda corriente – tan normales como la explotación del proletariado por la burguesía y la opresión de las naciones oprimidas por un puñado de estados imperialistas opresores.
Sólo los pacifistas burgueses y los oportunistas en el seno del movimiento obrero pueden concebir la paz como algo esencialmente distinto de la guerra, puesto que nunca han asumo el hecho de que la guerra es la continuación de la política por otros medios; que la guerra imperialista es la continuación de la política imperialista y que los periodos de paz imperialista son la continuación de la política de guerra imperialista. La burguesía tiene un interés evidente en que las masas no entiendan la indisoluble conexión entre la guerra y la política que la precede. Los oportunistas, en su torpeza, o su falta de voluntad para asumir la inevitable conexión entre una guerra y la política que la precede, entre periodos de paz imperialista y periodos de guerra imperialista, ayudan a la burguesía a engañar y pacificar al proletariado.
La inevitabilidad de las guerras bajo el capitalismo
A diferencia de los kautskistas y sus herederos, con sus teorías sobre el ultra-imperialismo y el imperialismo colectivo, que no son otra cosa que una defensa velada del imperialismo, y un vano intento de esconderle a la clase obrera las contradicciones inherentes al imperialismo que conducen inevitablemente a la guerra, el leninismo nos enseña, y nos confirma, que la guerra moderna es un producto del imperialismo, y no puede ser eliminada sin ponerle fin al imperialismo – un fin a la explotación del hombre por el hombre y de una nación sobre otra.
“No cabe duda”, observaba Lenin, “de que la transición del capitalismo hacia la fase del capitalismo monopolista, del capital financiero, está ligada a la intensificación de la lucha por el reparto del mundo.”
Uno de los principales rasgos del imperialismo, es decir de la transición del capitalismo pre-monopolista de libre mercado hacia su fase monopolista, es que marca la culminación del proceso de división territorial del mundo por parte de los estados capitalistas más poderosos. Una vez que se ha realizado este reparto, sólo puede haber una redistribución, con motivo de los cambios en la correlación de fuerzas de los distintos países imperialistas, debido a la ley del desarrollo desigual, por la que algunos países se adelantan y otros quedan rezagados. Si, como sucede a menudo, los países que ayer eran económicamente débiles, y cuya parte en el botín global es relativamente pequeña, se acercan a sus rivales en la competencia y se vuelven más poderosos, haciendo que se vuelva obsoleta la antigua división del mundo, no pueden dejar de exigir una nueva división – un nuevo reparto – sobre la base de la ‘justicia’ burguesa. Los nuevos, los más jóvenes y más fuertes ladrones claman por el mismo ‘sagrado’ derecho a robar que tienen los bandidos más grandes y antiguos. Aquellos sólo pueden lograrlo robando a estos últimos, puesto que los ladrones más jóvenes “… llegaron al banquete capitalista cuando todas las sillas estaban ocupadas…” Y bajo las condiciones del capitalismo, estas contradicciones se resuelven por medios no muy pacíficos, ya que “… el capital financiero y los monopolios no disminuyen, sino que incrementan las diferencias entre las tasas de crecimiento de las distintas partes de la economía mundial. Una vez que la correlación de fuerzas ha cambiado, ¿qué otra solución puede haber para las contradicciones que se producen bajo el capitalismo, que no sea el uso de la fuerza?”.
Citando a Hilferding, que decía que “El capital financiero persigue la dominación, no la libertad”, Lenin observó lo siguiente:“La dominación es la esencia de la política imperialista, tanto en lo interior como en lo exterior” (‘Una caricatura del marxismo y del imperialismo economicista’).
Siendo la dominación mundial la esencia de la política imperialista, la guerra imperialista no es más que la continuación de esta política por otros medios.