SOBRE EL ESTADO
Vladimir Ilich
Uliánov
Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov
Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado
por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto
están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de
iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así,
puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan
difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y
comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se
preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y
difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos,
escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda
llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola
sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los
pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre
ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y
aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante
diversas charlas y conferencias. Espero que podamos volver a reunirnos y que
podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios
y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero también, que además de las
charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de
las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras,
las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en
los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los
estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más,
algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la
exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no
resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando
posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque,
lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por
los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y
llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre
él una y otra vez y considerarlo desde varios ángulos, para poder llegar a una
comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan
básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y
revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se
encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de
cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él.
Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es
el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud
de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo,
el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es
que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas
y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar
este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos
motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más
inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan
a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse
lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito
contra cualquiera y en cualquier momento.
Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el
problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser
la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el
total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.
Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema
en que deliberada e inconscientemente, hayan sembrado tanta confusión los
representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economía
política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy
es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los
representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de
ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos
confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas
religiosos y tratan de elaborar una doctrina -- con frecuencia muy compleja,
con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos -- que pretende
que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la
cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o
que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de
fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan
estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras -- de los
terratenientes y los capitalistas --, sirve tan bien sus intereses, impregnó
tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los
señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con
vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen
los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se
hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que
pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado
y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este
respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las
clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios
sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón
por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este
problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser científicos
puedan brindarles a ustedes una concepción puramente científica del asunto.
Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del
Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente,
descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja
o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la
apreciación del papel y de la significación del Estado.
Para abordar este problema del modo más científico, hay
que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su
surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de
ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar
este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la
inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar
el problema científicamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental,
analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el
fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde
el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.
Espero que al estudiar este problema del Estado se familia
rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del
socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena
confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa
en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las
partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y
comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos
conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben
preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede
a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en
el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito
este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en
el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del
Estado.
Para tratar debidamente este problema, lo mismo que
cualquier otro -- por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la
explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el
socialismo, qué condiciones lo engendraron --, cualquiera de estos problemas
sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la
historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que
tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en
que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la
división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.
Antes de que surgiera la primera forma de explotación del
hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases -- propietarios
de esclavos y esclavos --, existía la familia patriarcal o, como a veces se la
llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas
las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos
primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si
se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con
descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de
que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún
no existía la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época
no existía el Estado, no había ningún aparato especial para el empleo
sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese
aparato es lo que se llama Estado.
En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en
pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del
desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo -- época separada por varios
miles de años de la moderna sociedad humana civilizada --, no se observan aún
indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la
costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del
clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres
la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de
derechos de las mujeres de hoy --, pero en ninguna parte encontramos una categoría
especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y
con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto
aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan
actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las
cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo
lo que constituye la esencia del Estado.
Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las
sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los
eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto,
veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la
sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase,
dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato
especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza --
cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. --, es cuando aparece
el Estado.
Pero hubo un tiempo en que no existía el Estado, en que
los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del
trabajo se mantenían por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la
autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres --
quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la
de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición
social superior --, y en que no había una categoría especial de personas que se
especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato
especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece
la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas,
algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos
explotan a otros.
Y esta división de la sociedad en clases, a través de la
historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un
hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de
miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción
general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero,
una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la
que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una
sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la
esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran
mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan
rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en África, por
ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institución de la esclavitud. La
división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de
clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de
producción -- la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en
aquellos tiempos --, sino que poseía también los hombres. Este grupo era
conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que
trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.
Esta forma fue seguida en la historia por otra: el
feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su
desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la
sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos
siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de
esclavos consideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este
concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al
propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía
la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los
campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de
siervos; éste sólo tenía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a
ejecutar ciertos servicios. En la práctica, como todos ustedes saben, la
servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistió durante más tiempo y revistió
las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.
Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición
del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la
sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía,
el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el
poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo
XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El
feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el
último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio
radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por
otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió
existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias
del régimen de servidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió
una forma diferente.
Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños
de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países
capitalistas, una insignificante minoría de la población, que gobierna
totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime
y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son
proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de
producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso
al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el
feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte
(la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y
constituyeron la burguesía rural.
Este hecho fundamental -- el paso de la sociedad, de las
formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo --
es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este
hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco
fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y
comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la
historia de la humanidad -- el esclavista, el feudal y el capitalista -- abarca
decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas
políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones,
que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa
variedad -- especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas
y otras de los eruditos y políticos burgueses --, si sabemos aferrarnos
firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la
sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y
si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales --
económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.
Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de
esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en
clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se
afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de
clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad
conoce decenas y cientos de países que han pasado o están pasando en la
actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de
ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas
las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este
desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo,
pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el
capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido
siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo
de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a
gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar,
que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes,
representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a
otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física,
ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o
en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las
armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas
modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan
íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de
violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada
sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para
conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato
de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época
dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no
existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y
explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así
encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la
significación del Estado.
El Estado es una máquina para mantener la dominación de
una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes
de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas
de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era
todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con
dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva,
entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados
especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando
apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando
apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al
concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo
producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente
necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del
propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de
la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera
afianzarse era necesario que apareciera un Estado.
Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder
a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La
sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad,
poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían
entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los
mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro
de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente
débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y
con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato
que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una
parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a
la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra
parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no
existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las
clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se
consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de
Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud
encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos
y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua
Roma, que se basaban íntegramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel
tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y
democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la
ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría
relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego,
significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias surgieron en
la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la época
esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una
república, aristocrática o democrática.
En todos los cursos de historia de la antigüedad, al
escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre
los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que
los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba
ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho
romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no
mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos.
Defendía sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos
como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía
o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de
esclavos o una monarquía de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de
todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y
contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino
que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas
esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas
aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática
participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la
república democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios
de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho
fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado,
y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.
El Estado es una máquina para que una clase reprima a
otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases,
subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado
esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una
república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban
extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no
gozaban de ningún derecho y seguían siendo una clase oprimida; no se los
consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.
El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado
esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad
esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser
humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El
principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo
los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy
poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva
este concepto mismo -- la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto
número de días para sí mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los
demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de
la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo
los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no
tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la
situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había
abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los
campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del
señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela;
podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al
ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones
comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron
ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La
sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un
importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso
en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media.
Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la
monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más
débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único
gobernante. Los campesinos siervos carecían totalmente de derechos políticos.
Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una
reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la
coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas
por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras
de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de
"espartaquistas", entre paréntesis, que han adoptado ahora los
comunistas alemanes -- el único partido alemán que realmente lucha contra el
yugo del capitalismo --, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más
destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar
hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía
omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y
sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un
vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron
derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras
civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que
acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en
la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se
halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por
ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases -- terratenientes y
siervos -- asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de
los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos
similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los
terratenientes feudales en Rusia.
Para mantener su dominación y asegurar su poder, los
señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una
enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas
leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del
poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado
feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en
los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una
monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un
individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la
participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto
sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en
clases en la que la inmensa mayoría -- los campesinos siervos -- estaba
totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños
de la tierra.
El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio
de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los
capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media,
cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirió un desarrollo
enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el
oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria
permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro
fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de
la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes
del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos
parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos
y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley,
independientemente del capital que poseyeran -- propietarios de tierras o
pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales
ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que
la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad,
al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco
y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.
No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán
ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una
descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la
servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad.
Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el
feudalismo, cosa que ocurrió a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX
-- en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 --, el Estado feudal
fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la
libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el
pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha
entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el
Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República
Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.
Para comprender la lucha iniciada contra el capital
mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que
cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la
lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la
libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines,
puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad
de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate
o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía
la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad
privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se
convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía
parte de sus tierras a los campesinos, el Estado protegía la propiedad privada,
resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener
dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía
totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección.
El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e
industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del
capital, en la sujeción total de los obreros desposeídos y las masas
trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la
libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y
se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser,
supuestamente, un Estado de clase.
Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba
a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase
obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio
universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y
filósofos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas
socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser
violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la
represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo
el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es
ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la
revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial
se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y
puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de
todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.
Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en
cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas,
discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepción del
Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática --
especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica --, en las repúblicas
democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de
la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o
el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países
conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema
fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo
entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos
contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la
acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si
nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espíritu (y quizá no sea
simpleza, o quizá sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que
la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los
bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en
la forma más ridícula. Hoy, todos los periódicos más ricos de los países más
ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras
burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares,
todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales
contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados
avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república
bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que
los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso
llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles
acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas
acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para
comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una
actitud plenamente consciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en
una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado.
Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que
en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a
la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y
concepciones.
Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El
origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se
dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los
medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es
un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el
sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio
universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma,
una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.
Las formas de dominación del Estado pueden variar: el
capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde
existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del
capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea
que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más
democrática es, más burda y cínica es la dominación del capitalismo. Una de las
repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin
embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905
probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en
Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios
sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad
entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden
cambiar la esencia del asunto.
La república democrática y el sufragio universal
representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al
proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas
compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital.
No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni
que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se
amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podían llegar a crear una
mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender
claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más
revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases
dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo
ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo
mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el
capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase
oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el
movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en
el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen conscientemente la lucha
de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido
imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas
adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del
pueblo. Es por ello que parece tan difícil un cambio radical. No son sólo los
hipócritas conscientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la
mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los
intereses de todos; lo mismo hacen muchísimas personas atadas sinceramente a
los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad
antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen
directamente de la burguesía, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o
sobornados por el capital (hay gran cantidad de científicos, artistas,
sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas
simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han
movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada
la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente:
ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la
propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática,
no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los
obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta
esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en
América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y
en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar
de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y
por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de
todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el
capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva
de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay
pocos soldados, un ejército regular pequeño -- Suiza cuenta con una milicia y
todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados
Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular --, de modo que cuando
estalla una huelga, la burguesía se arma, contrata soldados y reprime la
huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y
feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con
tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el
Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el
Parlamento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los
obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va
extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la
que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de
luchar implacablemente contra los capitalistas.
Cualquiera sea la forma con que se encubra una república,
por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad
privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la
sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la
práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la
Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos
repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá
de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios
acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude:
mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no
puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La
máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con
supersticiosa veneración, porque creían en el viejo cuento de qué significa el
Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira
burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos
apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda
explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del
mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y
cuando no exista ya una situación en la que unos están saciados mientras otros padecen
hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto,
relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existirá Estado ni
explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que
volvamos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.

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